La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #7
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—¡Me cago en todo, puto borracho! ¿Crees que puedes salir de esta quedándote ahí con la boca cerrada? ¡En ese caso, te diré que has ido a dar con el policía equivocado! ¡Vas a decirme la verdad aunque tengamos que pasarnos el día aquí esperando!

Las gotas de sudor brotaban sin cesar de las axilas de Mellberg a cada sílaba que pronunciaba.

—Estabas celoso, ¿no es verdad? Hemos encontrado los retratos que pintaste de ella y es evidente que os lo hacíais juntos.

Y, para despejar cualquier duda, encontramos también las cartas que le escribías.

Esas cartas empalagosas y patéticas. Joder, ¡qué basura!

¿Qué vio esa mujer en ti? Quiero decir, mírate.

Estás sucio y tienes un aspecto repugnante y tan lejos de un donjuán como se pueda imaginar.

La única explicación que se me ocurre es que ella tuviera algún morbo de ese tipo.

Que la excitaran la mierda y los borrachos nauseabundos.

¿Se lo hacía también con los demás pellejos de Fjällbacka o solo trabajaba a tu servicio?

Anders se levantó, raudo como una comadreja, se lanzó sobre la mesa y agarró a Mellberg por la garganta.

—¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar, poli de mierda!

Mellberg intentaba en vano liberarse de las manos de Anders.

La cara se le iba poniendo cada vez más roja, y el pelo se deslizó desde su habitual morada, quedando como un manojo sobre la oreja derecha.

Anders soltó la garganta de Mellberg de pura sorpresa y el comisario pudo por fin respirar.

Anders volvió a caer en la silla sin dejar de mirar a Mellberg con encono.

—¡No vuelvas a hacerlo! ¿Me oyes? ¡Nunca vuelvas a hacerlo! —Mellberg sufrió un golpe de tos y tuvo que aclararse la garganta para recuperar la voz—. Te quedarás ahí sentado como un muerto, porque si no, te encierro en tu celda y tiro la llave al río, ¿me oyes?

Mellberg volvió a sentarse, pero mantuvo la mirada atenta fija en la de Anders y halló en ella un atisbo de temor que no había visto antes.

Se percató de que el peinado, que tan cuidadosamente había compuesto, había sufrido un duro golpe y, con mano experta, lo alisó sobre la reluciente superficie de la coronilla, como si no hubiera pasado nada.

—Bien, volvamos al orden. El caso es que mantenías una relación sexual con la víctima, Alexandra Wijkner, ¿no es así?

Anders murmuró algo, con la cabeza gacha.

—¿Perdón? ¿Has dicho algo?

—He dicho que nos amábamos.

Sus palabras resonaron entre las paredes desnudas. Mellberg sonrió jocoso.

—De acuerdo, os queríais. La bella y la bestia se querían. Muy tierno. ¿Y cuánto tiempo os «amasteis»?

Anders volvió a murmurar una frase inaudible y Mellberg tuvo que pedirle que la repitiera.

—Desde que éramos niños.

—Ah, vaya. De acuerdo. Pero me figuro que no habéis estado revolcándoos como conejos desde que teníais cinco años, así que, permíteme que reformule la pregunta: ¿durante cuánto tiempo mantuvisteis relaciones sexuales?

¿Durante cuánto tiempo estuvo liada contigo a escondidas?

¿Durante cuánto tiempo bailasteis el tango en posición horizontal?

¿Sigo, o has conseguido comprender ya la pregunta?

Anders lo miró lleno de odio, pero hizo un esfuerzo por mantenerse tranquilo.

—No lo sé, de vez en cuando, durante varios años. En realidad, no lo sé, comprenderás que no me dedicaba a marcarlo en el almanaque.

Retiró unos hilachos invisibles del pantalón, antes de proseguir:

—Además, tampoco estaba aquí tan a menudo antes, así que no era muy frecuente. Por lo general, yo me dedicaba solo a pintarla. Era preciosa.

—¿Qué sucedió la noche que murió? ¿Una riña amorosa? ¿No quería cumplir? ¿O te enfadaste porque estaba preñada? Fue eso, ¿verdad? Estaba preñada y tú no sabías si era tuyo o del marido. Y seguro que te amenazó con hacerte la vida imposible, ¿verdad?

Mellberg se sentía muy satisfecho consigo mismo.

Estaba convencido de que Anders era el asesino y, si tocaba con la suficiente firmeza las teclas adecuadas, tenía garantizada la confesión.

Seguro. Después, le pedirían y le rogarían que volviera a Gotemburgo.

Y él los dejaría rogar de rodillas un tiempo.

Lo más probable era que lo tentaran con un ascenso y mejor sueldo si los mantenía en el candelero una temporada.

Se frotó la barriga con satisfacción manifiesta y, en ese momento, notó que Anders lo miraba con los ojos desorbitados.

Estaba pálido, como si hubiera perdido toda la sangre.

Y las manos le temblaban, como entre espasmos.

Cuando levantó la cabeza y, por primera vez, miró a Mellberg directamente a la cara, el comisario vio que le temblaban los labios y que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¡Mentira! ¡Es imposible que estuviera embarazada!

