La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 1 #8
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Erica le tomó la palabra y, con las manos cruzadas a la espalda, empezó a pasear por la sala y a admirar las obras de arte.

Tal y como indicaba el nombre de la galería, todos los cuadros eran de estilo abstracto.

Cubos, cuadrados, círculos y figuras extrañas.

Erica ladeó la cabeza y entrecerró los ojos en un intento de detectar qué era lo que un experto en arte vería en aquellas figuras que escapaban por completo a su entendimiento.

Pero no, no seguía viendo más que cubos y cuadrados que, según ella, podría haber plasmado un niño de cinco años.

De modo que no le quedó más alternativa que aceptar que aquello quedaba fuera de su alcance.

Se encontraba ante un enorme cuadro rojo cuyo lienzo aparecía dividido en diversas partes amarillas distribuidas de forma irregular cuando oyó a su espalda los pasos de Francine, un sonoro taconeo sobre el tablero de ajedrez del suelo.

—¿No es maravilloso?

—Sí, bueno, claro, es bonito. Pero si he de serte sincera, no estoy muy familiarizada con el mundo artístico. A mí me parece que los girasoles de Van Gogh son bonitos, pero ahí terminan mis conocimientos.

Francine sonrió.

—Tú debes de ser Erica. Henri me llamó hace un rato para avisarme de que venías.

La mujer le tendió una mano delicada que Erica estrechó no sin antes secarse la suya, aún mojada por la lluvia.

La mujer que tenía delante era menuda y delgada y hacía gala de una elegancia de la que las francesas parecen tener la patente. Con su metro setenta y cinco sin zapatos, Erica se sentía a su lado como la mujer gigante.

Francine tenía el cabello negro y liso, peinado hacia atrás y recogido en un trenzado en la nuca, y vestía un traje de chaqueta entallado de color negro, sin duda en señal de luto por la muerte de su amiga y colega, pues más parecía mujer de vestir rojos intensos e incluso amarillos.

El maquillaje era ligero y perfecto, aunque no lograba ocultar el revelador enrojecimiento de los ojos.

Erica, por su parte, esperaba que no se le hubiera corrido el rímel bajo la lluvia, aunque aquella era, con total seguridad, una vana esperanza.

—He pensado que podríamos sentarnos a charlar mientras nos tomamos un café. Esto está hoy muy tranquilo. Ven, podemos pasar allí detrás.

Francine se adelantó a Erica camino de una salita que había tras la zona de exposición y que estaba equipada con frigorífico, microondas y cafetera.

Había en el centro una pequeña mesa con dos sillas.

Erica se sentó en una de ellas y enseguida le sirvió una humeante taza de café.

El estómago empezaba a protestar por tanto café, pues ya se había tomado varias tazas en casa de Henrik, pero sabía por la experiencia de las innumerables entrevistas en las que había ido consiguiendo el material para sus libros que, por alguna razón, la gente se prestaba mejor a la conversación con una taza de café de por medio.

—Según me ha dicho Henrik, los padres de Alex te han pedido que escribas un artículo en memoria de su hija.

—Así es. Pero no la vi más que alguna que otra vez y de pasada en los últimos veinticinco años, de modo que estoy intentando averiguar algo más sobre el tipo de persona que era antes de ponerme a escribir.

—¿Eres periodista?

—No, escritora. De biografías. Esto lo hago solo porque Birgit y Karl-Erik me lo han pedido. Además, fui yo quien la encontró, o casi, y, de algún modo, siento la necesidad de escribir sobre ella para poder crearme otra imagen de Alex, una imagen viva. Te parecerá extraño...

—No, en absoluto. Pienso que es estupendo que te tomes tantas molestias por darles el gusto a los padres de Alex; y por ella también, claro.

Francine se inclinó sobre la mesa y posó una mano perfectamente cuidada sobre la de Erica.

Erica sintió que el rubor se extendía por sus mejillas e intentó no pensar en el borrador del libro en el que había estado trabajando la mayor parte del día anterior. Francine retomó la conversación:

—Henri me pidió además que respondiera a tus preguntas con la mayor sinceridad posible.

Francine hablaba un sueco perfecto, sus erres ligeramente guturales sonaban suaves, y Erica notó que utilizaba la versión francesa del nombre de Henrik.

—Veamos, tú y Alex os conocisteis en París, ¿no es así?

—Sí, estudiamos juntas Historia del Arte. Y conectamos desde el primer día. Ella parecía perdida y yo me sentía perdida. El resto, como se suele decir, es historia.

—¿Cuántos años hace de eso?

—Pues veamos, Henri y Alex celebraron el decimoquinto aniversario de boda el otoño pasado, así que hace... diecisiete años, quince de los cuales trabajamos juntas en la galería.

En este punto hizo una pausa que, para sorpresa de Erica, aprovechó para encenderse un cigarrillo. Por alguna razón que se le ocultaba, no se había imaginado que Francine fuera fumadora. La mano le temblaba ligeramente mientras lo encendía y dio una profunda calada sin apartar la vista de Erica.

