La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #8
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—Eh..., sí, claro, ven a hacerme una visita. Dame tan solo un cuarto de hora porque..., verás, estoy terminando una parte importante del libro que quisiera dejar lista.

—Claro, desde luego. ¿Estás segura de que te va bien? De todos modos, vamos a vernos mañana, así que...

—No, por favor. En serio. Dame quince minutos y listo.

—De acuerdo, nos vemos dentro de quince minutos.

Erica colgó despacio el auricular y respiró unos segundos profundamente, esperanzada.

El corazón le latía tan fuerte que oía sus pulsaciones.

Patrik iba camino de casa. Patrik iba...

Dio un respingo, como si le hubieran echado un jarro de agua fría, antes de ponerse de pie de un salto.

Él llegaría dentro de un cuarto de hora y ella tenía aspecto de llevar una semana sin ducharse y sin peinarse.

Echó a correr escaleras arriba, subiendo los peldaños de dos en dos, mientras se quitaba la sudadera del chándal.

Ya en el dormitorio se quitó los pantalones y a punto estuvo de caerse, pues quiso hacerlo sin parar de moverse.

Fue al cuarto de baño y se lavó debajo del brazo mientras elevaba una plegaria de gratitud por haberse afeitado las axilas cuando se duchó por la mañana.

Un poco de perfume rociado en las muñecas, entre los pechos y en el cuello, donde pudo sentir con los dedos sus pulsaciones.

El armario recibió un trato poco delicado y, hasta que no tuvo la mayoría de la ropa sobre la cama, no se decidió por un sencillo jersey negro de Filippa K y la falda a juego, entallada y también negra, que le llegaba por los tobillos.

Miró el reloj. Le quedaban diez minutos.

De vuelta al cuarto de baño. Polvos compactos, máscara de pestañas, brillo de labios y una sombra de ojos de color claro.

No necesitaba colorete, ya tenía la cara bastante roja.

Lo que ella pretendía con el maquillaje era conseguir un aspecto limpio de una cara sin maquillar; pero cada año que pasaba necesitaba más cantidad de maquillaje para lograrlo.

El timbre sonó en la planta baja y, cuando echó un último vistazo al espejo, vio con horror que aún tenía el pelo en aquel desastroso peinado recogido con un coletero amarillo chillón.

Se lo arrancó de un tirón y, con ayuda de un cepillo y algo de espuma, logró darle una forma aceptable.

Volvió a sonar el timbre, con más insistencia esta vez, y Erica se apresuró a bajar, pero se detuvo a medio camino para recuperar el aliento y calmarse un poco.

Con el semblante más tranquilo que fue capaz de componer, abrió la puerta y pintó en la cara una sonrisa.

El dedo le temblaba un poco cuando tocó el timbre.

Había estado a punto de darse media vuelta varias veces mientras se dirigía allí y llamar después para disculparse diciendo que le había surgido un imprevisto, pero era como si el coche hubiera conducido él solo hacia Sälvik.

Recordaba perfectamente dónde vivía ella y cogió sin problemas la cerrada curva a la derecha de la cuesta que había antes del camping, camino de su casa.

Estaba oscuro por completo, pero las farolas iluminaban lo suficiente como para entrever el reflejo del mar.

De un golpe, comprendió lo que sentiría Erica por el hogar de la infancia; al igual que comprendía el dolor que debía de sentir ante la posibilidad de perderlo.

Y de un golpe comprendió también lo imposible de sus sentimientos por ella.

Erica y Anna pensaban vender la casa y no habría ya nada en Fjällbacka que la retuviera.

Volvería a Estocolmo y un policía rural de Tanumshede no le sacaría mucha ventaja al guaperas del bar de Stureplan.

Así, con paso abatido, se encaminó a la puerta y llamó al timbre.

Nadie le abría, así que tocó otra vez. Desde luego, la idea ya no le parecía tan buena como en el momento en que se le ocurrió, al salir de casa de la señora Petrén.

Pero, simplemente, no había podido resistir la tentación de llamarla cuando la tenía tan cerca.

Aun así, se arrepintió un poco cuando la oyó por teléfono.

Sonaba tan ocupada, incluso irritada. En fin, ahora era demasiado tarde para lamentarlo.

El timbre de la puerta resonaba ya por segunda vez en el interior de la casa.

Oyó pasos bajando la escalera. Después, se detuvieron un instante, antes de reiniciarse, llegar hasta abajo y junto a la puerta.

Esta se abrió y..., allí estaba ella, con esa sonrisa tan fresca.

Erica le hacía perder el resuello. Era incapaz de comprender cómo lograba lucir siempre ese aspecto tan lozano.

Tenía la cara limpia, sin maquillaje, con esa belleza natural que era lo que más lo atraía a él de una mujer.

Ni en sueños se habría dejado ver Karin sin maquillar, pero para él Erica era tan fantástica que no podía imaginar nada que mejorase lo que estaba a la vista.

La casa estaba como siempre, como él la recordaba de las visitas de cuando era niño.

Los muebles y la casa habían envejecido con dignidad y conjuntamente.

Dominaban el blanco y la madera, con tejidos claros en blanco y azul que armonizaban a la perfección con la pátina envejecida del mobiliario.

