La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 3 #3
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El ordenador ya estaba encendido y en la pantalla aparecía el texto, listo para continuar trabajando.

Aquella mañana se había levantado temprano, para variar, y había conseguido avanzar bastante.

De hecho, había dejado escritas cuatro páginas del libro sobre Alex, que ahora releyó.

Seguía teniendo bastantes problemas con la forma del libro.

Cuando, al principio, creía que Alex se había suicidado, había pensado escribir un relato cuyo objetivo fuera responder a la pregunta de «¿por qué?

», más bien de estilo documental. Ahora, en cambio, el material empezaba a adoptar cada vez más la forma de una novela policiaca, un género por el que jamás se había sentido atraída.

A ella lo que le interesaba eran las personas, las relaciones y el fondo psicológico que tenían, y, en su opinión, todo aquello quedaba, en la mayoría de las novelas de ese tipo, supeditado a sangrientos asesinatos y fríos cadáveres.

Le disgustaban todos los clichés que se usaban en el género y sentía que aquello sobre lo que ella quería escribir era auténtico.

Un intento de describir por qué una persona podía llegar a cometer el peor de todos los pecados: quitarle la vida a otra persona.

Hasta el momento lo había anotado todo en orden cronológico, reproduciendo exactamente lo que le habían dicho, mezclado con sus propias observaciones y conclusiones.

Tendría que cercenar aquel material, reducirlo para llegar tan cerca de la verdad como fuera posible.

Aún no había querido pararse a pensar en cómo reaccionarían los familiares de Alex.

Lamentó no haberle contado a Patrik todo lo relacionado con la visita a la casa en la que murió Alex.

Debería haberle hablado del misterioso visitante y del cuadro que había oculto en el armario.

Y sobre la sensación de que, después, faltara algo en la habitación.

Y ahora no podía llamar y confesar que había más que contar, pero, si se presentaba la ocasión, se prometió a sí misma que lo haría.

Oyó cómo Lucas y el agente inmobiliario recorrían la casa. Al hombre debió de parecerle extraña la actitud. Apenas si saludó y, después, se encerró en el despacho. Él no era responsable de su situación, así que decidió comportarse y dar muestra de la buena educación que de hecho había recibido.

Cuando entró en la sala de estar, Lucas estaba deshaciéndose en elogios sobre el torrente de luz que entraba a raudales por las altísimas ventanas.

Extraordinario, se decía Erica, ignoraba que los seres que reptan debajo de las piedras sean capaces de apreciar la luz del sol.

Se imaginó a Lucas como un gran escarabajo de brillante caparazón y deseó poder erradicarlo de su vida de un taconazo.

—Disculpad mi falta de cortesía. Tenía unos asuntos urgentes que atender...

Erica le sonrió y le tendió la mano al agente inmobiliario, que se presentó como Kjell Ekh y le aseguró que no se lo había tomado a mal.

Que la venta de una casa era algo muy personal y emotivo y que si ella supiera la de historias que él le podría contar...

Erica volvió a sonreír y se permitió incluso un leve parpadeo lleno de picardía.

Lucas la observaba con desconfianza, pero ella ignoró su presencia.

—Bueno, no quiero interrumpir, ¿por dónde ibais?

—Su cuñado estaba mostrándome esta preciosa sala de estar. He de decir que está decorada con mucho estilo. Y muy bien orientada, pues permite que entre la luz por las ventanas.

—Sí, desde luego, es muy bonita. Lástima que haya tanta corriente.

—¿Corriente?

—Así es. Por desgracia, el aislamiento de las ventanas no es muy bueno, así que con poco viento que sople, más vale ponerse unos buenos calcetines de lana. Claro que eso se arregla con sustituir todas las ventanas por otras nuevas.

Lucas habría querido matarla con la mirada, pero Erica fingió no verlo, sino que cogió del brazo al agente Kjell, que, de haber sido un perro, la habría seguido moviendo la cola lleno de satisfacción.

—Ya habrán visto la planta alta, supongo, así que podemos seguir por el sótano.

Y no se preocupe por el olor a moho, pues no hay peligro, a menos que seas alérgico.

Se puede decir que yo he vivido ahí abajo toda la vida y no me ha pasado nada nunca.

Los médicos dicen que mi asma nada tiene que ver con el moho.

Dicho esto, estalló en un violento ataque de tos que la hizo doblarse. Con el rabillo del ojo, vio que la cara de Lucas se iba volviendo de un rojo cada vez más vivo. Ya sabía ella que, si inspeccionaban la casa con detenimiento, se descubriría el engaño, pero se consolaba viendo a Lucas irritado.

