La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #12
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Y empezaron a oírse los tonos de llamada.

Tras siete tonos y cuando ya estaba a punto de colgar, saltó el contestador automático de un móvil.

Escuchó el mensaje, pero cortó inmediatamente, antes de que se oyese el pitido.

Colgó el auricular muy despacio, pálida por la impresión.

Casi podía oír en la cabeza el ruido que las piezas hacían al ir encajando.

De repente, supo qué era lo que faltaba en el dormitorio.

Mellberg echaba humo de ira. Atravesaba la comisaría como una hidra y, de haberles sido posible, sus colaboradores de Tanumshede se habrían puesto a cubierto debajo de las mesas.

Pero la gente adulta no hacía esas cosas, de modo que tuvieron que soportar un día entero de maldiciones, reprimendas y humillaciones de toda índole.

Annika fue quien recibió la peor parte y, pese a que se había endurecido durante los meses que Mellberg llevaba como jefe, aquel día se le llenaron los ojos de lágrimas como no lo hacían desde tiempo inmemorial.

Hacia las cuatro de la tarde, no pudo más.

Salió como un rayo del trabajo, paró en el Konsum y compró una tarrina grande de helado, se fue a casa, se sentó ante el televisor a ver Glamour y dejó que las lágrimas rodasen por el helado de chocolate. Era lo que tocaba un día como aquel.

A Mellberg lo sacaba de quicio haberse visto obligado a soltar a Anders Nilsson.

Sentía con todo su ser que Anders era el asesino de Alex Wijkner y, si le hubieran concedido un segundo más a solas con él, seguro que le habría arrancado la verdad.

En cambio, había tenido que dejarlo ir a causa de un puto testigo que decía haberlo visto llegar a casa justo antes de que empezara en televisión la serie Mundos separados .

Aquello lo situaba en su casa a las siete y Alex había hablado con Birgit a las siete y cuarto. Tenía cojones.

Después, estaba ese policía joven, Patrik Hedström, que intentaba meterle en la cabeza un montón de tonterías diciéndole que no había sido Anders sino otra persona la que había asesinado a la mujer.

Pero no, si algo había aprendido él durante todos los años en la policía era precisamente eso, que, por lo general, las cosas casi siempre eran lo que parecían.

Nada de móviles ocultos, nada de confabulaciones.

Tan solo chusma que sembraba la inseguridad en las vidas de los ciudadanos honrados.

«Encuentra a la chusma y encontrarás al autor del crimen», era su lema en la vida.

Marcó el número de móvil de Patrik Hedström.

—¿Dónde cojones estás? —Nada de frases de cortesía, no, ¿para qué?

—. ¿Qué haces? ¿Sentado quitándote la pelusa del ombligo o qué?

Pues en la comisaría estamos trabajando.

Después de la jornada laboral. No sé si te resulta familiar el fenómeno, pero, si no es así, yo puedo hacer que no tengas que preocuparte de ello nunca más. Al menos, en esta comisaría.

Sintió cierta mejoría en la boca del estómago después de haber aplastado ligeramente a aquel mocoso. Había que atarlos corto, pues, de lo contrario, se crecían y se propasaban más de la cuenta.

—Quiero que vayas a hablar con la testigo que ha declarado haber visto a Anders Nilsson en su casa hacia las siete. Presiónala, retuércele el brazo un poquito a ver qué sacas.

»Que sí, joder, ¡AHORA!

Colgó de un golpe disfrutando de las circunstancias que lo colocaban en una posición tal que podía permitirse mandar que otros hicieran el peor trabajo.

De repente, la existencia se le antojó mucho más agradable.

Mellberg se retrepó en la silla, abrió el primer cajón y sacó un paquete de bolas de chocolate.

Con aquellos dedos menudos y en forma de salchicha sacó una y se la metió en la boca entera, con fruición.

Después, cogió una más. Los hombres que, como él, trabajaban duro, necesitaban combustible.

Patrik ya había tomado el desvío hacia Tanumshede por Grebbestad cuando recibió la llamada de Mellberg.

De modo que giró hacia el campo de golf de Fjällbacka para dar la vuelta.

Suspiró resignado. Ya estaba avanzada la tarde y tenía montones de cosas que hacer en la comisaría.

No debería haberse quedado tanto tiempo en Fjällbacka, pero la compañía de Erica ejercía una atracción especial sobre él.

Se sentía como si lo absorbiera un campo magnético tan poderoso que, para liberarse, necesitaba invertir tanta fuerza física como de voluntad.

Otro suspiro. Aquello solo podía terminar de un modo: mal.

No hacía tanto que había logrado superar el dolor después de la separación de Karin y ya iba de cabeza en busca de otra fuente de dolor.

Para que luego digan que no hay masoquistas.

Le había costado más de un año reponerse de la separación.

