La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 5
66%

5

Patrik asintió sin decir nada. Sabía que era importante seguir las reglas, pero a veces las investigaciones exigían cierta eficacia y, en esos casos, los molinos de la burocracia debían moler a posteriori .

Siv y él tenían una fluida relación profesional desde hacía tiempo, pero sabía que la asistente social tenía el deber de hacerle aquella pregunta. Así que empezó a indagar:

—¿Por qué no intervinisteis antes? ¿Cómo se permitió que la cosa llegara tan lejos? Me da la impresión de que Jan estaba abandonado desde que nació y, cuando murieron sus padres, tenía ya diez años.

Siv lanzó un profundo suspiro.

—Sí, entiendo a qué te refieres y, créeme, yo también lo he pensado mil veces.

Pero cuando empecé a trabajar aquí, un mes o dos antes del incendio, eran otros tiempos.

Tenían que pasar muchas cosas para que el Estado interviniera limitando el derecho de los padres a educar a los hijos como quisieran.

Además, por aquel entonces no eran pocos los que abogaban por la educación libre, lo que, por desgracia, perjudicó a niños como Jan.

Por otro lado, jamás hallamos indicios de maltrato físico.

Aunque sea un tanto cruel, tal vez lo mejor habría sido que lo golpearan de modo que hubiera ido a parar al hospital.

En esos casos, gracias a Dios, empezábamos a examinar la situación familiar.

Pero o bien lo maltrataban procurando que nunca se notara o «simplemente» lo descuidaban.

—Siv describió con los dedos el signo de las comillas al decir la palabra «simplemente».

En contra de su voluntad, Patrik sintió compasión por el pequeño Jan. ¿Cómo demonios podía uno convertirse en una persona normal con una infancia así?

—Y aún no has oído lo peor. Jamás conseguimos probarlo, pero había numerosos indicios de que sus padres cobraban dinero o drogas por permitir que hombres adultos abusaran de su hijo.

Patrik se quedó atónito, boquiabierto. Aquello era mucho peor de lo que jamás habría podido imaginar.

—Ya te digo, nunca pudimos probarlo, pero ahora vemos que Jan presentaba las características que hoy se asocian a los niños que son víctimas de abusos sexuales.

Entre otras cosas, tenía serios problemas de disciplina en el colegio.

Los demás niños le hacían el vacío, sí, pero también le tenían miedo.

Siv abrió la carpeta y se puso a hojear los papeles hasta que dio con el documento que buscaba.

—Aquí lo tenemos. En segundo, se llevó un cuchillo a la escuela y amenazó con él a uno de los que más lo acosaban.

Incluso le hizo un corte en la cara, pero la dirección del centro silenció el asunto y, por lo que veo, no sufrió castigo alguno.

Se produjeron varios altercados similares en los que Jan mostró gran agresividad contra los compañeros de clase, pero el incidente del cuchillo fue el más grave.

También lo denunciaron varias veces a la dirección por comportarse de forma indebida con las niñas de la clase.

Para ser tan joven, protagonizaba insinuaciones y acosos sexuales muy avanzados.

Tampoco esas denuncias condujeron a ningún correctivo.

Sencillamente, no se sabía cómo tratar a un niño que presentaba tales trastornos en sus relaciones con las personas de su entorno.

Estoy segura de que hoy habríamos reaccionado a los signos externos y habríamos actuado de algún modo, pero debes recordar que todo esto sucedió a principios de los setenta. Aquellos eran otros tiempos.

Patrik se sentía lleno de compasión y de rabia ante la idea de que alguien pudiera tratar así a un niño.

—Después del incendio, ¿se produjeron más episodios de este tipo?

—No, y eso es lo extraño. Después del incendio, fue acogido muy pronto por la familia Lorentz y, a partir de ahí, no volvimos a oír jamás que Jan tuviera problemas.

Yo misma fui a visitar a la familia un par de veces para hacer un seguimiento de la situación y te aseguro que aquel era un Jan distinto.

Allí estaba, sentado, enfundado en un traje de chaqueta y repeinado, mirándome sin pestañear, mientras contestaba con educación a todas mis preguntas.

Bastante incomprensible, la verdad. Nadie puede cambiar tanto así, de la noche al día.

Aquello alertó a Patrik. Era la primera vez que oía a Siv insinuar siquiera algo negativo sobre alguno de sus casos. Y comprendió que merecía la pena indagar más en ello. Siv quería decirle algo, pero él tendría que sonsacárselo.

—Y en cuanto al incendio...

Dejó la frase inconclusa un instante y observó que Siv se enderezaba en la silla, lo que interpretó como indicio de que iba por buen camino.

—He oído ciertos rumores al respecto.

—Yo no puedo responder de los rumores. ¿Qué es lo que has oído?

—Que fue provocado. Incluso en el informe de nuestra investigación aparece como «incendio probablemente provocado», pero nadie encontró jamás ni rastro de los autores.

