La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 4 #3
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Cuando salieron al aparcamiento, ya habían encendido las farolas.

Mientras estaban dentro, había empezado a nevar levemente, por lo que ambos tuvieron que limpiar la nieve de la luna delantera.

Cuando Patrik se dirigía a la estación de servicio OKQ8, sintió de repente que empezaba a identificar la sensación que lo había estado perturbando todo el día.

En la tranquilidad que reinaba mientras conducía, se vio obligado a reconocer que había algo anómalo en la detención de Anders Nilsson.

No confiaba en que Mellberg hubiera formulado las preguntas adecuadas durante la conversación con la testigo, que había conducido a que detuvieran a Anders para interrogarlo.

Quizá fuera conveniente que él mismo revisara el asunto.

En medio del cruce, junto a la estación de servicio, tomó una decisión.

Giró por completo el volante para cambiar de dirección y, en lugar de doblar hacia Tanumshede, siguió recto rumbo al centro de Fjällbacka, con la esperanza de que Dagmar Petrén estuviera en casa.

Pensaba en las manos de Patrik. Las manos y las muñecas eran lo primero en lo que se fijaba en un hombre.

En su opinión, las manos podían ser increíblemente sexis.

No debían ser pequeñas, pero tampoco de esas manazas grandes como la tapa del retrete.

De un tamaño medio y nervudas, sin vello, ágiles y flexibles. Las manos de Patrik eran así.

Erica se obligó a dejar de soñar despierta.

Era como mínimo infructuoso pensar en algo que, por el momento, no era más que un leve temblor localizado en el estómago.

Por otro lado, tampoco estaba segura de cuánto tiempo se quedaría en la región.

Si la casa se vendía, nada la retendría allí, mientras que el apartamento de Estocolmo estaría esperándola, al igual que la vida que tenía en la capital con sus amigos.

El tiempo que estaba pasando en Fjällbacka no sería más que un breve paréntesis en su vida y, en ese sentido, sería estúpido construir románticos castillos en el aire con un viejo amigo de la infancia.

Contempló el ocaso, que empezaba a extenderse por el horizonte, pese a que no eran más de las tres, y lanzó un profundo suspiro.

Se había acurrucado en un amplio jersey de lana que su padre se ponía cuando salía al mar y el tiempo estaba frío, y se calentó las manos metiéndolas en las largas mangas que luego enrolló en los extremos.

En aquellos momentos, sentía cierta compasión de sí misma.

No tenía gran cosa de la que alegrarse estos días.

La muerte de Alex, las discusiones por la casa, Lucas, el libro que no avanzaba; todo contribuía al gran peso que sentía en el pecho.

Además, era consciente de que aún le quedaban muchas cosas a las que enfrentarse después de la muerte de sus padres, tanto en el plano práctico como en el sentimental.

Últimamente no había tenido fuerzas para seguir haciendo limpieza, de modo que la casa estaba llena de cajas de cartón y de bolsas de basura a medio llenar.

Y también en su interior quedaban espacios medio vacíos, con cabos sueltos y madejas de sentimientos sin devanar.

Además, se había pasado la tarde reflexionando sobre la escena protagonizada por Dan y Pernilla.

Simplemente, no lograba entenderlo. Tantos años hacía que no había ningún tipo de roce entre ella y Pernilla y que lo habían aclarado todo.

O, al menos, eso creía Erica. Pero entonces ¿por qué habría reaccionado Pernilla de aquella manera?

Estaba pensando en llamar a Dan, pero no se atrevía, por si era Pernilla quien respondía al teléfono.

No se veía capaz de enfrentarse a más conflictos por el momento, así que decidió no seguir pensando en ello, dejarlo por ahora y confiar en que Pernilla se hubiera levantado con el pie equivocado aquella mañana y que todo estuviera resuelto la próxima vez que se vieran.

Pese a todo, el asunto seguía atormentándola.

No había sido un ataque transitorio por parte de Pernilla, sino algo más profundo.

Pero, por más que lo intentaba, le resultaba imposible comprender de qué se trataba.

El retraso con el libro la estresaba muchísimo, de modo que resolvió descargar un poco la conciencia sentándose a escribir un rato.

Se plantó, pues, ante el ordenador del despacho y comprendió enseguida que, para poder trabajar, tendría que sacar las manos del calor del jersey.

Al principio, iba muy despacio, pero al cabo de un rato notó que no solo entraba en calor, sino que iba lanzada.

Envidiaba a los escritores que sabían mantener una estricta disciplina en el trabajo.

Ella, en cambio, tenía que obligarse a sentarse a escribir.

