La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #6
52%

4 #6

—Erica —dijo Patrik con la boca llena de bollo de canela, y, con solo pronunciar ese nombre, sintió un cosquilleo en el estómago.

—Eso es, Erica. También muy linda y buena niña, pero fíjate que Alexandra tenía algo especial.

Brillaba con luz propia. Pero luego, algo pasó...

Dejó de venir y apenas si me saludaba. Un par de meses después se mudaron a Gotemburgo y, a partir de entonces, solo volví a verla cuando empezó a venir los fines de semana, hace un par de años.

—¿Los Carlgren no venían antes por aquí?

—No, nunca. Pero seguían cuidando la casa. Enviaron carpinteros y pintores y Vera Nilsson venía a limpiar un par de veces al mes.

—¿Y no tienes la menor idea de lo que sucedió antes de que los Carlgren se trasladaran a Gotemburgo? Me refiero a qué fue lo que hizo cambiar a Alex. ¿Algún enfrentamiento familiar o algo por el estilo?

—Bueno, claro que corrían rumores, rumores siempre hay por aquí, pero yo no les daría mucho crédito.

Aunque son muchos aquí en Fjällbacka los que aseguran que lo saben casi todo de los demás, debes tener muy claro que nadie sabe nunca lo que sucede en el interior de las casas.

Por eso a mí no me gusta especular. No sirve de nada.

Venga, sírvete otro bollo, aún no has probado mis deliciosos dulces de merengue.

Patrik sopesó un instante y sí, desde luego que aún le quedaba un pequeñísimo espacio para un dulce de merengue.

—¿Viste algo más después? Por ejemplo, cuándo se marchó Anders Nilsson.

—No, aquella noche no volví a verlo. Pero lo vi entrar en la casa varias veces la semana siguiente. Muy extraño, he de decir. Por lo que he oído por el pueblo, ella ya estaba muerta, ¿no? ¿Qué tenía él que hacer allí, entonces?

Eso era precisamente lo que Patrik se preguntaba. La señora Petrén lo miró ansiosa:

—Y bien, ¿estaba rico?

—Estos han sido sin duda los mejores dulces que he comido jamás, señora Petrén.

¿Cómo es que puedes preparar semejante bandeja de bollos así, como si nada?

Quiero decir, no había pasado más de un cuarto de hora desde que había llamado.

Habrías tenido que ser tan rápida como Superman para que te hubiera dado tiempo de hornear todas estas exquisiteces.

Ella se regodeó en los elogios y enderezó el cuello, orgullosa.

—Mi marido y yo llevamos la pastelería de Fjällbacka durante treinta años, así que algo he aprendido en todo ese tiempo.

Es difícil desprenderse de las viejas costumbres, así que yo sigo levantándome a las cinco de la mañana y horneo cada día.

Lo que no se comen los niños y las mujeres del barrio que vienen a hacerme una visita, se lo doy a los pájaros.

Además, me encanta probar nuevas recetas, hay tantos dulces modernos que están mucho más ricos que las viejas galletas finlandesas que antes hacíamos por toneladas.

Encuentro las recetas en las revistas de cocina y luego las retoco como a mí me parece.

La mujer señaló un inmenso montón de revistas que había en el suelo, junto al banco de la cocina, entre las que había de todo, desde Amelias Mat hasta Allt om mat , acumuladas de varios años.

A juzgar por los precios de cada ejemplar, Patrik supuso que la señora Petrén había podido ahorrar una buena suma durante los años de actividad en la pastelería. De repente, tuvo una inspiración:

—¿Sabes si existía algún otro tipo de relación entre la familia Carlgren y la familia Lorentz? Aparte de que Karl-Erik trabajaba para ellos, claro.

—¡Por Dios santo! ¿Los Lorentz codearse con los Carlgren? No, querido, eso solo habría podido suceder en una semana con dos jueves. No se movían en los mismos círculos. Y el que Nelly Lorentz, según me han contado, se presentara en el funeral es lo que yo llamo una sensación, ni más ni menos.

—¿Y el hijo? El que desapareció. ¿No sabes si tuvo algo que ver con los Carlgren?

—No, desde luego, cabe esperar que no. Un jovencito muy desagradable.

Siempre intentaba birlar algún bollo en la pastelería sin que nos diéramos cuenta.

Pero mi marido le quitó la costumbre el día que lo sorprendió.

Le soltó la reprimenda de su vida. Después vino Nelly echando humo, por supuesto, y nos reprendió y nos amenazó con denunciar a mi marido a la policía.

Claro que ella lo retiró enseguida, cuando él le explicó que había testigos de los hurtos, así que podía llamar al fiscal, si quería.

—Pero, por lo demás, ninguna relación con los Carlgren, que tú sepas, ¿no?

La anciana negó con un gesto.

—Bueno, era solo una idea mía... Aparte del asesinato de Alex, la desaparición de Nils es el suceso más trágico que ha acontecido aquí y, nunca se sabe...

A veces uno descubre las coincidencias más absurdas.

En fin, en ese caso, creo que no tengo nada más que preguntar, así que ya me voy.

