La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 1 #9
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—No. Como ya habrás comprendido a estas alturas, Alex era bastante parca en sus confidencias.

He de reconocer que me sorprendió mucho que me confesara lo del niño, pero esa es una de las razones que me confirman la idea de que no se quitó la vida.

Alex rebosaba felicidad hasta el punto de que no pudo contenerse y guardar el secreto.

Deseaba tener el niño y jamás habría hecho nada que le perjudicara, mucho menos acabar con su vida.

Era la primera vez que veía a Alexandra feliz, llena de ganas de vivir.

Y sospecho que habría llegado a quererlo mucho —constató con tristeza—.

¿Sabes?, yo tenía la sensación de que pensaba acabar con el pasado, no sé en qué sentido ni de qué modo, pero me dio esa impresión por los comentarios que hacía de vez en cuando.

En ese momento se abrió la puerta de la galería y oyeron que alguien se sacudía la nieve de los pies en la alfombra de la entrada. Francine se levantó.

—Será un cliente. Tengo que atenderlo. Espero haberte sido de ayuda.

—Sí, por supuesto. Y os estoy muy agradecida, pues tanto tú como Henrik habéis sido muy sinceros. Me ha sido muy útil hablar con vosotros.

Francine le dijo al cliente que estaría con él enseguida y acompañó a Erica hasta la entrada. Se detuvieron ante un enorme lienzo azul con un cuadrado blanco en el centro y se despidieron con un apretón de manos.

—Por pura curiosidad, ¿cuánto vale un cuadro como este? ¿Cinco mil, diez mil?

Francine sonrió condescendiente.

—Más bien cincuenta mil.

Erica lanzó un tenue silbido.

—Pues ya ves, objetos de arte y buenos vinos, ahí tienes dos campos del saber que son un misterio para mí.

—Sí, pero yo no soy capaz de redactar ni la lista de la compra. Cada uno tiene su especialidad, ¿no?

Ambas rieron de buena gana mientras Erica se ajustaba el abrigo, todavía húmedo, antes de salir a la calle, donde aún llovía.

La lluvia había transformado la nieve en aguanieve, por lo que Erica conducía a menos velocidad de la permitida para tener más margen de reacción.

Tras haber perdido cerca de media hora intentando salir de Hisingen, adonde había ido a parar por error, se acercaba ya a Uddevalla.

El rugido sordo que venía del estómago le recordó que se había olvidado por completo de comer aquel día, de modo que abandonó la E-6 a la altura del centro comercial de Torp, al norte de Uddevalla, y entró en el drive in del McDonald’s.

Devoró a toda prisa una cheeseburger sentada en el coche, en el aparcamiento, y no tardó en hallarse de nuevo al volante por la autopista.

No dejaba de pensar en las conversaciones mantenidas con Henrik y Francine.

Lo que le habían contado la hacía pensar en Alex como una persona rodeada de altos muros defensivos.

Pero lo que más suscitaba su curiosidad era quién podría ser el padre del hijo de Alex.

Francine no creía que fuera Henrik, pero nadie puede saber con certeza lo que sucede en el dormitorio de los demás y Erica seguía considerándolo una posibilidad.

De lo contrario, la cuestión era si el padre no sería el hombre con el que Alex se veía en Fjällbacka todos los fines de semana, según Francine, o si su antigua amiga mantenía una relación con alguien de Gotemburgo.

Erica se había llevado la impresión de que Alex vivía una especie de existencia paralela con las personas de su entorno.

Hacía lo que quería, sin pensar en cómo afectaría a quien tenía a su alrededor y, ante todo, a Henrik.

Erica sospechaba que a Francine le costaba comprender cómo Henrik aceptaba el matrimonio en esas condiciones e incluso creía que Francine lo despreciaba por ello.

Ella, en cambio, comprendía bien el funcionamiento de esos mecanismos: llevaba muchos años observando la relación matrimonial de Anna y Lucas.

Lo que más la atormentaba de la incapacidad de Anna para cambiar la situación era que no podía dejar de preguntarse si ella misma tenía alguna responsabilidad en la falta de autoestima que mostraba aquella.

Cuando Anna nació, Erica tenía cinco años y, desde el momento en que vio a su hermana pequeña, se decidió a protegerla de la realidad que ella misma había sufrido y que la tenía marcada con una herida invisible.

Anna no tendría que sentirse sola y rechazada a causa de la falta de cariño de su madre.

Erica la compensaría con los abrazos y las manifestaciones de cariño que no iba a recibir de su madre.

Ella se encargaría de atender a su hermana pequeña con celo maternal.

Anna se hacía querer. Totalmente despreocupada de los aspectos más penosos de la vida, vivía siempre al día, el presente.

Erica, que era muy madura y siempre andaba preocupada, sentía fascinación al ver la energía con la que Anna disfrutaba cada instante en la vida.

Aceptaba con calma los desvelos de Erica, pero no tenía paciencia para quedarse en su regazo y dejarse acariciar demasiado tiempo.

