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Vio cómo la sacaban. Sentía deseos de aullar y de arrojarse sobre el cuerpo cubierto por una sábana. De quedarse con ella para siempre.
Ahora ya desaparecería de verdad. Gentes extrañas la tocarían y trastearían en ese cuerpo. Ninguno de ellos sería capaz de apreciar su belleza como él.
Para ellos solo sería un trozo de carne. Un número en un documento, sin vida, sin fuego.
Se pasó la palma de la mano derecha por la izquierda. Aquella mano había acariciado ayer su brazo. Se llevó la palma a la mejilla, intentando sentir en la cara la piel fría de ella.
No sintió nada. No quedaba ni rastro de su persona.
Parpadeaba el color azul de las luces. La gente trajinaba presurosa de un lado a otro, entrando y saliendo de la casa. ¿A qué tanta prisa? Ya era demasiado tarde.
A él no lo veía nadie. Era invisible. Él siempre había sido invisible.
Pero no importaba. Ella lo había visto. Ella siempre había sabido verlo. Cuando ella fijaba sobre él esos ojos azules, se sentía «visto».
Ya no quedaba nadie. La lucha se había extinguido hacía tiempo.
Y él seguía entre las cenizas observando cómo se llevaban lo que había sido su vida, cubierta con una sábana de hospital amarillenta.
Al final del camino, no había más opciones.
Él siempre había tenido plena conciencia de ello y ahora, por fin, había llegado el momento.
El momento que él había añorado. Y lo aprovechó.
Ella ya no estaba.
Nelly parecía un tanto sorprendida cuando la llamó.
Por un instante, Erica se preguntó si no estaría haciendo una montaña de un grano de arena.
Aunque había que reconocer que fue muy raro que Nelly se presentara en el funeral de Alex.
Y esa manera de dar prioridad a Julia. Claro que Karl-Erik había trabajado para Fabian Lorentz como jefe de administración de la fábrica hasta que la familia se mudó a Gotemburgo, pero, por lo que Erica sabía, esa relación jamás trascendió a la vida privada.
Los Carlgren estaban muy lejos de satisfacer los requisitos de clase de la familia Lorentz.
La hicieron pasar a un salón de exquisita belleza cuyas vistas se extendían desde el puerto, por un lado, hasta el horizonte, más allá de las islas, por el otro.
En un día como aquel, en que el sol se reflejaba sobre la superficie helada y cubierta de nieve, el panorama invernal no desmerecía lo más mínimo en comparación con el panorama estival, más soleado.
Se sentaron en un elegante tresillo y enseguida les sirvieron una bandeja de plata llena de unas pastas deliciosas. Estaban riquísimas, pero Erica intentó contenerse para no parecer poco fina. Nelly solo se tomó una, temerosa de añadir un gramo de grasa a su cuerpo huesudo.
La conversación discurría a duras penas, pero con elegancia.
Durante las largas pausas que se interponían en sus intervenciones no se oía más que el monótono tictac de un reloj y los discretos sorbos que ellas dos daban al té.
Los temas de conversación se ciñeron al ámbito neutral.
La emigración de los jóvenes de Fjällbacka, la escasez de empleo, lo triste que les parecía que cada vez fueran más los turistas que compraban las casas tan bonitas típicas de la zona para convertirlas en chalets de veraneo...
Nelly le habló de cómo era todo antes, cuando ella era joven y llegó a Fjällbacka recién casada.
Erica la escuchaba con interés, haciendo alguna que otra pregunta de vez en cuando.
Parecía que las dos iban dando rodeos en torno al tema que ambas sabían que debían abordar tarde o temprano.
Y fue Erica la que, finalmente, se armó de valor.
—Pues sí, la última vez que nos vimos no fue en circunstancias muy agradables.
—Desde luego, qué tragedia. Una mujer tan joven.
—No sabía que tuvierais tanta amistad con la familia Carlgren.
—Bueno, Karl-Erik estuvo trabajando para nosotros durante muchos años y, por supuesto, las dos familias coincidimos en numerosas ocasiones. Creo que hice lo correcto pasándome por allí.
Nelly bajó la mirada y Erica notó que se frotaba las manos con nerviosismo.
—Me dio la sensación de que también conocías a Julia, pero ella no nació hasta después de que se marcharan de Fjällbacka, ¿no?
Tan solo un imperceptible movimiento de la espalda, un leve gesto de cabeza, dieron a entender que a Nelly le había resultado algo incómoda la pregunta. Pero le quitó importancia con un gesto de la mano cargada de anillos de oro.
—Qué va, a Julia la he conocido no hace mucho. Pero me parece una joven encantadora. Es evidente que no tiene las cualidades externas de Alexandra, pero, a diferencia de ella, tiene una fuerza de voluntad y un coraje que la hacen mucho más interesante a mis ojos que la tontaina de la hermana.
Nelly se llevó la mano a la boca. Además de que parecía haber olvidado por un instante que hablaba de una difunta, acababa de descubrir una grieta en el muro de que se rodeaba.