El agente inmobiliario pareció muy aliviado cuando por fin se vio fuera, respirando al aire libre, después de haber comprobado todas las ventajas del sótano, guiado con gran entusiasmo por Erica.

Lucas estuvo callado y pasivo durante el resto de la visita y, con un atisbo de inquietud, Erica se preguntó si no habría llevado la broma infantil demasiado lejos.

Su cuñado sabía, además, que ninguna de las «pegas» que ella había «desvelado» se sostendría en una revisión a fondo del estado de la casa; lo único que había perseguido con ello era dejarlo a él en ridículo.

Y eso era algo que Lucas Maxwell no toleraba.

Presa de cierta angustia, vio partir el coche del agente inmobiliario, que, saludando con la mano, les aseguró que se pondría en contacto con ellos para la inspección del tasador autorizado, que revisaría la casa de arriba abajo.

Erica entró en el vestíbulo seguida de Lucas.

Un segundo después, se encontró estampada contra la pared, con el puño de él oprimiéndole el gaznate y la cara a poco más de un centímetro del suyo.

La ira que rezumaba la hizo comprender por primera vez por qué a Anna le resultaba tan difícil liberarse de la relación con Lucas.

Erica tenía delante a un hombre que no permitía que nadie ni nada se interpusiera en su camino y se quedó inmóvil, tan asustada que no podía ni moverse.

—Es la última vez que haces algo así, ¿entendido? A mí nadie me pone en ridículo impunemente, así que ten mucho cuidado.

Escupió aquellas palabras con tanta rabia que le salpicó la cara de saliva.

Erica tuvo que reprimir el deseo de limpiárselo enseguida, pero permaneció inmóvil como una estatua rogando con todas sus fuerzas que se marchara, que desapareciera de su casa.

Ante su asombro, eso fue lo que hizo Lucas.

Le soltó el cuello y se dio media vuelta en dirección a la puerta.

Pero, justo cuando ella ya empezaba a lanzar un suspiro de alivio, él se volvió otra vez y, de un solo paso, se colocó de nuevo ante ella.

Antes de que Erica pudiera reaccionar, él la agarró del pelo y pegó la boca a la de ella.

Le metió la lengua y le agarró un pecho con tal fuerza que Erica sintió cómo se le clavaba en la piel el aro del sujetador.

Con una sonrisa, volvió a encaminarse hacia la puerta y desapareció en el frío invernal de la calle.

Erica no se atrevió a moverse hasta que no oyó el motor del coche alejándose.

Se agachó con la espalda aún contra la pared y, asqueada, se frotó la mano contra la boca.

No sabía cómo explicarlo, pero el beso de Lucas le había resultado más amenazador que cuando la tenía agarrada por la garganta y, con solo pensarlo, empezó a temblar.

Se abrazó las piernas, apoyó la cabeza en las rodillas y empezó a llorar; pero no por ella misma, sino por Anna.

En el mundo de Patrik, las mañanas de los lunes no iban asociadas a ninguna sensación agradable.

De hecho, no empezaba a ser persona hasta que no daban las once.

De ahí que se despertara como de un duermevela cuando alguien dejó caer de golpe un imponente montón de papeles sobre el escritorio.

Aparte de lo brutal de semejante despertar, se lamentó al ver duplicada la cantidad de papeles que ya se apilaban en la mesa.

Annika Jansson sonrió provocadora, al tiempo que preguntaba con expresión inocente:

—¿No decías que querías tener sobre tu mesa todo lo que se hubiera escrito sobre la familia Lorentz a lo largo de los años?

De modo que una va y hace un trabajo brillante, recopila cada sílaba impresa sobre esa familia y ¿qué recibe a cambio de tanto esfuerzo?

Un largo suspiro. ¿Qué tal si me lo agradecieras eternamente?

Patrik respondió con una sonrisa.

—No solo te mereces gratitud eterna, Annika.

Si no fuera porque ya estás casada, yo me habría casado contigo y te habría cubierto de visones y diamantes.

Pero puesto que te empeñas en romperme el corazón y seguir con ese granuja que tienes por marido, tendrás que darte por satisfecha con un simple «gracias». Y mi gratitud eterna, por supuesto.

Muy complacido, vio que en esta ocasión había estado a punto de conseguir que se ruborizase.

—Bueno, ahora ya tienes trabajo para un rato. ¿Por qué quieres revisar todo eso? ¿Qué relación guarda con el asesinato de Fjällbacka?

—Si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea. Digamos que es intuición femenina.

Annika enarcó las cejas en gesto inquisitivo, pero pensó que no lograría sacarle más información por el momento. Por mucha curiosidad que tuviera. Todo el mundo conocía a la familia Lorentz en Tanumshede y sería una noticia sensacional si se los pudiera relacionar de algún modo con un asesinato.