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El cabello del comisario había reemprendido el descenso por uno de los lados, y Patrik vio que Erica apenas si podía apartar la vista del espectáculo.
Con toda probabilidad, estaría conteniendo el impulso de levantarse y colocárselo ella misma: todos los empleados de la comisaría habían pasado ya por esa fase.
—¿A qué hora hablasteis con ella?
La pregunta de Mellberg iba dirigida a Birgit.
—Pues no estoy segura —reconoció la mujer mientras intentaba recordar—. Después de las siete, a eso de las siete y cuarto, siete y media, creo. No hablamos mucho rato, porque Alex me dijo que tenía visita. —Al decir esto, Birgit palideció—. ¿Es posible que se tratara de...?
Mellberg asintió solemne.
—No es del todo imposible, Birgit, no es del todo imposible.
Pero en eso consiste nuestro trabajo, en averiguarlo, y os aseguro que pondremos todos nuestros recursos al servicio de esta investigación.
Sin embargo, una de las tareas más importantes de nuestro trabajo consiste en eliminar sospechosos, de modo que os ruego que redactéis el informe relativo a la tarde del viernes.
—¿Queréis que yo también deje un informe con mi coartada? —preguntó Erica.
—No creo que sea necesario. Pero sí que nos pases una declaración de todo lo que hiciste mientras estuviste en la casa el día que la encontraste muerta. Podéis entregar los documentos al agente Hedström.
Todos se volvieron a mirar a Patrik, que asintió sin pronunciar palabra, y empezaron a levantarse.
—Trágico suceso este. En especial, por el bebé.
Todas las miradas se clavaron enseguida en Mellberg.
—¿El bebé? —Birgit miraba inquisitiva ya a Mellberg, ya a Henrik.
—Sí, según el forense, estaba embarazada de tres meses. Pero eso no puede ser ninguna novedad.
Mellberg miró a Henrik con una sonrisa socarrona en los labios. Patrik sintió una vergüenza indecible ante la falta de tacto de su jefe.
La cara de Henrik fue palideciendo hasta adquirir un tono marmóreo bajo la mirada expectante de Birgit. Erica se quedó de piedra.
—¿Ibais a tener un hijo? ¿Por qué no dijisteis nada? ¡Dios mío!
Birgit se aplicó el pañuelo a la boca y rompió a llorar sin contención y sin dedicar ya un solo pensamiento al rímel que le corría a torrentes por las mejillas.
Henrik volvió a pasarle el brazo por los hombros, pero, sin que Birgit se percatase, su mirada se cruzó con la de Patrik.
Era evidente que Henrik no tenía la menor idea de que Alexandra estuviera embarazada.
En cambio, y a juzgar por la mirada desesperada de Erica, era igual de evidente que ella sí lo sabía.
—Hablaremos de ello cuando lleguemos a casa, Birgit —dijo, y, volviéndose a Patrik, añadió—: Me encargaré de que recibas nuestras declaraciones escritas sobre lo que hicimos el viernes por la tarde. Me imagino que querrás volver a hablar con nosotros de nuevo cuando las hayas leído, ¿no?
Patrik asintió y levantó las cejas en gesto inquisitivo mirando a Erica.
—Henrik, ahora mismo voy. Solo voy a saludar a Patrik, nos conocemos de hace ya tiempo.
Se quedó rezagada en el pasillo mientras Henrik llevaba a Birgit al coche.
—¡Vaya, mira que encontrarme contigo aquí! ¡Qué sorpresa! —exclamó Patrik, balanceándose nervioso sobre las plantas de los pies.
—Sí, si me hubiera parado a pensarlo, me habría acordado de que trabajabas aquí, claro.
Erica jugueteaba con el asa del bolso entre los dedos y lo miraba con la cabeza ligeramente inclinada a un lado. Todos los gestos de Erica, por pequeños que fueran, le resultaban familiares.
—Hacía tanto tiempo... Siento no haber podido asistir al funeral. ¿Cómo lo lleváis Anna y tú?
A pesar de su estatura, la vio pequeña de repente y tuvo que esforzarse para vencer la tentación de acariciarle la mejilla.
—Bueno, más o menos. Anna volvió a su casa justo después del entierro, así que yo llevo aquí ya un par de semanas intentando hacer limpieza. Pero no es fácil.
—Ya. Oí que fue una mujer de Fjällbacka quien había encontrado el cadáver, pero no me imaginé que fueras tú. Debió de ser muy desagradable. Además, vosotras erais amigas de pequeñas.
—Sí. Tengo la sensación de que esa imagen nunca se me borrará de la retina. Bueno, tengo que irme, me están esperando en el coche. Pero podríamos vernos en otro momento, ¿no? Yo voy a quedarme en Fjällbacka todavía algún tiempo.
Erica estaba ya alejándose por el pasillo.
—¿Qué te parece el sábado por la noche, para cenar? ¿En mi casa, a las ocho? La dirección está en la guía.
—Estupendo. Nos vemos a las ocho, pues.
Cruzó la puerta reculando.
Tan pronto como ella hubo desaparecido de su vista, Patrik improvisó una especie de danza india en el pasillo, para regocijo de sus colegas.
La alegría se enfrió algo, no obstante, cuando cayó en la cuenta de la cantidad de trabajo que le exigiría dejar la casa presentable.
