4 #10
Anders rio débilmente al pensar en sus recuerdos, pero poco a poco se vio obligado a abandonar ese estado onírico de catatonia. Las necesidades fisiológicas lo acuciaban y de vuelta en la propia angustia, se levantó para poner remedio al problema.
El retrete estaba debajo de un espejo cubierto de polvo y suciedad.
Mientras aliviaba la vejiga, vio su imagen reflejada en él y, por primera vez en muchos años, se vio a sí mismo tal y como lo veían los demás.
El pelo grasiento y enmarañado. La cara pálida, con un tono grisáceo de enfermo.
Un par de huecos en la dentadura delataban años de negligencia y lo hacían aparentar más edad de la que en realidad tenía.
Y allí estaba la decisión, sin que él tuviera conciencia de haberla tomado.
Mientras, con mano torpe, se cerraba la bragueta de los vaqueros, comprendió cuál debía ser el siguiente paso.
Con determinación en la mirada, fue a la cocina y, tras rebuscar un rato en los cajones, encontró un gran cuchillo cuya hoja limpió en el pantalón.
Volvió a la sala de estar y, metódicamente, empezó a descolgar los cuadros.
Uno tras otro, iba colocando en el suelo aquellos cuadros que eran el resultado de muchos años de trabajo.
Los cuadros que había conservado y colgado, aquellos con los que se sentía más satisfecho.
Había desechado muchos otros porque, para él, no daban la talla.
Ahora empezó a hender con el cuchillo lienzo tras lienzo.
Trabajaba despacio, con mano firme, cortando los cuadros en finos jirones, hasta que resultó imposible adivinar qué habían representado en su día.
Requería gran esfuerzo cortar los lienzos y, cuando hubo terminado, tenía la frente perlada de sudor.
La habitación parecía un campo de batalla de colores.
Las tiras cubrían todo el suelo de la sala de estar y los marcos abrían sus bocas vacías como mandíbulas desdentadas. Satisfecho, contempló el espectáculo.
—¿Cómo sabéis que no fue Anders quien asesinó a Alex?
—Una joven que vive en la misma planta que Anders lo vio llegar a casa poco antes de las siete, y Alex habló con su madre a las siete y cuarto.
No tuvo tiempo de volver con tan poco margen.
Lo que significa que el testimonio de Dagmar Petrén solo confirma su presencia en la casa mientras Alex aún estaba con vida.
—Pero ¿y las huellas dactilares y de pisadas que encontraron en el cuarto de baño?
—Eso no demuestra que él la matara, solo que estuvo en la casa después de que muriera.
Y no es suficiente para mantenerlo bajo arresto.
Mellberg volverá a encerrarlo, seguro, pues sigue convencido de que Anders es el asesino; pero, mientras tanto, tendrá que soltarlo.
De lo contrario, puede aparecer un abogado que lo haga papilla.
Yo he tenido en todo momento la sensación de que no era lo correcto; y esto viene a confirmarlo.
No es que Anders haya quedado fuera de toda sospecha, en absoluto, pero su arresto presenta los suficientes interrogantes como para que tengamos que seguir investigando.
—¿Y para qué vamos a casa de Alex? ¿Qué esperas encontrar allí? —preguntó Erica.
—La verdad es que no lo sé. Tengo la sensación de que necesito una imagen más clara de cómo pudo haber sucedido.
—Birgit dijo que Alex no tenía mucho tiempo para hablar con ella, porque tenía visita. Pero si no era Anders, ¿quién sería?
—Pues sí, esa es la cuestión.
Patrik conducía demasiado rápido para su gusto, y Erica iba agarrada al asidero que había sobre la puerta del coche. Patrik estuvo a punto de saltarse el desvío del club de vela y tomó la curva a la derecha en el último instante, con lo que poco faltó para que se llevara por delante una verja.
—¿Temes que se hayan llevado la casa si no llegamos a tiempo?
Erica preguntó con una pálida sonrisa.
—¡Oh, perdona! Es que estoy tan impaciente...
Redujo a una velocidad mucho más razonable y, en el último tramo del trayecto hacia la casa de Alex, Erica se atrevió incluso a soltarse.
Seguía sin comprender del todo por qué quería que ella lo acompañara, pero no preguntó, por si acaso, pues tal vez encontrara más información para el libro.
Patrik se detuvo ante la puerta con una expresión bobalicona.
—¡Vaya! No había caído en la cuenta de que no tengo llave. Así que me temo que no podremos entrar. Mellberg no apreciaría que uno de sus policías fuera descubierto in fraganti trepando para entrar por la ventana.