Erica había encendido unas velas para ahuyentar la oscuridad invernal.

La paz y la tranquilidad se respiraban en el ambiente.

Mientras pensaba en todo aquello, siguió a Erica hasta la cocina.

—¿Quieres un café?

—Sí, gracias. Ah, por cierto —dijo Patrik al tiempo que le tendía la bolsa con los dulces—. Aunque quisiera llevarme algunos a la comisaría. Hay suficientes y hasta de sobra, te lo garantizo.

Erica miró el interior de la bolsa y sonrió.

—Vaya, veo que has estado con la señora Petrén.

—Exacto. Y estoy tan lleno que apenas si puedo moverme.

—Una anciana encantadora, ¿a que sí?

—Sí, increíble. Si hubiera tenido noventa años, digamos, me habría casado con ella sin dudarlo.

Ambos se echaron a reír.

—Bueno, ¿qué tal estás?

—Bien, gracias.

Se hizo un momento de silencio que los obligó a moverse inquietos en las sillas. Erica llenó dos tazas de café y vertió el resto en un termo.

—Ven, vamos a sentarnos en el porche.

Bebieron los primeros sorbos en un silencio que no les parecía ya incómodo, sino muy agradable. Erica estaba sentada en el sofá de mimbre, enfrente de Patrik, que se aclaró la garganta antes de preguntar:

—¿Qué tal va el libro?

—Bien, gracias. ¿Y a ti? ¿Cómo te va con la investigación?

Patrik reflexionó un instante y, finalmente, resolvió contarle más de lo que en realidad debía. Erica estaba, pese a todo, implicada y no veía cómo podría perjudicar aquello a la investigación.

—Pues creo que hemos resuelto el caso. O, al menos, eso parece. Tenemos a un detenido, al que están interrogando en estos momentos y que, a la luz de las pruebas, está tan pillado como se pueda imaginar.

Erica se inclinó hacia delante llena de curiosidad.

—¿Y quién es?

Patrik dudó un instante.

—Anders Nilsson.

—Así que, al final, fue Anders. Qué raro. La verdad es que, pese a todo, no me parece verosímil.

Patrik se sentía inclinado a darle la razón.

Había demasiados cabos sueltos que no quedaban atados con la detención de Anders.

Pero las pruebas físicas del lugar del crimen y las declaraciones de los testigos de que no solo se encontraba en la casa justo antes de que la víctima fuera asesinada, sino también en varias ocasiones mientras estuvo muerta, hasta que hallaron el cadáver, no dejaba lugar para demasiadas dudas. Y aun así...

—Bueno, pues entonces ya ha pasado todo. Es extraño, pensé que me sentiría más aliviada al saberlo resuelto. Pero ¿y el artículo que yo encontré? El de la desaparición de Nils, ya sabes. ¿Cómo encaja en el cuadro, si es verdad que Anders es el asesino?

Patrik se encogió de hombros y levantó las manos con resignación.

—La verdad, Erica, no lo sé. No lo sé. Tal vez no tenga nada que ver con el asesinato. Pura casualidad, sin más. En cualquier caso, no hay razón para remover más ese asunto. Alex se llevó sus secretos a la tumba.

—Y el hijo que esperaba, ¿era de Anders?

—¿Quién sabe? De Anders, de Henrik... Tu propuesta es tan buena como la mía.

La verdad es que resulta difícil entender qué podían tener Alex y él en común.

Para que luego hablen de parejas raras. Claro que no es tan extraño que la gente tenga amantes, pero ¿Alexandra Wijkner y Anders Nilsson?

A mí me parece increíble que lograra llevarse a nadie a la cama y menos aún a Alexandra Wijkner.

Ella era..., bueno, lo único que se me ocurre decir es que estaba buenísima.

Por un instante, Patrik creyó ver cómo se arrugaba el entrecejo de Erica.

Pero la joven recuperó enseguida la expresión habitual, educada y amable.

Serían figuraciones suyas, seguro. Erica abrió la boca, como para decir algo, cuando se oyó desde el vestíbulo la melodía del bus de los helados. Los dos se sobresaltaron al oírlo.

—Es mi móvil. Si me perdonas un momento.

Patrik se apresuró hacia el vestíbulo para llegar a tiempo y, tras rebuscar un instante en el bolsillo, logró dar con el teléfono.

—Patrik Hedström —dijo al descolgar—. Ajá. De acuerdo... Comprendo... En ese caso volvemos a estar a cero. Sí, sí, ya lo sé. Vaya, ¿eso dijo? Bueno, eso no lo sabemos. Muy bien, señor comisario. Adiós.

Cerró el teléfono móvil con un firme «clic» antes de volverse hacia Erica.

—Ponte algo de abrigo, que vamos a dar una vuelta.

—¿Adónde?

Erica lo miraba inquisitiva mientras él se llevaba la taza a la boca.

—Tenemos nuevos datos sobre la implicación de Anders. Parece que ya no es sospechoso.

—¡Vaya! Pero ¿adónde dices que vamos?

—Tanto tú como yo teníamos la sensación de que algo no cuadraba. Tú encontraste el artículo sobre la desaparición de Nils en casa de Alex. Y puede que haya más cosas allí que nos convenga encontrar.

—Pero ¿no habéis hecho ya un registro en su domicilio?