Un moco se abría camino por debajo de la nariz y Anders se lo limpió en la manga. Miraba a Mellberg casi suplicante.

—¿Cómo que no podía? Los condones no son seguros al cien por cien, ¿sabes?

Estaba de tres meses, así que no vengas a exhibir tus dotes de actor.

Estaba preñada y tú sabes muy bien cómo sucedió.

Pero si fuiste tú o si fue su marido el que se lo hizo...

, bueno, eso no se sabrá nunca, ¿a que no?

Es la maldición del hombre, te lo aseguro.

A mí han estado a punto de pegármela varias veces, pero ninguna pelandusca ha conseguido hasta ahora que le firme ningún papel —afirmó Mellberg con una sonrisa que más parecía un cacareo.

—Verás, no porque sea asunto tuyo, pero no habíamos tenido relaciones desde hacía más de cuatro meses. Y ya no quiero hablar más contigo. Llévame otra vez a la celda, porque no pienso decir una palabra más.

Anders sollozaba terriblemente y las lágrimas amenazaban con brotar en cualquier momento. Se retrepó en la silla con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada hostil clavada en Mellberg, que, con un hondo suspiro, atendió la exigencia.

—Bueno, seguiremos dentro de un par de horas. Y, para que lo sepas, no me creo una mierda de lo que me dices. Piensa en ello mientras estés en la celda. La próxima vez que hablemos, quiero una confesión completa.

Se quedó un rato sentado después de que hubieran conducido a Anders a la celda.

Aquel borracho apestoso no había confesado, lo que le parecía del todo incomprensible.

Sin embargo, la mejor carta aún la tenía intacta.

La última vez que habían oído a Alexandra Wijkner con vida fue el viernes 25 de enero a las siete y cuarto de la tarde, una semana exacta antes de que la encontraran muerta.

Según Telia, había hablado con su madre durante cinco minutos y cincuenta segundos.

Y eso encajaba con el marco temporal indicado por el forense.

Gracias a la vecina, Dagmar Petrén, tenía testigos de que Anders Nilsson había visitado a la víctima no solo el mismo viernes por la tarde, justo antes de las siete, sino que, además, lo habían visto entrar en la casa en varias ocasiones la semana siguiente.

Y entonces, Alexandra Wijkner yacía ya muerta en la bañera.

La confesión le habría facilitado a Mellberg el trabajo de modo significativo, pero, aunque Anders se mostrara duro de pelar, él tenía el convencimiento de que lograría que lo condenaran.

En efecto, no solo contaba con el testimonio de la señora Petrén, sino que además tenía en el escritorio el informe del registro de la casa de Alex Wijkner.

Lo más interesante eran los datos obtenidos de la investigación del cuarto de baño en el que la encontraron.

No solo porque en la sangre coagulada del suelo identificaron la huella de una pisada que encajaba a la perfección con un par de zapatos que habían incautado en el apartamento de Anders, sino que, además, habían hallado sus huellas dactilares en el cuerpo de la víctima.

No tan claras como lo habrían sido de estar en una superficie lisa y dura, pero evidentes e igualmente fáciles de identificar.

No había querido quemar todos los cartuchos de una vez, pero en el próximo interrogatorio pensaba sacar toda la artillería. Iba a aplastar a ese indeseable por cojones.

Más que satisfecho, se escupió en la palma de la mano y se alisó el pelo con la saliva.

La llamada telefónica vino a interrumpirla en mitad de las anotaciones sobre la conversación mantenida con Henrik Wijkner. Erica dejó molesta el teclado y extendió el brazo en busca del teléfono.

—¿Sí? —contestó en tono algo más irritado de lo que pretendía.

—Hola, soy Patrik. ¿Llamo en mal momento?

Erica se enderezó enseguida en la silla lamentando no haber sido más amable al responder.

—No, en absoluto, solo estaba escribiendo, y estaba tan absorta en lo que hacía que me he sobresaltado con el teléfono y por eso te habrá sonado un tanto..., pero no, no es mal momento en absoluto, está bien, quiero decir...

Se llevó la mano a la frente al oírse a sí misma explicarse como una quinceañera. Ya era hora de despabilar y meter las hormonas en cintura. Aquello era ridículo.

—Pues verás, estoy en Fjällbacka y pensaba que, si estabas en casa, tal vez pudiera pasarme un rato.

Patrik sonaba seguro de sí mismo, viril, firme y tranquilo, y Erica se sintió más ridícula aún por haber tartamudeado como una adolescente.

Se miró la vestimenta, que, aquel día, se componía de un chándal algo sucio, y se pasó la mano por la cabeza para sondear el peinado.

Y sí, tal y como se temía: una coleta alta y medio deshecha con mechones disparados en todas direcciones.

La situación bien podía calificarse de catastrófica.

—¿Oye? ¿Erica? ¿Estás ahí? —Patrik preguntaba extrañado.

—Sí, sí, aquí estoy. Es que me pareció que tu móvil se cortaba.

Erica se llevó la mano a la frente por segunda vez en escasos segundos. Dios del cielo, ni que fuera principiante.

—Hoooolaaaa. Erica, ¿me oyes? ¿Hola?