1 #10
—Anda, sí, vente. Pero no quiero que se repita lo de la última vez, ¿eh? Ningún parloteo durante el partido, nada de comentarios sobre lo sexis que están los jugadores con las rodilleras y, sobre todo, nada de preguntar si solo llevan protector o si se han puesto los calzoncillos encima. ¿Estamos?
Erica rio con descaro y añadió en tono serio:
—Te lo juro por mi honor de scout, Dan.
Él masculló:
—Pero ¡si tú nunca has sido scout!
—Precisamente.
Erica pulsó el botón con el símbolo de un pequeño teléfono rojo.
Dan y Pernilla vivían en una de las casas adosadas de Falkeliden, de construcción más o menos reciente.
Las viviendas aparecían alineadas en largas hileras que seguían la pendiente de la colina de Rabekullen y eran tan parecidas entre sí que apenas si se distinguían unas de otras.
Era un barrio muy solicitado por familias con hijos, ante todo por el hecho de que carecían por completo de vistas al mar, por lo que no habían subido de precio de la misma forma desorbitada que las edificaciones próximas a la playa.
Hacía una tarde demasiado fría para ir a pie, pero el coche emitió una enérgica protesta cuando Erica intentó forzarlo a subir por la pendiente, que no habían cubierto con la suficiente cantidad de arena y estaba muy resbaladiza.
Así, cuando por fin entró en la calle de Dan y Pernilla, respiró aliviada.
Llamó al timbre, cuyo sonido originó enseguida el tumultuoso correteo de unos piececillos al otro lado de la puerta, que se abrió de golpe dejando ver a una niña enfundada en un larguísimo camisón.
Era Lisen, la hija menor de Dan y Pernilla.
Malin, la mediana, se encendió de rabia ante la injusticia de que hubieran dejado que Lisen le abriera la puerta a Erica y la riña no cesó hasta que Pernilla levantó la voz decidida desde la cocina.
Belinda, la mayor de las tres hijas, tenía trece años y Erica la había visto al pasar por la plaza, junto al quiosco de perritos calientes de Acke, rodeada de chicos barbilampiños en moto.
Seguro que los amigos tendrían que emplearse a fondo para controlarla.
Abrazó a las niñas por orden de edad y estas se marcharon tan rápido como habían aparecido, dejando que Erica se quitara el abrigo con tranquilidad.
Pernilla estaba en la cocina, preparando la comida, con las mejillas sonrosadas y un delantal con la leyenda «besa al cocinero» escrita en mayúsculas.
Parecía hallarse en medio de una fase crítica del guiso, pues no hizo más que un gesto distraído a modo de saludo antes de volver a sus cacerolas y sartenes, que humeaban en apetitoso chisporroteo.
Erica entró en la sala de estar, donde sabía que encontraría a Dan, hundido en el sofá, con los pies apoyados sobre la mesa de cristal y el mando a distancia firmemente anclado en la mano derecha.
—¡Hola! Ya veo que el fresco de la casa está haciendo el vago en el sofá mientras que la mujer suda trabajando en la cocina.
—¡Hola! Sí, ya sabes, con indicar dónde tiene que ir el armario y dirigir el hogar con mano firme, puede uno tener a raya a casi cualquier mujer.
Una cálida sonrisa contradecía aquellas palabras y Erica no sabía quién mandaba en la casa de los Karlsson, pero sí que no era Dan, desde luego.
Le dio un abrazo apresurado antes de sentarse en el sofá negro de piel y poner ella también los pies sobre la mesa.
Estuvieron un rato viendo las noticias del canal cuatro en agradable silencio, mientras Erica se preguntaba, no por primera vez, si la vida con Dan habría sido así de haber seguido con él.
Dan fue su primer gran amor y su primer novio.
Estudiaron juntos toda la secundaria y fueron inseparables durante tres años.
Sin embargo, ambos tenían aspiraciones muy distintas.
Dan deseaba quedarse en Fjällbacka y ser pescador, como su padre y su abuelo.
Erica, en cambio, no veía la hora de marcharse de aquel pueblo.
Siempre tuvo la sensación de que allí se ahogaba y de que para ella el futuro se encontraba en otro lugar.
Intentaron mantener la relación a distancia un tiempo, Dan en Fjällbacka y ella en Gotemburgo, pero sus vidas emprendieron caminos opuestos y, tras una dolorosa ruptura, lograron crear una relación de amistad que, casi quince años después, seguía siendo fuerte y entrañable.
Pernilla apareció en la vida de Dan como una bendición de calor y consuelo, cuando este aún intentaba acostumbrarse a la idea de que él y Erica no tenían futuro juntos.
Pernilla lo apoyó cuando él más lo necesitaba, y la manera que tenía de adorarlo llenó parte del vacío que había dejado Erica.
Verlo con otra fue para ella una experiencia dolorosa, pero poco a poco comprendió que era inevitable y que era algo que debía suceder tarde o temprano. La vida siempre seguía.
Ahora, Dan y Pernilla tenían tres hijas y Erica notaba que, con los años, habían aprendido a disfrutar de un cálido amor cotidiano, aunque había ocasiones en que creía detectar en Dan cierto desasosiego.