Y lo que Erica vio durante ese instante fue el más puro odio.
Pero ¿cómo podía Nelly Lorentz odiar a Alexandra, a la que no había visto más que de niña?
Antes de que Nelly tuviera ocasión de enmendar aquella torpeza, sonó el teléfono y, claramente aliviada, se disculpó y se levantó para atender la llamada.
Erica aprovechó la circunstancia para husmear por la habitación.
Era bonita, pero impersonal. La mano de un decorador de interiores flotaba invisible en el aire.
Todo estaba combinado y coordinado hasta el más mínimo detalle.
Erica no pudo por menos que compararlo con la sencilla decoración de la casa de sus padres.
En efecto, no había allí nada cuya única función fuera estética; con el paso de los años, todos los objetos habían llegado a ocupar el lugar adecuado en virtud de su utilidad.
En opinión de Erica, la belleza de lo desgastado y lo personal superaba con creces la de aquella reluciente sala de exposiciones.
El único objeto personal que descubrió fue la hilera de retratos de familia que había en la repisa de la chimenea.
Se inclinó para observarlos con más detenimiento.
Parecían dispuestos por orden cronológico, de izquierda a derecha.
El primero era un retrato en blanco y negro de una elegante pareja de novios.
Nelly estaba deslumbrante con un vestido completamente ceñido, pero Fabian no parecía muy cómodo en el frac.
En el siguiente retrato, la familia ya había aumentado y Nelly aparecía con un bebé en los brazos.
A su lado, Fabian mantenía la expresión severa y grave del retrato anterior.
Venía después una larga serie de instantáneas de un niño a distintas edades, unas veces solo, otras con Nelly.
En la última fotografía de la serie aparentaba unos veinticinco años.
Nils Lorentz. El hijo desaparecido. Tras el primer retrato de toda la familia, daba la impresión de que los únicos miembros que la componían eran Nils y Nelly.
Aunque tal vez fuera porque a Fabian no le gustara demasiado retratarse y prefiriese estar detrás de la cámara.
Las fotos de Jan, el hijo adoptivo, brillaban por su ausencia.
Erica dirigió la atención al escritorio que había a un lado de la sala.
Oscuro, de madera de cerezo con bonitas incrustaciones de marquetería que Erica siguió con los dedos.
No tenía ningún adorno y parecía que su única función fuera estética.
Estuvo tentada de mirar en los cajones, pero no estaba segura de cuánto tardaría Nelly.
Era evidente que la conversación se alargaba, pero la anfitriona podía aparecer en la habitación en cualquier momento.
De modo que Erica centró la atención en la papelera.
Había en ella varios papeles arrugados. Sacó la primera bola y la alisó con esmero, y leyó, con creciente interés.
Más desconcertada de lo que ya estaba, volvió a dejar el papel arrugado en la papelera.
Nada de lo relacionado con aquella historia era lo que parecía.
Oyó una tosecilla a su espalda. Y vio que Jan Lorentz estaba en el umbral de la puerta enarcando las cejas con gesto inquisitivo. Erica ignoraba cuánto tiempo llevaba allí.
—Erica Falck, ¿verdad?
—Así es. Y tú debes de ser Jan, el hijo de Nelly.
—Exacto, así es. Encantado. Has de saber que eres algo así como un tema de conversación en este pueblo.
El joven se le acercó para estrecharle la mano con una amplia sonrisa. Ella correspondió con desagrado. Había algo en aquel hombre que le ponía el vello de punta. Él le retuvo la mano algo más de la cuenta y ella reprimió el impulso de retirarla de golpe.
Jan parecía venir directamente de una reunión de negocios, con el traje bien planchado y el maletín. Erica sabía que era él quien dirigía la empresa familiar. Y, además, con mucho éxito.
Llevaba el pelo repeinado hacia atrás, demasiado engominado.
Tenía los labios perfilados y carnosos, no apropiados para un hombre, y los ojos preciosos, con largas pestañas.
De no ser por el poderoso mentón y la barbilla partida, su aspecto habría resultado muy femenino.
Sin embargo, la mezcla de líneas rectas y curvas de la cara le otorgaba un aire un tanto curioso, aunque no era fácil decidir si resultaba o no atractivo.
A Erica le infundía cierta repulsión, pero dicha opinión se basaba más bien en la sensación indefinible que el joven le producía en la boca del estómago.
—De modo que mi madre ha conseguido que vengas, por fin. Te diré que llevas bastante tiempo siendo la primera de la lista, desde que se publicó tu primer libro.
—Vaya, sí, ya me ha parecido entender que aquí se ve como el suceso del siglo. Tu madre me había invitado ya un par de veces, pero hasta ahora no me había parecido el momento adecuado.
—Ya, me enteré de lo de tus padres. Una tragedia. Te ruego aceptes mis condolencias.
Sonrió con un gesto compasivo, pero sin que se reflejara en los ojos.