La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #4
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Aquellas ensoñaciones le reconfortaban el alma, pero, de repente, la cálida imagen quedaba sustituida por otra más fría, de tonos azulados y gélidos.

Conocía bien esta otra imagen. Durante muchas noches, había podido estudiarla con detenimiento, por lo que ahora era consciente hasta del más mínimo detalle.

La sangre era lo que más lo asustaba. Aquella sustancia roja, en vivo contraste con el azul.

La muerte también estaba allí, como siempre.

Alerta en los alrededores y frotándose las manos con fruición.

La muerte que esperaba que él diera una pincelada, que hiciera algo, cualquier cosa.

Lo único que él podía hacer era fingir que no la veía, ignorar su presencia, hasta que desapareciera.

Y entonces, quizá la imagen recuperase ese resplandor rosado.

Quizá Alex pudiera volver a sonreírle con aquella sonrisa suya que le destrozaba las entrañas.

Pero la muerte era una compañera de demasiados años como para permitir que la ignorasen.

Hacía ya mucho tiempo que se conocían, aunque la relación no se volvía más agradable con los años.

Incluso en los más dulces momentos que él y Alex habían compartido, se había colado la muerte entre ellos, persistente, tenaz.

El silencio de la celda lo tranquilizaba.

Oía en la distancia el ruido de la gente en movimiento, pero lo suficientemente lejos como para poder quedar adscrito a otro mundo.

Se vio arrancado de aquellas fantasías al oír cada vez más próximo uno de los ruidos.

Eran pasos que avanzaban por el pasillo, directos al objetivo: la puerta de su celda.

Forcejeó con la cerradura antes de que se abriera la puerta y el comisario obeso y bajito se asomara al interior.

Anders bajó las piernas de la camilla, agotado, y puso los pies en el suelo.

Hora del interrogatorio. Cuanto antes acabaran, tanto mejor.

Los moratones habían empezado a palidecer lo suficiente como para poder ocultarlos bajo una buena capa de polvos compactos.

Anna observó su cara en el espejo. Era una cara estropeada, ajada.

Sin el maquillaje, distinguía perfectamente las líneas azuladas bajo la piel.

Uno de los ojos estaba todavía algo enrojecido.

Su melena rubia había perdido el brillo, parecía sin vida y necesitaba un corte.

No había caído en pedir hora en la peluquería, nunca se sentía con la suficiente energía.

Invertía todas sus fuerzas en atender las necesidades diarias de los niños y procurar mantenerse en pie ella misma.

¿Cómo había llegado a aquella situación?

Se peinó hacia atrás, con el pelo recogido en una cola de caballo bien tirante, antes de vestirse con esfuerzo, intentando no moverse demasiado para evitar el dolor en las costillas.

Él siempre ponía mucho cuidado en golpearla solo en aquellos lugares del cuerpo donde las señales quedaran ocultas por la ropa; pero eso era antes.

Los últimos seis meses había dejado de ser tan cauto y la había agredido en la cara varias veces.

Pese a todo, lo peor no eran los golpes.

Era tener que vivir siempre a la sombra de los azotes, vivir a la espera de la próxima vez, el próximo puñetazo.

La crueldad de su marido era terrible, pues, consciente del miedo que le tenía, jugaba con él.

Levantaba la mano para asestarle un golpe, pero luego la dejaba caer despacio convirtiendo el gesto en una caricia acompañada de una sonrisa.

A veces le pegaba sin motivo aparente. Así, sin más.

Aunque por lo general, no necesitaba ningún motivo, sino que, en medio de una discusión sobre lo que iban a comprar para la cena o sobre qué programa de televisión iban a ver, el puño de Lucas salía disparado y se le estampaba en el estómago, en la cabeza, en la espalda, o cualquier otro lugar que a él se le antojara.

Después, sin perder el hilo ni por un instante, seguía con la conversación como si nada hubiera ocurrido, mientras ella se quedaba en el suelo hipando para recuperar la respiración.

Era el poder lo que le causaba tanta satisfacción.

La ropa de Lucas estaba esparcida por todos los rincones del dormitorio, así que empezó a recogerla despacio, una prenda tras otra, antes de colgarlas en perchas o dejarlas en el cesto de la ropa sucia.

Una vez que el dormitorio estuvo de nuevo en perfecto orden, fue a ver qué hacían los niños.

Adrian dormía tranquilo, descansando bocarriba con el chupe en la boca.

