La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #11
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Era una habitación muy bonita. Tenía un aspecto nuevo y atractivo.

Incluso el aire olía a pintura. El color de las paredes era uno de los favoritos de Erica, un azul claro mezclado con gris, y estaba combinado con ventanas y muebles blancos, en llamativo contraste, y era tal la paz que reinaba en la habitación que sintió deseos de descansar la cabeza en el sofá y cerrar los ojos.

Había visto aquel sofá en House, en Estocolmo, y, con sus ingresos, solo habría podido soñar con él.

Era grande y mullido y parecía que se desparramaba por todos lados.

Muebles nuevos se mezclaban con antigüedades en una composición ciertamente elegante.

Seguro que Alex había encontrado aquellos objetos antiguos durante los trabajos de restauración en la casa de Gotemburgo.

La mayor parte de ellos eran de estilo gustaviano, que Erica pudo reconocer gracias a IKEA.

Ella llevaba ya tiempo deseando poder comprar un par de muebles de esa serie, de fabricación moderna pero de estilo justamente gustaviano.

Lanzó, con envidia, un profundo suspiro antes de recordarse a sí misma cuál era el motivo por el que se encontraban allí, lo que aniquiló todo indicio de aquella envidia.

—O sea, que lo que tú quieres decir es que alguien a quien ella conocía vino aquí, el amante o alguna otra persona, que se tomaron una copa juntos y que esa persona puso el somnífero en el refresco de Alex —sintetizó Erica.

—Sí, esa es la conjetura más verosímil.

—¿Y después? ¿Qué crees que ocurrió después? ¿Cómo fue a parar a la bañera?

Erica se hundió aún más en el sofá y se atrevió incluso a poner las piernas sobre la mesa. ¡Tenía que ahorrar como fuera para comprarse aquel sofá! Por un instante, se le ocurrió que, si vendían la casa, podría permitirse comprar los muebles que se le antojara. Pero enseguida desechó la idea.

—Yo creo que el asesino esperó hasta que se hubo dormido, la desnudó y la arrastró hasta el cuarto de baño.

—¿Y qué te hace creer que la arrastró hasta allí y no la llevó en brazos?

—Según el informe del forense, tenía magulladuras en los talones y cardenales en los brazos.

De repente, Patrik se incorporó en el sillón y miró a Erica esperanzado.

—¿Puedo hacer una prueba?

Erica se puso alerta y dijo en tono escéptico:

—Bueno, depende de lo que quieras probar.

—Estaba pensando que tú podrías hacer de víctima.

—Vaya, muchas gracias. ¿De verdad crees que mi talento teatral dará para eso?

Se echó a reír, pero se levantó dispuesta a prestarse a ello.

—No, no, siéntate. Lo más probable es que estuvieran aquí sentados y que Alex se durmiera en el sofá. Así que, por favor, desmáyate y cae desplomada ahí encima.

Erica protestó un poco, pero se esforzó al máximo por representar a una persona inconsciente. Cuando Patrik empezó a tirar de ella, abrió los ojos y le dijo:

—No tendrás pensado quitarme la ropa también, ¿verdad?

—No, desde luego que no, yo no haría, quiero decir, no había pensado... —balbució sonrojado.

—Tranquilo, estaba de broma. Tú dedícate a matarme.

Erica sintió cómo la bajaba al suelo tras haber apartado un poco la mesa.

Empezó intentando arrastrarla tirando de las muñecas, pero al ver que aquello no funcionaba nada bien, la agarró por los brazos y fue tirando en dirección al cuarto de baño.

De pronto, Erica se sintió muy consciente de su peso.

Patrik debía de pensar que pesaba media tonelada.

Intentó hacer un poco de trampa empujando algo con los pies, para no parecer tan pesada, pero Patrik la reprendió enseguida.

¡Dios!, ¿por qué no habría seguido la dieta de El peso ideal de forma un poco más estricta las últimas semanas?

En honor a la verdad, ni siquiera había intentado seguirla un poquito, sino que se había dedicado a todo lo contrario, a comer compulsivamente.

Para colmo de males, mientras Patrik la arrastraba, se le subió el jersey de modo que un michelín delator amenazaba con asomar por la cinturilla.

Intentó entonces meter la barriga inspirando y conteniendo la respiración, pero al final tuvo que volver a respirar.

El suelo de baldosas del baño la hizo estremecerse, pero no solo por el frío. Cuando Patrik la hubo llevado hasta la bañera, la soltó despacio.

—Bueno, esto no ha sido nada difícil. Pesado, pero no imposible. Y Alex pesaba menos que tú.

«Oye, gracias», pensó Erica, que seguía tumbada en el suelo intentando cubrirse discretamente el michelín con el jersey.

—Una vez aquí, el asesino solo tenía que meterla en la bañera.

Hizo amago de ir a levantar a Erica por los pies, pero ella se incorporó a toda prisa y empezó a sacudirse la ropa.

—Eso sí que no, de eso nada. Ya tengo bastantes moratones por hoy. Y tú jamás conseguirías meterme a mí en la bañera, de eso no hay duda.

Patrik aceptó esas protestas contrariado, salió del cuarto de baño y fue a la sala de estar.

