La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 2 #4
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Cuando llegó a casa, Erica estaba agotada.

Todos guardaron un tenso silencio durante el viaje de regreso.

Comprendía que Henrik se enfrentaba a una difícil elección.

¿Debía contarle a Birgit que no era el padre del hijo de Alex o debía callar y confiar en que no saliera a relucir durante la investigación?

Desde luego, no lo envidiaba, y tampoco sabía cómo habría reaccionado ella de encontrarse en la misma situación.

La verdad no siempre era la mejor alternativa.

Ya había oscurecido y se alegró de que su padre hubiera mandado instalar en la fachada unos focos que se encendían automáticamente cuando alguien se acercaba por la noche.

La oscuridad siempre le había dado un miedo terrible.

Cuando era pequeña, creía que se le pasaría con la edad porque, ¿cómo iban a tener miedo a la oscuridad los mayores?

Y ahora, allí estaba, treinta y cinco años y aún miraba debajo de la cama para asegurarse de que no hubiera nadie escondido. Patético.

Cuando hubo encendido todas las luces, se sirvió una gran copa de vino y se acurrucó en el sofá de mimbre del porche.

La oscuridad era impenetrable y, aun así, se quedó un buen rato mirándola, sin ver nada.

Se sentía sola. ¡Eran tantas las personas que lamentaban la pérdida de Alex, tantas las personas que se veían afectadas por su muerte!

A ella solo le quedaba Anna, y a veces se preguntaba si la echaría de menos.

Alex y ella habían sido muy amigas de niñas.

Cuando Alex empezó a apartarse para, finalmente, desaparecer por completo cuando se mudó, Erica sintió que el mundo se hundía.

Alex era lo único que había sentido como propio y, aparte de su padre, la única persona que se había preocupado por ella de verdad.

Erica dejó la copa de vino en la mesa con tanto brío que estuvo a punto de romperla.

Se sentía demasiado inquieta como para quedarse sentada.

Tenía que hacer algo. De nada servía fingir que la muerte de Alex no la había alterado tanto como lo había hecho.

Lo que más desasosiego le producía era que la imagen que la familia y los amigos le habían pintado de Alex difiriese tanto de la Alex que ella había conocido.

Aunque era cierto que la gente cambiaba de la infancia a la edad adulta, existía, pese a todo, un núcleo invariable.

Y la Alex que le habían descrito era una auténtica desconocida para ella.

Se levantó y volvió a ponerse el abrigo. Tenía las llaves del coche en uno de los bolsillos y, en el último momento, cogió una linterna que se guardó en el otro.

La casa, que estaba al final de la pendiente, se veía abandonada a la luz violácea de la farola. Erica dejó el coche en el aparcamiento que había detrás de la escuela. No quería que nadie la viera entrar.

Los arbustos del jardín le brindaron la cobertura necesaria mientras, a hurtadillas, se acercaba al porche.

Miró debajo de la alfombra, con la esperanza de que Alex hubiera conservado aquella vieja costumbre, y, en efecto, allí estaba la llave, escondida en el mismo lugar de hacía veinticinco años.

La puerta chirrió un poco al abrirse, pero confió en que ninguno de los vecinos lo hubiera oído.

Fue terrible entrar en la casa a oscuras.

El miedo a la oscuridad le dificultaba la respiración y se obligó a respirar hondo varias veces para calmar los nervios.

De repente recordó aliviada la linterna y rezó para que la batería estuviera cargada.

Y lo estaba. El resplandor de la linterna la tranquilizó un poco.

Paseó el haz de luz por la sala de estar de la planta baja. En realidad, ni ella misma sabía qué había ido a buscar allí. Esperaba que ningún vecino o algún transeúnte viera el resplandor y llamara a la policía.

Era una habitación muy bonita y amplia, pero Erica se dio cuenta de que la decoración en tonos marrones y naranjas típica de los setenta, que ella tan bien recordaba de la niñez, había sido sustituida por otra más clara, de diseño nórdico, en muebles de roble y líneas rectas.

Y comprendió que Alex había dejado su sello en ella.

Todo estaba en perfecto orden, y el sofá sin una arruga y la mesa limpia, sin un periódico siquiera, le daban un aspecto de casa deshabitada.

No vio nada allí que le pareciera digno de atención.

Recordó que la cocina estaba al otro lado de la sala de estar.

Era grande y espaciosa y lo único que perturbaba el orden era la taza de café que había sucia en el fregadero.

Volvió a cruzar la sala de estar en dirección a la escalera que llevaba a la planta de arriba.

Cuando subió el último peldaño, giró directamente a la derecha y entró en el gran dormitorio.

