La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #5
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La preocupación de Erica con respecto a la casa de Fjällbacka era algo que no tenía fuerzas para afrontar.

Anna no podía permitirse el lujo de ser sentimental y el dinero de la casa podría suponer un nuevo comienzo para Lucas y ella.

Sabía que no estaba contento con el trabajo que tenía en Suecia y que quería regresar a Londres, donde consideraba que se encontraban el pulso adecuado y las posibilidades de hacer carrera.

Estocolmo era para él un remanso, un retroceso en su carrera.

Y aunque en el puesto actual ganaba bastante dinero, incluso mucho, con el que obtuvieran de la casa de Fjällbacka y el que ya tenían ahorrado podrían adquirir una magnífica vivienda en Londres.

Aquello era importante para Lucas y, por tanto, también lo era para ella.

Erica se las arreglaría de todos modos. Ella solo tenía que pensar en sí misma, tenía trabajo y un apartamento en Estocolmo, y solo tendría la casa de Fjällbacka como lugar de recreo veraniego.

El dinero también le vendría bien, los escritores no ganaban mucho y Anna sabía que Erica pasaba temporadas realmente apretadas.

Llegado el momento, comprendería que aquello era lo mejor. Para las dos.

La voz chillona de Adrian se oyó en el dormitorio, con lo que el tiempo de descanso tocó a su fin. De todos modos, no tenía sentido pasar el rato lamentándose. Los moratones desaparecerían, como siempre, y mañana sería un nuevo día.

Patrik se sentía inexplicablemente ágil y subió los peldaños de la escalera de Dagmar Petrén de dos en dos.

Aunque, ya en el último piso, se vio obligado a detenerse para respirar un instante, con ambas manos apoyadas en las rodillas.

Estaba claro que ya no tenía veinte años.

Y desde luego, tampoco los tenía la mujer que le abrió la puerta.

No había visto nada tan pequeño y arrugado desde la última vez que abrió una bolsa de ciruelas pasas.

Encorvada, con la espalda vencida, la anciana apenas si le llegaba más arriba de la cintura y Patrik temió que se quebrara en pedazos al menor soplo de aire.

Sin embargo, los ojos que se alzaban para mirarlo eran claros y despiertos, como los de una jovencita.

—No se quede ahí resoplando, muchacho. Entre y tómese un café.

Le sorprendió la potencia de la voz y se sintió de pronto como un escolar, de modo que, obediente, la siguió hacia el interior.

Contuvo un fuerte impulso de hacerle una reverencia y avanzó luchando por mantener el paso de caracol necesario para no adelantar a la señora Petrén.

Ya al otro lado de la puerta, se paró en seco: en toda su vida había visto tantos enanitos vestidos de Papá Noel.

Por todas partes, sobre todas las superficies disponibles, había varias figuras.

Enanos grandes, enanos pequeños, enanos jóvenes, enanos viejos, enanos que guiñaban y enanos tristones.

Sintió como si el cerebro se le acelerase al máximo para procesar todas las impresiones sensoriales que lo impactaban.

Se sorprendió a sí mismo con la boca abierta e hizo acopio de toda su voluntad para volver a cerrarla.

—¿Qué le parece? ¿No es hermoso?

Patrik no sabía qué decir y tardó un instante en poder balbucir una respuesta:

—Sin duda. Precioso.

Miró angustiado a la señora Petrén para ver si ella se había percatado de que el tono de voz no se correspondía exactamente con sus palabras. Ante su asombro, ella dejó escapar una risa traviesa que subrayaba el brillo de sus ojos.

—No se preocupe. Ya entiendo que no es de su gusto, pero la vejez conlleva unas obligaciones, ¿comprende?

—¿Obligaciones?

—Claro, la gente espera cierta excentricidad para que una siga siendo interesante. De lo contrario, no eres más que una pobre vieja y eso no lo quiere nadie, ¿comprende?

—Pero ¿por qué enanos, precisamente?

Patrik seguía sin comprender mientras la señora Petrén le hablaba como si fuera un niño.

—Pues sí, lo mejor de los enanos vestidos de Papá Noel es que una solo tiene que sacarlos una vez al año.

El resto del año esto está tan despejado como no puede ni imaginar.

Además, tiene la ventaja de que, en Navidad, vienen montones de niños a mi casa.

Y, para una anciana que no recibe muchas visitas que digamos, es un gozo para el alma que los pequeños vengan deseosos de ver los enanos.

—Pero ¿durante cuánto tiempo los tiene expuestos? Después de todo, ahora estamos a mediados de marzo.

—Bueno, empiezo a sacarlos en octubre y luego empiezo a quitarlos hacia el mes de abril. Pero comprenderá que me lleva una semana o incluso dos tanto lo uno como lo otro.

A Patrik no le costaba lo más mínimo comprender que le llevara tanto tiempo. Intentó hacer un cálculo mental aproximado, pero el cerebro no se había recuperado aún de la conmoción del espectáculo y tuvo que dirigirle la pregunta a la señora Petrén.

—¿Y cuántos enanitos tiene, señora Petrén?

