La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 3 #2
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Nelly volvió a la habitación. Jan se inclinó para besar a su madre en la mejilla y Nelly se dejó hacer con una expresión de indiferencia.

—¡Bueno, mamá! Por fin ha podido venir Erica. Tanto como lo deseabas...

—Sí, estoy encantada.

La mujer se sentó en el sofá. Se le reflejó en la cara un gesto de dolor y se agarró el brazo derecho.

—Pero ¡mamá! ¿Qué te pasa? ¿Te duele? ¿Quieres que vaya a buscar tus pastillas?

Jan se inclinó y posó las manos sobre los hombros de su madre, pero Nelly se las sacudió bruscamente.

—No, no me pasa nada. Achaques de la edad, nada por lo que preocuparse. Por cierto, ¿no deberías estar en la fábrica?

—Sí, solo he venido a recoger unos documentos. En fin, pues nada, dejaré solas a las señoras. No hagas esfuerzos, madre, piensa en lo que te dijo el médico...

Nelly resopló por toda respuesta. El semblante de Jan expresaba preocupación e interés auténticos, pero Erica habría podido jurar que vio una ligera sonrisa en la comisura de los labios cuando salía de la habitación y, por un instante, volvió la cara hacia ellas.

—Procura no envejecer. Cada año que pasa, más grata se me hace la idea del precipicio. Lo único que me cabe esperar es que me vuelva tan senil que me sienta otra vez como a los veinte años. No me habría importado volver a vivirlos.

Nelly dibujó una sonrisa amarga.

No parecía un tema de conversación muy agradable, de modo que Erica murmuró algo a modo de respuesta y cambió de asunto.

—De todos modos, debe de ser un consuelo tener un hijo que se encargue de continuar la empresa familiar. Si no me equivoco, Jan y su mujer viven contigo.

—¿Un consuelo? Sí, puede que sí.

Nelly dirigió una fugaz mirada a las fotografías de la chimenea, pero no añadió ningún otro comentario y Erica no se atrevió a seguir preguntando.

—Bueno, ya está bien de hablar de mí y de mis cosas. ¿Estás escribiendo algún libro en estos momentos? He de decir que me encantó el último, el que trataba sobre Karin Boye. Consigues que las personas que aparecen en la biografía resulten tan vivas... ¿Y cómo es que solo escribes sobre mujeres?

—Pues empezó un poco por casualidad, creo.

Mi memoria de licenciatura trataba sobre las grandes escritoras suecas, y quedé tan fascinada que pensé que me gustaría saber más sobre quiénes eran, cómo eran en realidad.

Empecé, como quizá sepas, con Anna Maria Lenngren, puesto que era a la que menos conocía, y, después, todo vino un poco rodado.

En estos momentos estoy escribiendo sobre Selma Lagerlöf y estoy encontrando un buen número de interesantes puntos de vista.

—¿No te has planteado nunca escribir algo, cómo diría, no biográfico? Tu forma de expresarte es tan rica y fluida que sería interesante leer alguna narración tuya.

—Claro que algo de eso he pensado —reconoció Erica esforzándose por no parecer culpable—, pero en estos momentos estoy entregada al proyecto de Lagerlöf. Cuando lo termine, ya veremos qué pasa.

Miró el reloj.

—Y, a propósito de escribir, debo disculparme. Aunque en mi profesión no hay que fichar, es necesario tener disciplina y ya es hora de que me vaya a casa para escribir el cupo diario. Muchas gracias por el té, y por las pastas.

—Si no es nada. Estoy encantada de que hayas venido.

Nelly se levantó del sofá con graciosa agilidad. Y ya no se le notaban los achaques.

—Te acompañaré hasta la puerta. En otra época lo habría hecho nuestra interna Vera, pero los tiempos cambian.

Ya no se lleva tener interna y tampoco creo que haya quien pueda permitírselo.

A mí me habría gustado conservarla, pues podemos pagarla, pero Jan se niega.

Dice que no quiere tener extraños en casa.

Pero que venga a limpiar una vez a la semana sí que lo admite.

En fin, no siempre es fácil entenderos a los jóvenes.

Era evidente que habían alcanzado un grado superior en la relación, pues cuando Erica le tendió la mano para despedirse, Nelly ignoró el gesto y le besó la mejilla.

Erica sabía ya, instintivamente, por qué lado tenía que empezar y se sintió más mujer de mundo.

Comenzaba a estar como en casa en los elegantes salones de la gente fina.

Se apresuró para llegar cuanto antes. No quiso contarle a Nelly la verdadera razón de que tuviera que irse.

Miró el reloj. Eran las dos menos veinte.

A las dos de la tarde llegaría un agente inmobiliario que tenía un cliente.

La sola idea de que un desconocido recorriera su casa para inspeccionarla le ponía los pelos de punta, pero no cabía hacer otra cosa más que permitir que los acontecimientos siguieran su curso.