Había pasado incontables noches ante el televisor para, sin verlas en realidad, ver series de calidad del tipo de Walker, Ranger de Texas o Misión Imposible .

Incluso la teletienda le parecía mejor alternativa que tumbarse solo en la cama de matrimonio, para retorcerse, mientras las imágenes de Karin en la cama con otro hombre le desfilaban por la cabeza como una telenovela de las malas.

Pese a todo, la atracción que sentía al principio por Karin no podía compararse con la que ahora le inspiraba Erica.

Y la lógica le susurraba malévola si, por tanto, no sería mayor la caída.

Como de costumbre, tomó demasiado deprisa las últimas curvas antes de entrar en Fjällbacka.

Este caso empezaba a sacarlo de quicio. Pagó la frustración con el coche y se convirtió en un auténtico peligro público cuando entró en la última curva antes de la cuesta abajo hasta el lugar donde, en otro tiempo, se alzaba el viejo silo, ahora desaparecido.

En su lugar habían construido casas y cobertizos de pesca al estilo antiguo.

Los precios rondaban los dos millones de coronas y a Patrik no dejaba de sorprenderle que la gente tuviera tanto dinero como para permitirse una casa para veranear por semejante suma.

Un motociclista apareció como de la nada en medio de la curva y Patrik se vio obligado a dar un volantazo.

El corazón le latía desbocado y, al final, redujo a una velocidad inferior a la permitida.

Faltó poco. Una ojeada al espejo retrovisor lo confirmó en la suposición de que el motociclista seguía entero sobre el vehículo y podía proseguir el viaje.

Continuó por la carretera, sin desviarse, pasando por delante de la pista de minigolf hasta llegar al cruce de la gasolinera.

Allí giró a la izquierda, en dirección a los edificios de inquilinos.

Una vez más pensó en lo horrendos que eran.

De color marrón y blanco y estilo años sesenta, como cubos esparcidos al sur del acceso a Fjällbacka.

Se preguntó cómo se lo habría planteado el arquitecto que los diseñó.

¿Se habría esforzado por hacerlos tan feos como fuera posible, como si se tratara de un experimento?

¿O simplemente, no le importaba lo más mínimo?

Lo más probable es que fueran resultado de la fiebre del programa millonario de los sesenta.

«Viviendas para todos». Lástima que no lo hubieran ampliado a «Bonitas viviendas para todos».

Dejó el coche en el aparcamiento y entró en el primer portal.

Número cinco. El de Anders, pero también el de la testigo Jenny Rosén.

Vivían en la segunda planta. Llegó al descansillo resoplando y pensó que, últimamente, había hecho demasiado poco ejercicio y había comido demasiados dulces.

Él no había sido nunca una maravilla haciendo deporte, pero jamás había llegado a aquellos extremos.

Se detuvo un instante frente a la puerta de Anders y aplicó el oído. No se oía lo más mínimo. O no estaba en casa o estaba fuera de combate.

La puerta de Jenny quedaba a la derecha, es decir, justo enfrente de la de Anders, que vivía a la izquierda según se subía.

La joven había cambiado la habitual placa con el nombre por una propia, de madera, donde se leían los nombres de Jenny y Max Rosén en recargada caligrafía y decoración de rosas que se entrelazaban por todo el borde. Dedujo que estaba casada.

Jenny había contactado con la comisaría para testificar aquella mañana muy temprano, y Patrik esperaba que aún estuviera en casa.

Ayer, cuando estuvieron llamando a las puertas de todos los vecinos de la planta, nadie les abrió, pero dejaron una tarjeta de visita en la que le rogaban que llamara a la comisaría cuando volviera.

De ahí que no hubieran recibido hasta hoy la información sobre la hora en que Anders llegó a casa la tarde que murió Alex.

La campanilla del timbre resonó en el apartamento desatando enseguida el llanto enrabiado de un niño. Se oyó un ruido de pasos en el vestíbulo y, más que verlo, intuyó que alguien lo observaba por la mirilla de la puerta. Después oyó cómo quitaban la cadena de seguridad y la puerta se abrió.

—¿Sí?

Una mujer con un niño de alrededor de un año apareció en el umbral.

Era muy delgada y tenía el pelo teñido de rubio intenso.

A juzgar por las raíces, el color natural del pelo estaba entre castaño oscuro y moreno, lo que confirmaban un par de ojos castaños muy oscuros.

Iba sin maquillar, tenía aspecto de cansancio y vestía un par de pantalones de chándal raídos y con rodilleras y una camiseta con un gran logotipo de Adidas en el pecho.

—¿Jenny Rosén?

—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?

—Soy Patrik Hedström, de la comisaría. Llamaste esta mañana y me gustaría hablar contigo sobre la información que nos diste.

Patrik hablaba en voz baja, para que no se oyese en el apartamento contiguo.

—Entra.