Desde que Karin lo había abandonado, no se había sentido con ánimo de encargarse de las tareas domésticas.
Erica y él se conocían desde la niñez. Las madres de ambos habían sido muy buenas amigas de pequeñas y estaban unidas como dos hermanas.
Patrik y Erica jugaban mucho juntos y no era exagerado decir que ella había sido su primer gran amor.
De hecho, él creía que había nacido ya enamorado de Erica.
Había algo obvio y natural en el modo que tenía de quererla y ella, que no se había parado a pensarlo siquiera, había dado por supuesta su admiración incondicional.
Cuando se trasladó a Gotemburgo, él comprendió que había llegado la hora de abandonar sus sueños.
Y claro que había estado enamorado de otras desde entonces, y cuando se casó con Karin, lo hizo convencido de que envejecerían juntos; pero Erica siempre había estado ahí, como una idea del subconsciente.
A veces, pasaba meses enteros sin pensar en ella; en cambio otras, le venía a la mente en varias ocasiones el mismo día.
El montón de papeles no se había reducido como por milagro mientras estuvo fuera del despacho y, con un hondo suspiro, se sentó ante el escritorio y cogió el primero de todos.
El trabajo era tan monótono que le permitiría reflexionar sobre el menú del sábado.
En cualquier caso, el postre no sería un problema: a Erica le encantaba el helado.
Se despertó con un regusto desagradable en la boca.
Sin duda, la de ayer había sido una fiesta por todo lo alto.
Los colegas se habían presentado en su casa a primera hora de la tarde y habían estado bebiendo hasta la madrugada.
El vago recuerdo de que la policía los había visitado en algún momento sobrevolaba su conciencia a la distancia justa.
Intentó sentarse, pero la habitación le daba vueltas y decidió quedarse tumbado un rato más.
Le escocía la mano derecha, que levantó hacia el techo de modo que quedara dentro de su campo de visión.
Tenía los nudillos llenos de arañazos y de sangre reseca.
Claro, joder, ayer hubo una pelea y por eso vino la poli.
El recuerdo iba completándose poco a poco.
Los chicos habían empezado a hablar del suicidio y alguno de ellos empezó a decir un montón de basura sobre Alex; que era una sinvergüenza con dinero, una puta fina...
A Anders se le cruzaron los cables. Y, a partir de ahí, solo recordaba la roja bruma de ira que le estalló dentro cuando se lio a puñetazos en plena borrachera.
Claro que también él había dicho de ella alguna que otra cosa, cuando más despechado estuvo.
Pero eso no era lo mismo. Los otros no la conocían. Solo él tenía derecho a juzgar.
El teléfono empezó a sonar con un timbre estridente. Intentó ignorarlo, pero al final resolvió que sería menos doloroso levantarse y responder que dejar que el sonido siguiera incrustándosele en el cerebro.
—Hola —balbució más que dijo.
—Hola, soy mamá. ¿Cómo estás?
—Como una mierda. —Se arrastró hasta quedar sentado con la espalda apoyada contra la pared—. ¿Qué hora es, coño?
—Son casi las cuatro de la tarde. ¿Te he despertado?
—Qué va. —Sentía como si tuviera la cabeza de unas dimensiones desproporcionadas y amenazara con caérsele entre las piernas.
—Fui a comprar al centro, hace un rato. Y todo el mundo hablaba de algo que quiero que sepas. ¿Me estás escuchando?
—Que sí, joder, que te sigo.
—Pues parece que Alex no se suicidó. La asesinaron. Solo quería que lo supieras.
Silencio.
—¿Anders? ¿Hola? ¿Me has oído?
—Sí, sí, claro. ¿Qué has dicho? Que a Alex... ¿la asesinaron?
—Sí, eso es, al menos, lo que dicen en el pueblo. Dicen que a Birgit le dieron la noticia en la comisaría de Tanumshede.
—Joder. Bueno, mamá, que tengo cosas que hacer. Luego hablamos.
—¡Anders! ¿Anders?
Él ya había colgado.
Se duchó y se vistió haciendo un esfuerzo ingente.
Después de tomarse dos pastillas de Panodil, volvió a sentirse de nuevo como un ser humano.
La botella de vodka lo miraba tentadora desde la cocina, pero se negó a sucumbir a su atracción.
Ahora tenía que estar sobrio. Bueno, al menos, en términos relativos.
El teléfono volvió a sonar. Pero él no contestó, sino que fue a buscar una guía telefónica que tenía en el armario del vestíbulo, donde no tardó en encontrar el número que buscaba. Mientras lo marcaba, le temblaban las manos y después oyó una sucesión infinita de tonos de llamada.
—Hola, soy Anders —saludó cuando por fin alguien levantó el auricular.
»No, coño, no cuelgues. Tenemos que hablar.
»Oye, que sepas que no tienes elección.
»Me paso por tu casa dentro de un cuarto de hora. Así que procura estar ahí.
»Paso de quién esté contigo, ¿comprendes?
»No olvides quién tiene más que perder.
»Bueno, a la mierda, salgo ahora mismo. Nos vemos dentro de quince minutos.
Anders colgó el auricular. Respiró hondo varias veces, se puso el chaquetón y salió. Ni siquiera se molestó en cerrar con llave. En el apartamento, el teléfono sonaba a toda máquina.