Había dejado el coche en casa y apretó el paso para llegar puntual. Aunque, por otro lado, el sujeto bien podía esperar un rato, se dijo al tiempo que aminoraba la marcha. ¿Por qué iba a tener que apurarse ella?

Se entregó, pues, a pensamientos más gratos.

La cena en casa de Patrik la noche anterior había superado con creces sus expectativas.

Para Erica, él siempre había sido como un hermano pequeño, encantador pero algo irritante, aunque los dos tenían la misma edad.

Y esperaba encontrarse al mismo joven quisquilloso de siempre.

En cambio, vio en él a un hombre maduro, cálido y con sentido del humor.

Mucho mejor que la media, se vio obligada a reconocer.

Y se preguntaba en qué plazo razonable podría ella invitarlo a cenar a casa, para corresponder a esa iniciativa, claro.

La última cuesta hacia el camping de Sälvik tenía un aspecto engañosamente plano, pero era larga y dura de subir y Erica jadeaba sin resuello cuando giró a la derecha y recorrió la última pendiente, más corta, que desembocaba en la casa.

Cuando llegó al final, se paró en seco. En efecto, ante la puerta había aparcado un gran Mercedes, y ella sabía a nombre de quién estaba registrado.

Se había figurado que las actividades de aquel día no podían ser más agotadoras de lo que ya sabía, pero se equivocó.

—¡Hola, Erica!

Lucas estaba apoyado en la puerta, con los brazos cruzados.

—¿Qué haces tú aquí?

—¿Es esa forma de recibir a tu cuñado?

Pese al ligero acento, tenía un sueco perfecto desde el punto de vista gramatical.

Lucas abrió los brazos burlón, como para darle un abrazo.

Erica ignoró la invitación y notó que eso era justo lo que él se esperaba.

Ella jamás había cometido el error de subestimar a Lucas.

De ahí que siempre actuara con la mayor cautela posible en su presencia.

En realidad, le habría gustado adelantarse y estamparle una bofetada para borrar aquella estúpida sonrisa, pero tenía la certeza de que, si lo hacía, pondría en marcha algo cuyo desenlace no sabía si deseaba ver.

—Contesta a mi pregunta, dime, ¿qué haces aquí?

—Si no me equivoco, eh..., veamos, soy dueño de una cuarta parte de esto.

Señaló la casa con la mano, pero como si estuviera señalando el mundo entero: tan seguro estaba de sí mismo.

—La mitad es mía y la otra mitad de Anna. Tú no tienes nada que ver con esta casa.

—Es posible que no estés muy familiarizada con la regulación de las sociedades matrimoniales, quiero decir, puesto que no has sido capaz de encontrar a nadie lo suficientemente imbécil como para enrollarse contigo, pero, según esa regulación, tan hermosa y justa, los cónyuges lo comparten todo, ¿comprendes?

Incluidas las partes proporcionales de las casas en la costa.

Erica sabía que así era y, por un instante, lamentó que sus padres hubieran sido tan poco previsores y no hubieran dejado la casa exclusivamente a las dos hijas.

Ellos sabían, además, el tipo de persona que era Lucas, pero sin duda no habrían contado con que les quedara tan poco tiempo.

A nadie le gusta que le recuerden que es mortal y, como tantas otras personas, habían postergado ese tipo de decisiones.

Optó por no caer en la trampa del humillante comentario sobre su estado civil. Antes se retiraría a una montaña de hielo para el resto de su vida que cometer el error de casarse con alguien como Lucas.

El cuñado prosiguió:

—Quería estar aquí cuando llegara el agente inmobiliario. Nunca está de más saber lo que uno vale. Queremos que todo salga bien, ¿verdad?

Lucas volvió a sonreír con esa mueca infernal tan suya. Erica abrió la puerta y lo apartó para entrar primero. El agente inmobiliario se retrasaba, pero ella tenía la esperanza de que no tardara mucho en aparecer. No le gustaba la idea de quedarse sola con Lucas mucho rato.

Él entró detrás. Erica se quitó el chaquetón y se puso a trajinar en la cocina.

El único modo en que lograba tratar a Lucas era ignorándolo.

Lo oyó dar vueltas por la casa, inspeccionándola.

No era más que la tercera o la cuarta vez que venía.

La belleza de la sencillez no era algo que Lucas supiera apreciar y tampoco había mostrado mayor interés en relacionarse con la familia de Anna.

Su padre no soportaba al yerno y el sentimiento era mutuo.

Cuando Anna venía a verlos con los niños, lo hacía sola.

No le gustaba el modo en que Lucas campaba por las habitaciones tocándolo todo.

Cómo pasaba la mano por los muebles y los objetos de decoración.

Erica tuvo que reprimir el deseo de seguirlo con una bayeta e ir limpiando lo que tocaba.

De modo que se sintió aliviada cuando vio a un hombre de pelo cano girar hacia la casa en un Volvo y acudió enseguida a abrirle.

Después, entró en el estudio y cerró la puerta: no quería ver a aquel hombre mientras examinaba su casa de la infancia para calcular su peso en oro. O el precio por metro cuadrado.