Para Dan y Erica tampoco fue fácil, al principio, seguir siendo amigos.
Pernilla lo vigilaba celosa y miraba a Erica con suspicacia.
De un modo lento pero eficaz, Erica logró convencerla de que no iba tras su marido y, aunque nunca llegaron a ser buenas amigas, mantenían una relación relajada y sincera, quizá también porque las niñas adoraban a Erica, que incluso era madrina de Lisen.
—¡La mesa está puesta!
Dan y Erica, que estaban medio tumbados, se levantaron y fueron a la cocina. Allí, sobre la mesa, había colocado Pernilla una humeante olla. Pero solo había dos cubiertos, a lo que Dan enarcó una ceja extrañado.
—Yo ya he comido con las niñas. Comed vosotros mientras yo las meto en la cama.
Erica se sintió avergonzada al saber que Pernilla se había tomado tanta molestia por ella, pero Dan se encogió de hombros y empezó a servirse como si nada una gran porción de lo que resultó ser un suculento guiso de pescado.
—Bueno, cuéntame, ¿cómo estás? Llevamos varias semanas sin saber de ti.
Había más preocupación que reproche en su voz, pero Erica sintió un punto de remordimiento por haber llamado tan poco en las últimas semanas. Había tenido tanto que hacer...
—Sí, bueno, ahora empieza a mejorar la cosa. Pero parece que habrá discusión por la casa —respondió Erica.
—¿Cómo? —Dan levantó la vista del plato, sorprendido—. Tanto Anna como tú adoráis esa casa. Y vosotras soléis poneros de acuerdo sin dificultad.
—Sí, nosotras nos ponemos de acuerdo. Pero no olvides que Lucas también está implicado. Ya siente el olor del dinero y no puede perder la oportunidad. Por otro lado, él nunca ha tenido en cuenta la opinión de Anna, así que no veo por qué ahora iba a ser diferente.
—¡Joder! Si me lo cruzara una noche, se iba a enterar.
Subrayó sus intenciones dando un fuerte puñetazo contra la mesa de la cocina y a Erica no le cabía la menor duda de que podría darle a Lucas una buena paliza si quisiera.
Dan siempre había sido de complexión musculosa, y el duro trabajo en el pesquero lo había fortalecido más aún, aunque la ternura de sus ojos mitigaba la impresión de hombre duro.
Por lo que Erica sabía, jamás había levantado la mano contra ningún ser vivo.
—No diré nada, por ahora. Aún no sé cuál es mi situación.
Mañana llamaré a Marianne, una amiga mía que es abogada, y ella me informará de qué posibilidades tengo de impedir la venta; pero esta noche prefiero no pensar en ello.
Además, me he visto envuelta en asuntos muy serios los últimos días, lo que hace que las consideraciones sobre mis posesiones materiales se me antojen un tanto insignificantes.
—Sí, ya me he enterado de lo que pasó. —Dan guardó silencio—. ¿Cómo fue la experiencia de encontrarse a alguien en semejantes circunstancias?
Erica meditó la respuesta.
—Triste y terrible al mismo tiempo. Espero no tener que vivir una experiencia así nunca más.
Le habló del artículo que estaba escribiendo y de sus conversaciones con el marido y la colega de Alexandra. Dan escuchaba en silencio.
—Lo que no acabo de entender es por qué se aislaba de las personas más importantes de su vida.
Tendrías que haber visto al marido, la adoraba.
Aunque, por otro lado, lo mismo le ocurre a la mayoría de la gente.
Sonríen y fingen estar felices, pero en realidad tienen todo tipo de problemas y preocupaciones.
Dan la interrumpió bruscamente.
—Oye, que el partido empieza dentro de tres segundos y te aseguro que prefiero un partido de hockey a tus interpretaciones cuasi filosóficas.
—No te preocupes, que no voy a seguir. Además, me he traído un libro, por si el partido se pone aburrido.
Dan le lanzó una mirada amenazante, hasta que vio el guiño provocador de Erica.
Entraron en la sala de estar justo en el momento del primer saque neutral.
Marianne respondió a la primera señal de llamada.
—Hola, soy Erica.
—¡Hola! ¡Cuánto tiempo! ¡Qué bien que hayas llamado! ¿Cómo estás? He pensado mucho en ti últimamente...
Una vez más, se le vino a la mente lo poco que se había ocupado de sus amigos en las últimas semanas. Sabía que estaban preocupados por ella, pero en el último mes, en concreto, no había tenido fuerzas ni para llamar a Anna. Y ella sabía que todos la comprendían.
Marianne era una buena amiga de la época de la universidad.
Estudiaron juntas Literatura, pero, tras casi cuatro años, Marianne descubrió que no tenía vocación de bibliotecaria y cambió el rumbo para estudiar Derecho y ser abogada, muy buena, por cierto, según se vería después.
De hecho, en la actualidad, era la más joven copropietaria de uno de los bufetes más importantes y afamados de Gotemburgo.
—Bueno, dadas las circunstancias, no estoy mal, gracias. Empezando a poner algo de orden en mi vida, pero aún tengo muchos cabos que atar.
Marianne nunca había sido partidaria de la charla vana y, con su certera intuición, supo enseguida que tampoco era lo que Erica pretendía.