La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 2 #5
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La habitación estaba igual que cuando entró Erica.

Quienquiera que fuese el visitante, había puesto sumo cuidado en no dejar nada desordenado.

Echó otra ojeada al armario en el que se había escondido.

Mientras se apretujaba contra la pared del fondo, notó algo duro contra la pierna.

Apartó la ropa que había delante y vio que se trataba de un gran cuadro.

Estaba de cara a la pared, de modo que lo sacó con cuidado y le dio la vuelta.

Era un cuadro de una belleza extraordinaria.

Incluso Erica veía que había sido pintado por un buen artista.

El cuadro era un desnudo de Alexandra, que aparecía tumbada de costado con la cabeza apoyada en la mano.

El artista había elegido solo colores cálidos, lo que imprimía una gran paz al rostro de Alexandra.

Erica se preguntó por qué habrían escondido un cuadro tan bello.

Dada la calidad de la pintura, Alexandra no habría tenido por qué avergonzarse de exhibirlo.

Ella era, de hecho, tan bella como en el cuadro.

Tampoco podía librarse de la sensación de que había algo que le resultaba familiar en el retrato.

Algo que ya había visto antes. Sabía que no había contemplado nunca aquel cuadro, de modo que tenía que ser otra cosa.

No había firma en la esquina inferior derecha y, cuando le dio la vuelta, lo único que se leía era una fecha, 1999, que debía de ser en la que se pintó.

Con mucho miramiento, lo devolvió a su lugar en el fondo del armario y cerró la puerta.

Echó una última ojeada a su alrededor. Había algo que no era capaz de precisar, algo faltaba, pero, por más que lo intentaba, era incapaz de caer en la cuenta de qué podía ser.

En fin, ya se aclararía más tarde. Ahora no se atrevía a permanecer allí por más tiempo.

Volvió a dejar la llave en su lugar y no se sintió del todo segura hasta que estuvo en el coche con el motor en marcha.

Ya había tenido bastantes emociones aquella noche.

Un buen coñac le tranquilizaría los ánimos y ahuyentaría parte de sus temores.

¿Cómo se le había ocurrido ir allí a fisgonear?

Ganas le daban de darse de tortas por haber sido tan estúpida.

Ya en la entrada del garaje de casa comprobó que no había estado fuera más de una hora. Se sorprendió. A ella le había parecido una eternidad.

Estocolmo mostraba su mejor cara, pese a que se sentía como si un velo de melancolía se le hubiera extendido por la frente.

En condiciones normales se habría alegrado al ver el sol relumbrando sobre Riddarfjärden mientras cruzaba el puente de Västerbron.

Pero hoy no. La reunión era a las dos y, durante todo el trayecto desde Fjällbacka, había ido pensando, en vano, en una solución.

Por desgracia, Marianne le había explicado su situación legal con claridad.

Si Anna y Lucas seguían insistiendo en vender, ella terminaría por verse obligada a consentir.

La única alternativa era comprarles la mitad de la casa a precio de mercado y, con los precios que tenían las casas en Fjällbacka, no podría pagarles ni una mínima parte.

Claro que, en caso de que se vendiera, ella no saldría mal parada.

La mitad de la casa le reportaría quizá un par de millones de coronas, pero el dinero no significaba nada para ella.

No había dinero suficiente en el mundo que compensara la pérdida de la casa.

La idea de que algún palurdo capitalino, convencido de que la nueva gorra marinera lo convertía en un auténtico habitante de la costa, derribara el hermoso porche de la parte delantera para hacerse una ventana con vista panorámica la ponía enferma.

Y nadie podía tacharla de exagerada, pues lo había visto muchas veces.

Giró hacia el despacho del abogado, situado en la calle Runebergsgatan, en la plaza de Östermalm.

Era una fachada suntuosa, toda de mármol y cubierta de columnas.

Comprobó su aspecto en el espejo del ascensor una última vez.

La indumentaria la había elegido con esmero para no desentonar en aquel entorno.

Era la primera vez que iba a aquel despacho, pero no le había costado adivinar a qué tipo de abogados se confiaba Lucas.

Con un gesto de fingida amabilidad, le había advertido que, por supuesto, ella podía ir acompañada de su propio abogado.

Erica había preferido presentarse allí sola.

Lo cierto era que no podía permitirse pagar ningún abogado.

Le habría gustado ver a Anna y a los niños un rato, antes de la reunión. Tal vez incluso tomarse un café en su casa. Pese a la amargura que le causaba la actitud de Anna, ella estaba decidida a hacer todo lo que pudiera para mantener viva la relación.

La postura de Anna no parecía coincidir con la suya y se había excusado aduciendo que resultaría demasiado estresante.

Era mejor que quedaran directamente en el despacho del abogado.