Erica lanzó un profundo suspiro y se agachó para meter la mano debajo de la alfombra. Con una sonrisa burlona, le mostró la llave, abrió la puerta y lo dejó pasar primero.
Alguien había puesto en marcha la caldera, pues la temperatura en el interior de la casa era muy superior a la de la calle, así que se quitaron los abrigos y los dejaron en el pasamanos de la escalera que subía a la planta alta.
—¿Qué hacemos ahora?
Erica se cruzó de brazos y lanzó a Patrik una mirada cómplice.
—En algún momento, después de las siete y cuarto, hora a la que habló con su madre, a Alex le administraron una gran cantidad de somníferos.
No hay ningún indicio de que forzaran puertas o ventanas para entrar, lo que, con toda probabilidad, significa que recibió la visita de alguien a quien conocía.
Alguien a quien, más tarde, se le presentó la oportunidad de darle los somníferos.
¿Cómo pudo ese alguien hacer que se los tomara?
Es evidente que comieron o bebieron algo.
Patrik hablaba paseando de un lado a otro de la sala de estar. Erica se sentó en el sofá, desde donde observaba interesada su ir y venir.
—Y lo cierto es —dijo interrumpiendo el paseo y levantando el dedo índice— que el forense pudo determinar qué fue lo último que comió a raíz de lo que encontró en el estómago.
¿Y qué fue lo que comió Alexandra la noche en que la asesinaron?
Según el forense, el estómago contenía pescado gratinado y refresco de manzana.
En la basura había una caja vacía de pescado gratinado Findus y, en la encimera, una botella de refresco también vacía, de modo que eso parece encajar.
Lo que resulta un tanto extraño es que hubiera en el frigorífico dos soberbios solomillos de ternera y una bandeja de patatas en el horno, aunque este estaba apagado y las patatas, aún crudas.
En la encimera de la cocina había también una botella de vino blanco.
Estaba abierta y faltaban quince decilitros de vino, lo que equivale más o menos a una copa.
Patrik señaló la cantidad con el pulgar y el índice.
—Pero en el estómago de Alexandra ¡no había ni rastro de vino!
Erica se inclinó hacia delante, cada vez más interesada, con los codos apoyados en las rodillas.
—No, claro que no. Puesto que estaba embarazada, prefería el refresco de manzana al vino, pero la cuestión es quién se bebió el vino.
—¿Había platos sucios?
—Sí, había un plato, un tenedor y un cuchillo con restos de pescado. Además, en el fregadero, había dos copas sin enjuagar. En una de ellas había montones de huellas dactilares. Las de Alex. En cambio, en la otra, no había una sola huella.
Patrik se detuvo otra vez y fue a sentarse en el sillón, que antes había orientado hacia Erica, extendió las piernas y cruzó las manos sobre la barriga.
—Lo que sin duda implica que alguien debió de limpiar las huellas de esa copa.
Erica se sintió muy inteligente al haber puesto el broche al razonamiento, y Patrik fue lo bastante educado como para que pareciera que él no había pensado ya en ello.
—Sí, eso parece. Puesto que habían enjuagado las copas, no encontramos restos del somnífero en ninguna de ellas. Pero yo supongo que Alex se lo tomó con el refresco.
—Pero ¿por qué se comió el pescado gratinado ella sola, cuando parece que tenía en mente una suculenta cena de solomillo para dos?
—Exacto, esa es la cuestión. ¿Por qué había de despreciar nadie una suculenta cena para calentarse un pescado precocinado en el microondas?
—Porque había planeado una cena romántica para dos, pero su pareja no se presentó.
—Sí, eso es lo que yo pienso. Esperó y esperó, pero finalmente se dio por vencida y se calentó algo en el micro. Y la comprendo. No es nada agradable sentarse a cenar solomillo uno solo.
—Pero Anders vino a visitarla, de modo que no sería él a quien esperaba. ¿Qué me dices del padre de la criatura? —preguntó Patrik.
—Sí, imagino que eso es lo más verosímil. ¡Dios, qué situación más lamentable! Ella prepara una cena impresionante y pone a enfriar una botella de vino, tal vez para celebrar lo del niño, qué sé yo, y él no se presenta y la deja aquí esperando. Pero ¿quién vino, si no fue él?
—Bueno, aún no podemos excluirlo del todo. Pudo ser que viniera, pero tarde.
—Sí, claro, tienes razón. ¡Ah, qué frustración! ¡Si pudiéramos hacer que hablaran las paredes!
Erica miró alrededor, como intentando lograr su deseo.