Emma estaba jugando en silencio, sentada en la cama, y Anna se quedó un instante en el umbral, observándola.

Se parecía tanto a Lucas... La misma expresión dura y resuelta, y los mismos ojos de un azul helado. La misma tozudez.

Emma era una de las razones por las que no podía dejar de querer a Lucas.

Dejar de quererlo a él la haría sentirse como si rechazara una parte de Emma.

Lucas era una parte de su hija y, por tanto, una parte de ella misma.

Además, era un buen padre para sus hijos.

Adrian era demasiado pequeño para comprender nada aún, pero Emma adoraba a su padre y Anna no podía robárselo.

¿Cómo podría llevarse a los niños lejos de la mitad de lo que para ellos representaba seguridad en la vida, cómo iba a destruir todo lo que era familiar e importante para sus hijos?

A cambio procuraba tener la fuerza suficiente por ellos también, para que consiguieran salir de aquella situación.

Aunque al principio no era así. Todo podría volver a ser como antes.

Solo tenía que ser fuerte. Él le había dicho que, en realidad, no quería pegarle, que era por su bien, para que no hiciera lo que, de lo contrario, haría.

Si pudiera esforzarse un poco más, ser mejor esposa.

Ella no lo comprendía, le decía él. Si lograra dar con aquello que lo hacía feliz, si fuera capaz de hacer las cosas bien, para que él no tuviera que sentirse tan decepcionado a todas horas.

Erica no comprendía nada. Erica, con esa independencia y esa soledad suyas.

Con todo ese valor y con esos desvelos que tenía por ella, tan tremendos como agobiantes.

Anna percibía el desprecio en la voz de Erica, lo que la indignaba hasta la locura.

¿Qué sabía su hermana de la responsabilidad de sacar adelante un matrimonio y una familia?

Llevar sobre los hombros una responsabilidad tan grande que apenas si le permitía mantenerse en pie.

La única persona por la que Erica tenía que preocuparse era ella misma.

Su hermana siempre había sido tan sabelotodo...

Esa preocupación maternal tan exagerada había amenazado con sofocarla en más de una ocasión.

Por todas partes la perseguían los ojos inquietos y vigilantes de Erica, cuando Anna solo deseaba que la dejara en paz.

¿Qué más daba que su madre no se hubiera ocupado de ellas?

Al menos, habían tenido un padre. Uno de dos, no era tan mala proporción.

La diferencia entre las dos era que Anna lo aceptaba, en tanto que Erica se empecinaba en buscar una explicación.

Casi siempre, Erica intentaba encontrar la explicación en sí misma.

De ahí que se esforzara tanto. Anna, en cambio, había elegido no esforzarse en absoluto.

Era más fácil no andar cavilando tanto, seguir la corriente y pasar cada día como se presentara.

Por eso abrigaba tanto resentimiento contra Erica.

Su hermana se preocupaba, se implicaba, se deshacía en mimos con ella, y eso hacía mucho más difícil cerrar los ojos a la realidad y al entorno.

Salir de casa de sus padres fue una liberación y después, al conocer a Lucas poco más tarde, creyó que había encontrado al único ser capaz de quererla tal como era y ante todo, respetar sus necesidades de libertad.

Sonrió con amargura mientras retiraba los platos del desayuno de Lucas.

A aquellas alturas, apenas si sabía cómo se escribía la palabra «libertad».

Su vida se reducía a las habitaciones de aquel apartamento.

Los niños eran lo único que la animaba a seguir respirando; los niños y la esperanza de que, si encontraba la fórmula adecuada, las palabras mágicas, todo volvería a ser como antes.

Con movimientos lentos, fue colocando la tapadera al tarro de la mantequilla, puso el queso en una bolsa de plástico, metió los platos en el lavavajillas y limpió la mesa.

Cuando todo estuvo reluciente, se sentó en una silla de la cocina y miró a su alrededor.

Lo único que se oía era el parloteo infantil de Emma que le llegaba desde el dormitorio y, por unos minutos, Anna se permitió el lujo de disfrutar de algo de paz y tranquilidad.

La cocina era grande y amplia, en una elegante combinación de madera y acero.

No habían escatimado lo más mínimo a la hora de decorar la casa, así que las marcas dominantes eran Philippe Starck y Poggenpohl.

A Anna le habría gustado una cocina más acogedora, con más muebles, pero cuando se mudaron al precioso piso de cinco habitaciones de Östermalm, tuvo mucho cuidado en no dar su opinión.