Muchas gracias, tengo que reconocer que son unos bollos increíblemente buenos.

Ahora tendré que ponerme a ensalada un par de semanas —dijo Patrik dándose una palmadita en la tripa.

—No, tú no necesitas esa comida de conejos. Aún estás en edad de crecer.

Patrik optó por asentir en lugar de explicarle que, a los treinta y cinco, lo único que crecía era la cintura.

Se levantó del banco de la cocina, pero tuvo que volverse a sentar de inmediato.

Se sentía como si tuviera una tonelada de hormigón en el estómago y las náuseas le subieron como una oleada por la garganta.

Tras reflexionar un poco, concluyó que no había sido muy sensato atiborrarse de tantos dulces.

Intentó cruzar la sala de estar con los ojos entrecerrados a los mil cuatrocientos cuarenta y dos enanos que relucían y despedían destellos a su paso.

La salida fue tan lenta como la entrada y tuvo que contenerse para no adelantar a la señora Petrén, que se arrastraba hacia la puerta.

Era una mujer de hierro, de eso no cabía duda.

Y un testigo fidedigno, desde luego; con ese testimonio, era solo cuestión de tiempo que encontrasen un par de piezas más del rompecabezas para conseguir un auto de procesamiento en regla contra Anders Nilsson.

Por ahora no tenían más que indicios, pero, aun así, parecía que el asesinato de Alex Wijkner estaba ya resuelto.

Sin embargo, Patrik no se sentía del todo satisfecho.

En la medida en que podía sentir otra cosa que la pesadez de los bollos, sentía también una sensación de inquietud, de que la solución fácil no siempre era la correcta.

Fue fantástico salir y poder respirar el aire libre, que le alivió un poco el mareo.

Justo cuando le había dado las gracias por segunda vez y ya se había dado la vuelta para marcharse, la señora Petrén le colocó algo en la mano antes de cerrar la puerta.

Patrik miró lleno de curiosidad para ver qué era: una bolsa del supermercado ICA abarrotada de bollos, y un enanito.

Con la mano en el estómago, lanzó un hondo lamento.

—Pues verás, Anders, no se te presenta halagüeña la cosa.

—Vaya.

—«Vaya». ¿Es eso todo lo que tienes que decir? Estás hasta arriba de mierda, por si no lo has comprendido. ¿Lo entiendes?

—Yo no he hecho nada.

—¡Mentira! No me mientas en mi cara. Sé que la mataste, así que más te vale confesar y ahorrarme complicaciones. Si me ahorras complicaciones a mí, te ahorrarás complicaciones a ti mismo. ¿Entiendes por dónde voy?

Mellberg y Anders estaban en la única sala de interrogatorios de la comisaría de Tanumshede, que, a diferencia de las que aparecían en las series policiacas americanas, no tenía ninguna pared de cristal a través de la cual los colegas pudieran seguir el interrogatorio, lo que a Mellberg le venía de maravilla.

Iba totalmente en contra del reglamento que el sujeto de un interrogatorio estuviera solo con el interrogador, pero, qué coño, con tal de que diera los resultados esperados, nadie se preocuparía de esas absurdas reglas.

Además, Anders no había exigido la presencia de un abogado ni de ninguna otra persona, así que, ¿para qué iba a insistir Mellberg?

La sala era pequeña, con escaso mobiliario, y las paredes estaban desnudas.

Los únicos muebles eran una mesa y dos sillas, ahora ocupadas por Anders Nilsson y Bertil Mellberg.

Anders estaba más bien medio tumbado, indolente, con las manos cruzadas sobre el regazo y las largas piernas estiradas debajo de la mesa.

En cambio, Mellberg estaba ligeramente inclinado sobre la mesa, con la cara bastante cerca de la de Anders, en la medida de lo soportable, si se tenía en cuenta el aliento no demasiado fresco del sospechoso.

Pese a todo, se había acercado lo suficiente como para que las pequeñas gotas de saliva que propulsaban los gritos de Mellberg fueran a dar en la cara de Anders.

Este no se molestó en limpiárselas, sino que decidió fingir que el comisario no era más que una molesta mosca que no valía la pena ni espantar.

—Tú y yo sabemos que fuiste tú quien mató a Alexandra Wijkner.

La engañaste para que se tomara los somníferos, la tumbaste en la bañera y le cortaste las venas antes de, tranquilamente, quedarte observando cómo moría desangrada.

De modo que, ¿no podemos simplificar las cosas para los dos? Tú confiesas y yo firmo.

Mellberg se sentía muy satisfecho con lo que él consideraba una impresionante introducción al interrogatorio, y se sentó en la silla con las manos cruzadas sobre la enorme barriga.

Y esperó. Anders no respondía. El sospechoso seguía con la cabeza ladeada de modo que el pelo ocultaba cualquier expresión de la cara.

Un estremecimiento en la comisura del labio de Mellberg reveló que, para él, tal exhibición no merecía indiferencia.

Tras varios minutos más de silencio, golpeó la mesa con el puño con la intención de despertar a Anders de su sopor. Ninguna reacción.