Erica recordaba que había sido el dormitorio de los padres de Alex, pero ahora era evidente que había pasado a ser el de Alex y Henrik.

También esta habitación estaba decorada con mucho estilo, aunque con un tono más exótico gracias a los tejidos en color chocolate y magenta y a las máscaras africanas que había en las paredes.

La habitación era espaciosa y de techo alto, lo que, entre otras cosas, permitía que se luciera una araña imponente.

Era evidente que Alexandra había sabido sustraerse a la tentación de decorar la casa de arriba abajo con detalles marinos, algo muy frecuente en los chalets de los veraneantes.

Todo, desde las cortinas con estampado de conchas hasta los cuadros con nudos marineros, se vendía como rosquillas en los pequeños comercios de Fjällbacka.

A diferencia de las demás habitaciones a las que se había asomado Erica, el dormitorio sí parecía haber sido utilizado.

Había pequeños objetos personales aquí y allá.

Sobre la mesilla de noche se veían unas gafas y un libro de poemas de Gustaf Fröding.

Había un par de calcetines en el suelo y varios jerséis sobre la colcha.

Era la primera vez que Erica sentía que Alexandra había vivido en aquella casa.

Con todo el sigilo posible, empezó a mirar en cajones y armarios.

Seguía sin saber qué buscaba y empezaba a sentirse como un merodeador mientras rebuscaba entre la atractiva ropa interior de seda que tenía su amiga.

Y, justo cuando pensaba pasar al siguiente cajón, detectó algo que crujía al tocarlo.

De repente, se quedó helada, con la mano llena de braguitas y sujetadores de encaje.

Un sonido le llegó claramente de la planta baja, en medio del silencio que inundaba la casa.

Una puerta que se abría y se cerraba despacio.

Erica miró a su alrededor, presa del pánico.

Solo podía esconderse debajo de la cama o en alguno de los armarios que cubrían una de las paredes del dormitorio.

Por suerte, la puerta se abrió sin hacer ruido y ella se ocultó rápida entre la ropa antes de cerrarla.

No tenía la menor posibilidad de ver quién había entrado en la casa, pero sí oía los pasos que se acercaban cada vez más, cómo la persona en cuestión dudaba un instante ante la puerta del dormitorio para después entrar, por fin.

De repente, cayó en la cuenta de que tenía algo en la mano.

Sin darse cuenta, se había llevado consigo lo que había en el cajón.

Con mucho cuidado, para que no volviera a crujir, se lo guardó en el bolsillo.

Apenas se atrevía a respirar. Empezó a sentir un cosquilleo en la nariz, que movió desesperada para remediar el problema, y tuvo suerte, porque se le pasó.

La persona que estaba en el dormitorio empezó a recorrerlo como buscando algo.

Sonaba como si él o ella estuviera haciendo lo mismo que Erica hasta hacía un momento, antes de verse interrumpida.

Se oía cómo abrían los cajones y Erica comprendió que pronto le tocaría el turno a los armarios.

El pánico empezó a invadirla y le llenó la frente de diminutas gotas de sudor.

¿Qué podía hacer? La única salida que se le ocurría era la de apretujarse lo más posible detrás de la ropa.

Había tenido suerte, pues se había metido en un armario lleno de abrigos, así que se arrebujó despacio entre ellos y los colocó de modo que la cubrieran.

Y esperaba que no se le vieran los tobillos asomando por los zapatones.

Al parecer, la persona en cuestión tardó un buen rato en revisar la cómoda.

Erica respiraba el rancio olor a antipolillas y deseó con todo el corazón que el artilugio hubiera funcionado bien y que los insectos no estuvieran recorriéndole ahora el cuerpo en la oscuridad.

Con la misma intensidad, deseaba también que no fuera el asesino de Alex el que estaba en la habitación a tan solo unos metros de donde ella se encontraba.

«Pero ¿qué otra persona podía tener motivos para entrar a hurtadillas en su casa?

», se preguntaba Erica, sin pararse a pensar que ella misma tampoco había recibido ninguna invitación por escrito para entrar allí.

De pronto se abrió la puerta del armario y Erica sintió una corriente de aire fresco sobre la piel desnuda de los tobillos. Y contuvo la respiración.

Por lo visto, el armario no debía de contener ningún secreto u objeto precioso a juicio del visitante, porque la puerta se cerró casi de inmediato.

Otro tanto ocurrió con las demás puertas hasta que, un minuto después, oyó que los pasos se alejaban por la escalera.

No se atrevió a abrir el armario hasta mucho después de haber oído cerrarse la puerta de la casa.

¡Qué sensación la de poder respirar sin tener que ser consciente de cada movimiento!