Se convirtió en una adolescente indómita que hacía exactamente lo que se le ocurría, una jovencita despreocupada y egocéntrica.

En momentos de lucidez, Erica podía reconocer que había mimado y protegido a Anna en exceso.

Pero lo que pretendía era compensarla por lo que ella jamás había recibido.

Anna resultó una presa fácil para Lucas cuando se conocieron.

La fascinaron las apariencias, pero no advirtió los sórdidos matices ocultos.

Despacio, muy despacio, él fue destruyendo esa alegría de vivir y esa confianza en sí misma aprovechándose de su vanidad.

Y ahora, ella se veía como una preciosa ave enjaulada en aquella residencia de Östermalm y no tenía fuerzas ni para reconocer el error.

Todos los días, Erica deseaba que Anna, por sí misma, le tendiera la mano en busca de ayuda.

Hasta que no llegara ese día, lo único que podía hacer era esperar y estar ahí.

Claro que ella tampoco había tenido mucha suerte en su vida sentimental.

De hecho, había vivido toda una serie de relaciones malogradas y de promesas incumplidas.

En la mayoría de los casos, era ella quien las había roto.

Una especie de alarma sonaba en cuanto alcanzaba determinado estadio en una relación.

La sensación de pánico era tan intensa que apenas si podía respirar y la abocaba siempre a recoger sus cosas y marcharse sin mirar atrás.

Aun así, por paradójico que pudiera parecer, ella siempre había añorado tener una familia, tener hijos; pero había cumplido ya los treinta y cinco y veía que los años se esfumaban a toda prisa.

¡Joder!, había conseguido mantener a raya el recuerdo de Lucas todo el día y ahora se le imponía sin saber cómo y era consciente de que no tenía más remedio que averiguar hasta qué punto se encontraba en una situación de desventaja.

Pero estaba demasiado cansada para ponerse a ello en ese momento, así que lo dejaría para el día siguiente.

Sintió la necesidad urgente de relajarse el resto del día, sin dedicar un solo pensamiento a Lucas ni a Alexandra Wijkner.

De modo que eligió un número de marcación rápida en el móvil.

—Hola, soy Erica. ¿Vais a estar en casa esta tarde? Pensaba pasarme un momento.

Dan soltó una cálida carcajada.

—¿Que si estamos en casa? ¿No sabes qué pasa esta tarde?

El silencio que le devolvió el otro lado del hilo telefónico tenía un eco de compacta estupefacción.

Erica reflexionó a fondo, pero no recordaba que hubiera nada especial aquella tarde.

No era fiesta, ni el cumpleaños de nadie, Dan y Pernilla se habían casado en verano, así que no podía ser el aniversario de bodas.

—Pues no, no tengo la menor idea. Ponme al corriente.

El auricular le trajo un hondo suspiro y Erica comprendió que el gran acontecimiento tenía que guardar necesariamente alguna relación con el deporte.

Dan era un gran aficionado al deporte, lo que, como ya sabía Erica, era fuente de algún que otro roce entre él y Pernilla, su mujer.

Ella, en cambio, había encontrado su propio método para hacerle pagar todas las noches que había tenido que pasar viendo cualquier absurdo programa deportivo en el televisor durante el tiempo que estuvieron juntos.

Dan era un hincha fanático del Djurgården, por lo que Erica había decidido adoptar el papel de hincha entusiasta del AIK.

En realidad, no le interesaba lo más mínimo el deporte en general y menos aún el hockey, pero quizá por eso mismo conseguía irritar a Dan todavía más.

Lo que realmente lo sacaba de sus casillas era que el AIK ganara el partido y que ella no se inmutara.

—¡Suecia juega contra Bielorrusia!

Dan intuyó que ella no sabía de qué hablaba y lanzó otro suspiro.

—Las Olimpiadas, Erica, las Olimpiadas... ¿Eres consciente de que estos días se está celebrando un acontecimiento de tal magnitud?

—¡Ah! Te referías al partido. Pero, bueno, claro que sigo los Juegos Olímpicos. Yo creía que te referías a algo especial, aparte de eso.

Lo dijo en un tono tan exagerado que no quedó la menor duda de que no sabía nada del partido de aquella tarde y de que Dan debía de estar tirándose de los pelos, literalmente, ante tal blasfemia: el deporte no era, según él, cosa de broma.

—Bien, entonces me paso a ver el partido contigo y así veré cómo Salming aplasta la resistencia rusa...

—¡¿Salming?! ¿Tienes idea de cuánto hace que dejó de jugar? Estás de broma, ¿verdad? Dime que sí.

—Sí, Dan, estoy de broma. Tan inútil no soy. En fin, que iré a ver jugar a Sundin, si eso te gusta más. Un chico para morirse de guapo, por cierto.

Dan suspiró por tercera vez, esta vez por el hecho de que alguien cometiera el delito de hablar de tal gigante del hockey en términos distintos a los puramente deportivos.