El incendio se originó en la planta baja de la casa.

La familia Norin dormía en una habitación de la planta superior y no tuvieron la menor posibilidad de salvarse.

¿Tú sabes quién podría odiar a los Norin hasta el punto de hacer algo así?

—Sí. —Su respuesta fue tan escueta y la pronunció en voz tan baja que Patrik no estaba seguro de haber oído bien.

Entonces la mujer la repitió más alto:

—Sí, sabemos quién odiaba a los Norin lo suficiente como para quemarlos vivos.

Patrik guardó silencio, invitándola a que siguiera hablando a su ritmo.

—Yo acompañé a la policía hasta el interior de la casa.

Los primeros en llegar fueron los bomberos y uno de ellos había ido a examinar el establo para ver si las chispas de la casa habían llegado hasta allí, con el consiguiente riesgo de un nuevo incendio.

El bombero encontró a Jan en el establo y, puesto que el niño se negaba a salir de allí, nos llamaron a nosotros.

Yo era nueva en el trabajo de asistente social y he de reconocer que, cuando todo pasó, pensé que había sido bastante emocionante.

Jan estaba sentado al fondo del establo, con la espalda contra la pared, vigilado por un bombero que quedó muy aliviado al vernos llegar.

Yo despaché a la policía y entré para, según creía yo, consolar a Jan y llevármelo de allí.

El pequeño no dejaba de mover las manos, pero, como estaba oscuro, no se veía lo que estaba haciendo.

Entonces me acerqué y vi que trajinaba con algo que tenía en la rodilla.

Era una caja de cerillas. Con sincero entusiasmo, clasificaba las cerillas en dos montones, las usadas, con la cabeza negra, en una mitad de la caja; y en la otra mitad, las nuevas, con la cabeza roja.

Aquella cara expresaba la más pura alegría.

Todo él lucía como con una felicidad interior.

Te aseguro, Patrik, que ha sido la experiencia más desagradable de mi vida.

Todavía veo su cara a veces, antes de acostarme.

Una vez que estuve a su lado, le quité la caja de cerillas con cuidado.

Entonces me miró y preguntó: «¿Están muertos ya?

». Solo eso. «¿Están muertos ya?». Después soltó una risita y se dejó conducir fuera del viejo establo.

Lo último que vi antes de salir fue una manta, una linterna y un montón de ropa arrojada en un rincón.

Entonces comprendí que éramos culpables de la muerte de sus padres.

Tendríamos que haber actuado muchos años antes.

—¿Se lo has contado a alguien?

—No, ¿qué iba a decir? ¿Que mató a sus padres mientras jugaba con las cerillas? No, jamás he dicho nada hasta hoy, y porque tú me has preguntado. Pero siempre sospeché que se las vería con la policía de un modo u otro. ¿En qué está metido ahora?

—No puedo decirte nada aún, pero te prometo que te informaré en cuanto pueda. Te agradezco muchísimo que me hayas confiado todo esto y te aseguro que solicitaré la autorización cuanto antes, para que no tengas problemas.

Se despidió y se marchó enseguida.

Ya a solas, Siv Persson quedó sentada ante su escritorio, con las gafas rojas colgando del cordón, frotándose la base de la nariz con el pulgar y el índice y los ojos cerrados.

En el mismo momento en que Patrik se vio fuera, entre los torbellinos de nieve que se formaban en la acera, sonó su móvil.

Ya se le habían congelado los dedos por el intenso frío y le costó abrir la pequeña tapa del teléfono.

Deseaba que fuera Erica, pero se decepcionó al ver que era el número de la comisaría el que parpadeaba en la pantalla.

—Patrik Hedström. ¡Hola, Annika! No, ya estoy en camino. Bueno, espera un poco, no tardo nada en llegar a la comisaría.

Cerró la tapa. Annika lo había conseguido una vez más. Había encontrado algo que no encajaba en el relato biográfico de Alex.

El hielo crujía bajo sus pies mientras corría en dirección a la comisaría.

El quitanieves había pasado por allí mientras él estaba en Asuntos Sociales con Siv, por lo que no le costó tanto volver.

No eran muchos los valientes que andaban por la calle con aquellos fríos y la calle comercial estaba desierta, a excepción de un par de personas que avanzaban con paso presuroso, el cuello del abrigo levantado y el gorro encajado hasta las cejas para protegerse del frío.

Tras cruzar la puerta de la comisaría, zapateó varias veces con el fin de deshacerse de la nieve que se le había pegado a las suelas.

Se dijo que debía recordar para el futuro que los mocasines y la nieve no eran una buena combinación, pues la sensación de tener los calcetines mojados era muy desagradable.

Claro que eso era algo que él debería haber previsto.

Fue derecho al despacho de Annika, que lo aguardaba con expresión de suma satisfacción, por lo que dedujo que había encontrado algo muy bueno.

—¿Tienes toda la ropa en la lavadora, o qué?