Y antes de que Erica tuviese tiempo de proponer que se vieran después, Anna se le había adelantado explicándole que había quedado con una amiga justo después de la reunión.

Pero Erica no creía que fuera casualidad.

Era evidente que Anna quería evitarla. La cuestión era si se trataba de una decisión propia o si Lucas le había prohibido verla mientras él estaba en el trabajo y no tenía posibilidad de vigilarla.

Todos habían llegado ya cuando entró en el despacho.

La observaron con gesto grave, en tanto que ella, con una falsa sonrisa, le estrechaba la mano a los dos abogados de Lucas, que no hizo más que un gesto de asentimiento a modo de saludo.

Anna se dejó caer con un vago movimiento de la mano, a espaldas de Lucas.

Se sentaron y comenzaron las negociaciones.

No les llevó demasiado. Los abogados le explicaron con aridez y objetividad lo que ella ya sabía: que Anna y Lucas tenían perfecto derecho a proponer la venta de la casa.

Si Erica podía pagarles la mitad de su valor en el mercado, tenía también derecho a hacerlo.

Si, por el contrario, no podía o no quería, la casa se pondría en venta tan pronto como tuvieran la valoración de un tasador independiente.

Erica miró a Anna con firmeza.

—¿De verdad que quieres hacerlo? ¿La casa no significa nada para ti? Piensa en lo que papá y mamá habrían dicho si hubieran sabido que íbamos a venderla tan pronto como ellos desaparecieran. ¿De verdad que esto es lo que tú quieres hacer, Anna?

Acentuó el «tú» y, de reojo, vio cómo Lucas, irritado, fruncía el entrecejo.

Anna bajó la mirada y se sacudió unas motas de polvo invisibles del elegante traje que llevaba. Se había peinado hacia atrás la rubia melena y se la había recogido en una cola de caballo.

—¿Y qué íbamos a hacer nosotras con esa casa?

Las casas viejas no dan más que un montón de trabajo y piensa en todo el dinero que podemos sacar.

Estoy segura de que papá y mamá habrían apreciado que alguna de las dos lo entienda desde un punto de vista más práctico.

Quiero decir, ¿cuándo vamos a usar esa casa?

En todo caso, Lucas y yo compraríamos un chalet en el archipiélago de Estocolmo, que nos queda más cerca, y tú, ¿qué ibas a hacer tú allí sola?

Lucas le sonrió a Erica con ironía al tiempo que le daba a Anna una palmadita de fingido apoyo. Su hermana seguía sin atreverse a mirarla a los ojos.

Erica volvió a sorprenderse al ver el aspecto tan cansado que tenía.

Estaba más delgada que de costumbre y el traje negro que vestía le quedaba ancho de pecho y de cintura.

Tenía ojeras y creyó adivinar un moratón debajo del maquillaje en el pómulo derecho.

La ira y la impotencia de la situación la golpearon con fuerza y miró a Lucas con encono.

Él le sostuvo tranquilo la mirada. Había venido directamente del trabajo y llevaba el uniforme habitual, traje gris grafito, camisa de un blanco reluciente y una corbata en brillante gris oscuro.

Tenía aspecto de elegante hombre de mundo.

Erica estaba segura de que habría muchas mujeres que lo encontrarían atractivo.

Ella, en cambio, le veía un rasgo de crueldad que se extendía sobre las facciones como un filtro.

Tenía la cara angulosa, los pómulos y las mandíbulas salientes, acentuados por el pelo, siempre peinado hacia atrás desde la amplia frente.

No se ajustaba al modelo típico de inglés rubicundo, sino más bien al del auténtico nórdico con el pelo muy rubio y los ojos de un azul frío.

El labio superior era carnoso y perfilado como el de una mujer, lo que le confería una expresión de indolente decadencia.

Erica se percató de que bajaba la mirada buscando su escote y se cruzó instintivamente la chaqueta.

Él registró su movimiento y esto la irritó: no deseaba que Lucas notara que su presencia le afectaba de ningún modo.

Una vez que la reunión hubo concluido por fin, Erica se dio la vuelta y se marchó sin más, sin molestarse siquiera en despedirse educadamente.

Por lo que a ella se refería, todo estaba dicho.

El tasador se pondría en contacto con ella y después anunciarían la venta de la casa a la mayor brevedad posible.

De nada habrían servido las palabras de súplica. Erica había perdido.

Le había realquilado su apartamento de Vasastan a una simpática pareja de licenciados, de modo que no podía quedarse allí, pero, puesto que no le apetecía reemprender enseguida las cinco horas de viaje hasta Fjällbacka, aparcó el coche en el aparcamiento de la plaza de Stureplan y fue a sentarse un rato en los jardines del Humlegårdsparken.

Necesitaba ordenar las ideas, y la tranquilidad que reinaba en aquel bonito parque le ofrecía el entorno idóneo para la meditación.