La anciana no dudó en responder, rápida y pronta:

—Mil cuatrocientos cuarenta y tres. No, perdón, mil cuatrocientos cuarenta y dos. Tuve la mala suerte de romper uno ayer. Y, por cierto, uno de los más bonitos —dijo apenada la señora Petrén.

Pero no tardó en recobrar el ánimo haciendo que el sol reluciera de nuevo en su mirada.

Con una fuerza sorprendente, agarró la manga de la chaqueta de Patrik y prácticamente lo arrastró a la cocina, donde, en contraste con la sala de estar, no había un solo enanito.

Patrik se alisó con disimulo la chaqueta con la sensación de que la mujer lo habría agarrado de la oreja si hubiera alcanzado.

—Nos sentaremos aquí. Una termina por cansarse de verse siempre rodeada de cientos de enanos. Aquí, en la cocina, están proscritos.

Patrik se sentó en el duro banco de madera, después de que la mujer hubiera rechazado firmemente todos los ofrecimientos de ayuda con el café.

Tras haberse preparado ante la idea de tener que tomarse un café aguado, Patrik volvió a quedar boquiabierto por segunda vez en un breve espacio de tiempo al contemplar la enorme e hipermoderna cafetera de acero reluciente que se veía en la encimera de la cocina.

—¿Qué le apetece? ¿Capuchino? ¿Café con leche? ¿Tal vez un expreso doble? Sí, parece que es lo que necesita.

Patrik no pudo más que asentir, mientras que la señora Petrén parecía disfrutar ante su perplejidad.

—¿Qué se esperaba? ¿Una vieja cafetera del 43 y granos de café molidos a mano?

Pues no, solo porque una sea vieja no significa que renuncie a las cosas buenas de la vida.

Esto me lo regaló mi hijo por Navidad, hace un par de años, y le aseguro que no para.

A veces tengo hasta cola de las mujeres del barrio que vienen a tomarse una taza.

La anciana le dio una palmadita mimosa a la máquina, que ya empezaba a chisporrotear, y se puso a batir la leche para convertirla en espuma.

Mientras se hacía el café, fueron materializándose sobre la mesa y ante la vista de Patrik una serie de dulces de repostería a cual mejor.

Nada de galletas finlandesas ni de simples bollos de aceite, sino enormes bollos de canela, soberbias magdalenas, galletas de abundante chocolate y esponjosos dulces de merengue iban apareciendo mientras a Patrik se le hacía la boca agua y la saliva empezaba a chorrearle por las comisuras de los labios.

La señora Petrén rio de buena gana al ver la expresión de su cara antes de sentarse a su lado en una de las sillas y después de haber servido dos tazas de café recién hecho.

—Comprendo que quiere hablar conmigo de la muchacha de la casa de enfrente. Pero ya he hablado con su comisario y le dije lo poco que sé.

Patrik se desprendió con bastante esfuerzo del bollo de nata al que acababa de hincarle el diente y tuvo que limpiarse los dientes con la lengua antes de poder abrir la boca.

—Bueno, quizá tenga la amabilidad de contarme a mí qué fue lo que vio exactamente. Por cierto, ¿le importa que ponga la grabadora?

Pulsó el botón de grabación y aprovechó para darle al bollo un buen mordisco mientras esperaba la respuesta de la mujer.

—Claro, por supuesto que puede ponerla. Pues verá, fue el viernes, veinticinco de enero, a las seis y media. Por cierto, mejor nos tuteamos. De lo contrario me siento como un vejestorio.

—¿Y cómo es que estás tan segura de la fecha y la hora? Después de todo, ya han pasado unas semanas desde entonces.

Patrik dio otro bocado.

—Pues verás, es que era mi cumpleaños, así que vino mi hijo con la familia, y hubo tarta y regalos.

Después, se fueron justo antes de las noticias de las seis y media en el canal cuatro y entonces oí un gran escándalo en la calle.

Me acerqué a la ventana que da a la pendiente y a la casa de la moza, y entonces lo vi.

—¿A Anders?

—A Anders el pintor, sí, señor. Borracho como una cuba, gritando y aporreando la puerta como un loco. Al final ella lo dejó entrar y después todo quedó en silencio. Bueno, no porque él dejara de gritar, que de eso yo no sé nada. Una no puede oír lo que sucede en el interior de las casas.

La señora Petrén se dio cuenta de que el plato de Patrik estaba vacío y le acercó la bandeja de los bollos de canela con gesto tentador. Él no se hizo de rogar, sino que se sirvió raudo uno de los primeros bollos de la sobrecargada bandeja.

—¿Y estás totalmente segura de que era Anders Nilsson? No hay la menor duda al respecto, ¿verdad?

—¡No, ni hablar! A ese sinvergüenza puedo yo reconocerlo a estas alturas.

Andaba por aquí un día sí y otro también y, si no, estaba en la plaza con los demás borrachines.

La verdad, no comprendo qué pintaba él con Alexandra Wijkner.

Que sepas que esa muchacha tenía mucho estilo.

Guapa y bien educada. Cuando era pequeña, venía a mi casa con frecuencia y yo le ofrecía zumo y galletas.

Se sentaba justo en ese banco, a menudo con la hija de Tore, cómo se llamaba...