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Patrik siguió a Annika con la mirada hasta que esta cerró la puerta.
Una mujer extraordinariamente eficaz. El agente deseaba que la joven fuera capaz de aguantar bajo la jefatura de Mellberg.
Para la comisaría sería una gran pérdida que ella se hartara y se marchara un día.
Se obligó a centrarse en el montón de papeles que Annika le había puesto delante y, tras una rápida ojeada, constató que le llevaría el resto del día leer todo aquel material, de modo que se retrepó en la silla, colocó los pies sobre la mesa y cogió el primer artículo.
Seis horas más tarde, ya cansado, empezó a masajearse el cuello y notó que le escocían los ojos.
Había leído los artículos por orden cronológico, de modo que había empezado por el más antiguo.
Una lectura fascinante. No era poco lo que se había escrito sobre Fabian Lorentz a través de los años.
La mayor parte de los artículos emitían juicios positivos y la vida parecía haberle mostrado a Fabian su lado más favorable durante mucho tiempo.
La empresa empezó a remontar con asombrosa rapidez, pues Fabian parecía un hombre de negocios de gran talento, por no decir genial.
Su matrimonio con Nelly aparecía en las notas de sociedad, con las correspondientes fotografías de la hermosa pareja en traje de novios.
Venían después instantáneas de Nelly con su hijo Nils.
Nelly debió de ser incansable en el trabajo en todo tipo de acontecimientos sociales y de beneficencia, y Nils aparecía siempre a su lado, por lo general con una expresión de temor y la mano bien aferrada a la de su madre.
Incluso de adolescente, cuando debería haberse mostrado más reacio a aparecer junto a su madre en actos públicos, allí estaba, siempre con ella, pero ya cogiéndola del brazo y con una expresión de orgullo que a Patrik le pareció fruto de la conciencia de la propiedad privada.
Fabian aparecía cada vez menos y su nombre solo se mencionaba cuando se daba a conocer algún negocio suyo de mayor envergadura.
Uno de los artículos sobresalía un poco de entre los demás y llamó la atención de Patrik.
El diario Allers dedicaba una página entera a la noticia del apadrinamiento de un niño por parte de Nelly, un niño rescatado de una «tragedia familiar», según afirmaba el periodista del Allers .
El artículo incluía una fotografía de Nelly, maquillada y engalanada hasta los dientes en aquel salón tan elegante, rodeando con el brazo los hombros de un niño de unos doce años de aspecto rebelde y contrariado.
En el momento en que tomaron la instantánea, parecía que estaba a punto de zafarse del brazo huesudo de la madre.
Nils, ya un joven que había pasado la veintena, estaba detrás de ella, pero tampoco sonreía.
Con expresión grave y severa, enfundado en un traje oscuro y con el pelo peinado hacia atrás, parecía fundirse con el elegante entorno, mientras que la presencia del pequeño destacaba como la de un pájaro fuera del nido.
El artículo estaba plagado de encomiosas palabras al sacrificio y la gran aportación social de Nelly Lorentz al hacerse cargo de aquel muchacho.
Se dejaba entrever que el pobre había vivido una gran tragedia en la niñez, un trauma del que, según palabras textuales de Nelly, intentaban ayudarle a recuperarse.
Tenía el firme convencimiento de que el entorno saludable y afectuoso que le brindaban lo convertiría en un ser humano productivo y sin carencias.
Patrik se sorprendió al advertir que sentía lástima por el niño. ¡Qué ingenuidad!
Algún año después, las glamurosas fotografías de actos sociales y de los reportajes en casa de los Lorentz se sustituyeron por negros titulares: «El heredero de la fortuna de los Lorentz, desaparecido».
La prensa local pregonó durante semanas la noticia, que se consideró de tal relieve que incluso mereció unas páginas en el Göteborgs Posten .
La espectacularidad de los titulares iba aderezada con un rico manojo de especulaciones más o menos bien elaboradas sobre lo que podía haberle ocurrido al joven Lorentz.
Todas las alternativas posibles e imposibles se sacaron a relucir, desde que se había hecho con toda la fortuna del padre y se encontraba en paradero desconocido viviendo una vida de lujo, hasta que se había quitado la vida porque había descubierto que, en realidad, no era hijo de Fabian Lorentz, que le había explicado que no pensaba permitir que un bastardo heredase su dinero.
La mayor parte de estas interpretaciones no se expresaban claramente, sino que se sugerían en términos más o menos encubiertos.
Pero cualquiera con dos dedos de frente podía leer entre líneas las insinuaciones de los periodistas.
Patrik se rascó la cabeza. Por más que lo intentaba, no podía comprender cómo relacionar una desaparición de hacía veinticinco años con el reciente asesinato de una mujer, pero intuía que había una conexión.