Y no por pereza, sino por un terror, profundamente arraigado, ante la idea de haber perdido la capacidad creadora desde la vez anterior.

El miedo a verse con los dedos sobre el teclado y los ojos clavados en la pantalla y que no sucediera lo más mínimo.

Solo existiría vacío y ausencia de palabras y ella sabría que jamás volvería a poder plasmar una sola frase en el papel.

Cada vez que esto no sucedía, sentía un alivio indecible.

En esta ocasión, los dedos volaban sobre el teclado y, en tan solo una hora, llevaba ya más de dos páginas.

Después de haber escrito tres páginas más, consideró que se merecía un premio y que bien podía permitirse dedicarle un tiempo al libro de Alex.

La celda le resultaba familiar. No era la primera vez que estaba allí. Noches de borrachera con vomitonas en el suelo de la celda eran el pan de cada día en los peores períodos. Pero esta vez era diferente. Esta vez iba en serio.

Se tumbó de lado en la dura camilla, se acurrucó en posición fetal y apoyó la cabeza en las manos para evitar la sensación del plástico pegado a la cara.

Violentos temblores le sacudían el cuerpo de vez en cuando, como consecuencia de una combinación del frío que hacía en la celda y de la falta de alcohol.

Solo le habían dicho que era sospechoso del asesinato de Alex.

Después, lo metieron a empellones en la celda y le dijeron que esperase allí hasta que fueran a buscarlo.

Pero ¿qué pensaban que podía hacer en aquella sórdida celda, sino esperar?

¿Dar clases de dibujo? Anders sonrió con amargura para sus adentros.

Las ideas iban y venían por la cabeza con dificultad; no había nada en lo que fijar la vista.

Las paredes eran de color verde claro y estaban construidas de hormigón, ya desgastado, con grandes manchas grisáceas allí donde la pintura se había descascarillado.

Las pintó mentalmente en vivos colores. Una pincelada de rojo por aquí, otra de amarillo por allá.

Decididos trazos que no tardaron en engullir el triste y desgastado color verdoso.

Para su mirada interior, la habitación no tardó en convertirse en una crujiente cacofonía cromática y, entonces, pudo empezar a centrarse en las ideas.

Alex estaba muerta. No era aquella una idea de la que pudiera evadirse con un acto de voluntad, sino un hecho insoslayable. Estaba muerta y, con ella, el futuro de Anders.

Pronto vendrían a buscarlo. Tironearían y lo empujarían con mano dura, se burlarían de él, destrozándolo, hasta que se encontraran ante la verdad desnuda.

No podía detenerlos. Ni siquiera sabía si quería hacerlo.

Había tantas cosas de las que ya no estaba seguro.

No porque hubiera estado seguro de muchas cosas antes.

Pocas cosas tenían la fuerza suficiente como para atravesar las conciliadoras neblinas del alcohol.

Solo Alex. Solo la certeza de que ella, en alguna parte, respiraba el mismo aire que él, pensaba los mismos pensamientos, sentía el mismo dolor.

Era el único sentimiento con la fuerza suficiente como para pasar inadvertido infiltrándose, reptando, sobrevolando, rodeando las nieblas traidoras que hacían todo lo posible por mantener todos los recuerdos en una misericordiosa oscuridad.

Empezaban a dormírsele las piernas, tumbado como estaba en la camilla, pero decidió obviar las señales que el cuerpo le enviaba y, tozudo, se negó a cambiar de posición. Si se movía, podía perder el control sobre los colores que cubrían las paredes y verse de nuevo mirando aquella fea sordidez.

En contados momentos de claridad, se tomaba todo aquello con un poco de humor o, al menos, con algo de ironía.

El hecho de que él hubiera nacido con una insaciable necesidad de belleza, al tiempo que estaba condenado a una vida de repugnancia y fealdad.

Tal vez su destino estuviera ya escrito en las estrellas desde que nació; o tal vez fuera a reescribirse aquel funesto día.

Si tan solo no hubiera existido ese «si»...

Habían sido muchas las ocasiones en que se había centrado en pensar en aquel «si».

Había jugado con la idea de cómo habría sido la vida, «si...

». Quién sabe si no habría tenido una buena vida de hombre honrado, con una familia, un hogar y el arte como fuente de felicidad, en lugar de un manantial de desesperación.

Niños jugando en el jardín, delante del estudio, mientras de la cocina le llegaban suculentos aromas.

Un idilio a lo Carl Larsson elevado al cuadrado, con irisaciones en rosa en los bordes de la fantasía.

Y Alex siempre estaba en medio del cuadro.

Siempre en el centro, con él como un satélite en constante movimiento a su alrededor.