—¿No te preguntaste dónde estaría? Parece que llevaba ya una semana allí cuando la encontramos...

De repente, Erica cayó en la cuenta de que no se le había ocurrido hacerle la misma pregunta a Henrik.

—Ya sé que te sonará extraño, pero no, no me inquietó.

Alex... —la mujer parecía dudar—, bueno, ella siempre hacía un poco lo que quería.

Podía ser muy frustrante, pero supongo que con el tiempo llegué a acostumbrarme.

No era la primera vez que desaparecía por un tiempo para luego presentarse otra vez aquí como si nada hubiera pasado.

Además, ella me compensaba con creces cada vez que yo me cogía una baja maternal y ella se quedaba sola al frente de la galería.

Y, ¿sabes?, a ratos tengo la sensación de que también esta vez será así; que aparecerá por la puerta, sin más. Solo que en esta ocasión no podrá ser.

Un velo de lágrimas le empañó la mirada.

—No —convino Erica, bajando con discreción la suya para que Francine pudiera enjugarse los ojos—. ¿Y Henrik? ¿Cómo reaccionó él cuando Alex desapareció sin avisar?

—Pues ya has hablado con él. Desde su punto de vista, Alex no podía hacer nada mal. Henri ha dedicado los últimos quince años de su vida a idolatrarla. Pobre Henri.

—¿Por qué «pobre»?

—Alex no lo quería. Y él habría tenido que terminar aceptando esa realidad tarde o temprano.

Apagó el primer cigarrillo y encendió otro.

—Os conoceríais muy bien, después de tantos años, ¿verdad?

—No creo que nadie llegara a conocer a Alex. Aunque creo poder decir que yo la conocía mejor que Henri. Él siempre se negó a quitarse la venda de los ojos.

—Henrik me dio a entender durante nuestra conversación que él siempre tuvo la sensación, todos los años que duró su matrimonio, de que Alex le ocultara un secreto. ¿Tú sabes si hay algo de verdad en eso? Y, en ese caso, ¿qué podía ser?

—Vaya, demasiado clarividente tratándose de Henri.

Tal vez lo haya subestimado. —Francine enarcó una ceja perfecta—.

A la primera pregunta, la respuesta es sí, yo también tenía la sensación de que Alex ocultaba algo; pero a la segunda debo responder no, lo siento, no tengo la menor idea de lo que podía ser.

Pese a nuestra larga amistad, siempre hubo un punto que Alex señalaba para indicar «hasta aquí, pero sin pasar de aquí».

Yo supe aceptarlo, Henri, en cambio, no.

Y eso lo habría destrozado tarde o temprano. Además, sé que no habría tardado mucho.

—¿Por qué?

Francine vaciló un instante.

—Al cadáver de Alex le practicarán la autopsia, ¿verdad?

Erica no esperaba semejante pregunta.

—Así es, es lo que se hace por lo general en caso de suicidio. Pero ¿por qué me lo preguntas?

—Porque, en tal caso, lo que pensaba contarte saldrá a la luz de todos modos. Tendré la conciencia más tranquila.

Francine apagó el cigarrillo con esmero.

Erica contenía la respiración, ansiosa y tensa, pero la colega de Alex se tomó su tiempo para encenderse un tercer cigarrillo.

Los dedos no presentaban la característica coloración amarillenta de los fumadores, de lo que Erica dedujo que no era habitual que fumara así, uno detrás de otro.

—Ya sabrás que Alex ha estado visitando Fjällbacka mucho más a menudo de lo habitual desde hace seis meses o más.

—Desde luego, los rumores se difunden sin dificultad en los pueblos pequeños. Según las habladurías, iba a Fjällbacka más o menos todos los fines de semana. Sola.

—Bueno, eso es una verdad a medias.

Francine volvió a dudar, lo que obligó a Erica a contener el impulso de inclinarse sobre la mesa, cogerla por los brazos y zarandearla para que soltara lo que sabía. Podía decirse sin reservas que Francine había despertado su curiosidad.

—El caso es que había conocido a alguien en Fjällbacka.

Un hombre. Claro que no era la primera vez que Alex tenía una aventura, pero, no sé por qué, a mí me daba la sensación de que esto era distinto.

Por primera vez desde que nos conocimos, parecía casi satisfecha.

Además, yo sé que es imposible que se suicidase.

Alguien la mató. No me cabe la menor duda.

—¿Cómo puedes estar tan segura? Ni siquiera Henrik podía asegurarlo y, de hecho, él cree que Alex podría haberse quitado la vida.

—Porque estaba embarazada.

La respuesta dejó atónita a Erica.

—¿Lo sabe Henrik?

—No sabría decirte. En cualquier caso, el niño no era suyo.

Ellos llevaban ya muchos años sin convivir en ese sentido.

Y, en la época en que sí lo hacían, Alex siempre se negó a tener hijos con Henrik, pese a que él se lo rogaba con insistencia.

No, el padre del niño debía ser ese nuevo hombre, quienquiera que sea.

—¿Nunca te dijo quién era?