—Con Alex ya en la bañera, al asesino le resultó fácil abrir el grifo e ir cortándole las venas de las muñecas con una hoja de afeitar que había en el armario del baño.

Después, solo tenía que eliminar cualquier rastro que hubiera podido dejar.

Fregar las copas y limpiar las huellas dactilares.

Entretanto, Alex iba desangrándose hasta morir en el cuarto de baño. Mucha, mucha frialdad.

—¿Y la caldera? ¿Ya estaba estropeada cuando ella llegó a Fjällbacka?

—Sí, eso parece. Y fue una suerte para nosotros. Habría sido mucho más ardua la tarea de obtener pruebas del cuerpo si hubiera estado a temperatura ambiente durante toda la semana. Por ejemplo, habría sido imposible aislar las huellas de Anders.

A Erica se le erizó la piel. La idea de tener que aislar huellas dactilares de un cadáver era demasiado macabra para su gusto.

Recorrieron juntos el resto de la casa. Erica se tomó el tiempo necesario para revisar el dormitorio de Alex y Henrik, ya que la primera vez se había visto bruscamente interrumpida.

Aun así, no halló nada más. La sensación de que algo faltaba no desaparecía y la irritaba muchísimo no caer en la cuenta de qué sería.

Decidió contárselo a Patrik, que se sintió tan frustrado como ella.

Vio con satisfacción que Patrik parecía realmente preocupado cuando le habló del visitante desconocido que entró en la casa mientras ella se escondía en el armario.

Patrik lanzó un suspiro y se sentó en el borde de la enorme cama con dosel, intentando ayudarle a recordar lo que echaba en falta.

—¿Era algo grande o pequeño?

—No lo sé, Patrik. Pero lo más probable es que sea pequeño. De lo contrario, lo habría notado enseguida, ¿no crees? Por ejemplo, si se hubieran llevado la cama, me habría dado cuenta.

Sonrió y fue a sentarse en la cama, a su lado.

—Pero ¿en qué lugar de la habitación estaba? ¿Junto a la puerta, cerca de la cama, en la cómoda?

Patrik jugueteaba con una etiqueta de piel que había encontrado en la mesilla de noche de Alex.

Parecía una especie de distintivo de un club y tenía una inscripción con caligrafía infantil grabada en la piel: «L.T.M.

1976». Al darle la vuelta, vio unas manchas borrosas de lo que parecía sangre reseca. Se preguntó de dónde habría salido.

—No sé qué era, Patrik. Si lo supiera, no estaría aquí tirándome de los pelos.

Erica observaba su perfil a hurtadillas. Tenía unas pestañas increíblemente largas y oscuras. La barba era perfecta. Con la longitud suficiente como para no arañar ni ser desagradable. Y empezó a preguntarse qué sensación le produciría si la tocara.

—¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?

Preocupado, Patrik se pasó la mano por la boca. Ella apartó la mirada enseguida, avergonzada al comprobar que la había sorprendido mirándolo.

—No, nada. Una miga de chocolate. Pero ya se ha caído.

Se quedaron en silencio durante un instante.

—En fin, ¿tú qué dices? Aquí no vamos a adelantar nada, ¿verdad? —preguntó al fin Erica.

—Pues no, no creo. Pero oye, si recuerdas lo que falta, me llamas enseguida, ¿de acuerdo? Si es tan importante como para que hayan venido a buscarlo, seguro que también lo es para la investigación.

Cerraron la puerta y Erica volvió a dejar la llave en su sitio, debajo del felpudo.

—¿Quieres que te lleve?

—No, gracias, Patrik. Prefiero dar un paseo.

—Claro, bueno, pues nos vemos mañana.

Patrik no dejaba de mover los pies, uno tras otro, sin moverse del sitio, y volvió a sentirse como un quinceañero.

—Bueno, pues te espero a las ocho. Ven hambriento.

—Lo intentaré. Pero no te prometo nada. En estos momentos tengo la sensación de que jamás volveré a tener hambre —dijo entre risas al tiempo que se daba palmaditas en el estómago y señalaba al otro lado de la calle, hacia la casa de Dagmar Petrén.

Erica rio de buena gana y lo despidió con la mano mientras él se alejaba en el Volvo. Ya sentía el cosquilleo por la expectación del encuentro del día siguiente, mezclado con inseguridad, angustia y miedo puro y simple.

Empezó a caminar hacia su casa, pero no se había alejado más de unos metros cuando se detuvo en seco.

Así, de pronto, se le había ocurrido una idea que tenía que comprobar antes de desecharla.

Con paso decidido, regresó a la casa, cogió la llave y volvió a entrar, después de haberse sacudido bien la nieve de los zapatos.

¿Qué haría una mujer que esperaba a un hombre que no se presentaba a una cena romántica?

¡Lo llamaría, naturalmente! Erica rogó que Alex tuviera uno de esos teléfonos modernos y que, dejándose llevar por las tendencias, no hubiera comprado un teléfono modelo Cobra o hubiera conservado uno de esos viejos aparatos de baquelita.

Tuvo suerte. De la pared de la cocina colgaba un flamante teléfono modelo Doro.

Con los dedos temblándole de excitación, marcó el botón de últimos números marcados y cruzó los dedos para que nadie hubiera utilizado el teléfono desde la muerte de Alex.