Se frotó los ojos, agotado, y siguió hojeando los papeles del montón, de los que ya empezaba a ver el fin.
Después de transcurrido un tiempo sin más noticias del destino de Nils, el interés empezó a disiparse y las menciones a su desaparición pasaron a ser cada vez menos frecuentes.
También la presencia de Nelly en las notas de sociedad decreció con los años y, ya en 1978, no apareció ni una sola vez en la prensa.
La muerte de Fabian, ese mismo año, produjo una gran necrológica en el Bohusläningen , con la habitual retórica sobre el pilar de la sociedad, etcétera, y aquella fue la última vez que se le mencionó.
El nombre del hijo adoptivo, en cambio, empezaba a aparecer con creciente frecuencia.
Tras la desaparición de Nils, él era el único heredero del negocio familiar y, tan pronto como cumplió la mayoría de edad, se convirtió en director general de la sociedad.
La empresa había seguido floreciendo bajo su dirección y ahora eran él y su mujer, Lisa, los que aparecían a todas horas en las notas de sociedad de la prensa.
Patrik se detuvo de pronto. Uno de los recortes había caído al suelo.
Se inclinó para recogerlo y empezó a leer con sumo interés.
Se trataba de un artículo de hacía más de veinte años, que le proporcionó a Patrik bastante información sobre Jan y su vida anterior a que llegara al seno de la familia Lorentz.
Inquietante información, pero interesante.
La vida de Jan debió de sufrir un cambio radical al ser adoptado por los Lorentz.
La cuestión era si él había cambiado de la misma forma radical.
Con gesto resuelto, volvió a juntar los papeles dando un golpe con el canto inferior del montón contra la mesa.
Pensaba en cómo debía proceder ahora. Por el momento, no tenía otro argumento que aducir que su intuición (y la de Erica).
Se retrepó en la silla, volvió a colocar los pies sobre la mesa y apoyó las manos cruzadas en la nuca.
Con los ojos cerrados, se esforzó por estructurar los pensamientos de algún modo, con el fin de poder sopesar y comparar las diversas alternativas.
Cerrar los ojos era, no obstante, un error: desde la cena del sábado, solo veía a Erica.
Se obligó a abrirlos, pues, y a centrar la atención en el hormigón de color verde claro de la pared.
La comisaría de policía había sido construida a principios de los setenta y, probablemente, la había diseñado algún arquitecto especializado en instituciones estatales, con esa predilección por las formas cuadradas, el hormigón y los diversos tonos de verde.
Él había intentado animar un poco el despacho poniendo un par de macetas en la ventana y un par de láminas enmarcadas en las paredes.
Y, mientras estuvieron casados, tuvo una fotografía de Karin sobre la mesa; pese a que le habían quitado el polvo muchas veces desde entonces, todavía creía ver en la superficie la huella del portarretratos.
En un acto de rebeldía, colocó encima el lapicero y, decidido, volvió a considerar las alternativas de actuación sobre el material que tenía delante.
En realidad, no existían más que dos modos de actuar.
La primera opción era seguir investigando esa pista por cuenta propia, lo que significaba que tendría que hacerlo durante el tiempo libre, puesto que Mellberg se encargaba de que tuviera una sobrecarga de trabajo tal que se veía obligado a correr como alma que lleva el diablo.
En realidad, no le habría dado tiempo de leer los artículos en la jornada laboral, aunque lo hizo en un arranque de rebeldía que tendría que pagar quedándose a trabajar la mayor parte de la tarde.
Y la verdad es que no le atraía lo más mínimo tener que dedicar el escaso tiempo libre con que contaba en hacer el trabajo de Mellberg, de modo que valía la pena probar la alternativa número dos.
Si iba a ver a Mellberg y le exponía el asunto sin rodeos, tal vez le diera permiso para seguir esa línea de investigación en horario laboral.
La vanidad era el punto más débil de Mellberg y, si se apelaba a ella adecuadamente, tal vez pudiera obtener su aprobación.
Patrik era consciente de que el comisario veía en el caso de Alex Wijkner un billete de vuelta seguro al grupo de Gotemburgo.
Aunque, a juzgar por los rumores que corrían, sospechaba que en ese sentido Mellberg se había quedado sin opciones, él podría aprovechar la circunstancia para sus propios fines.
Si lograra exagerar un tanto la conexión con la familia Lorentz, tal vez dando a entender que había recibido el soplo de que Jan era el padre del niño, cabía la posibilidad de que Mellberg aceptara esa línea de investigación.
No podía decirse que fuera demasiado ético, quizá, pero él tenía la sensación indiscutible de que en aquel montón de artículos se ocultaba una conexión con la muerte de Alex.