La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 1 #7
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—Después de casarnos regresamos a Suecia y nos instalamos en esta casa.

Mis padres habían fallecido y la casa había estado muy descuidada los dos años que yo viví en el extranjero, pero Alex empezó a renovarla enseguida.

Quería que todo estuviera perfecto. Cada detalle, el papel pintado, los muebles y las alfombras, son originales que han decorado la casa desde que se construyó y que se han restaurado según su aspecto primigenio, o bien objetos que Alex compró.

No sé a cuántos anticuarios acudió para encontrar piezas de decoración de la época de mi bisabuelo.

Utilizó para guiarse montones de fotografías antiguas y el resultado es excelente.

Al mismo tiempo, trabajaba duro para poner en marcha la galería y lo cierto es que no comprendo cómo le alcanzaba el tiempo para hacerlo todo.

—¿Qué clase de persona era Alex?

Henrik se tomó unos minutos para meditar la respuesta.

—Guapa, tranquila y perfeccionista hasta la exasperación. Creo que quienes no la conocían podían calificarla de engreída. Pero eso era porque no dejaba que nadie entrara en su vida así como así. Alex era una persona por la que había que luchar.

Erica sabía bien a qué se refería. El carácter reservado y el poderoso atractivo de Alex hacían que, ya de niña, la tachasen de presumida las mismas chicas que, acto seguido, se peleaban por sentarse a su lado.

—¿A qué te refieres?

Quería oír en qué términos lo expresaba Henrik.

El viudo miró por la ventana y, por primera vez desde que había entrado en la casa de los Wijkner, Erica creyó atisbar la presencia de un sentimiento bajo aquella fachada encantadora.

—Ella siempre seguía su propio camino. No tomaba en consideración a los demás.

No por maldad, no había maldad en Alex, sino por necesidad.

Lo más importante para mi mujer era que no la hirieran.

Todo lo demás, todos los demás sentimientos, quedaban relegados a ese fin.

El problema es que, si no dejas que nadie pase al otro lado del muro por miedo a que resulte un enemigo, también terminas por dejar fuera a los amigos.

En este punto guardó silencio antes de clavar en ella la mirada.

—Alex hablaba de ti algunas veces.

Erica no pudo ocultar su asombro. Teniendo en cuenta el modo en que había terminado su amistad, siempre creyó que Alex se dio media vuelta y no volvió a pensar en ella nunca más.

—Recuerdo sobre todo que decía que tú eras la última amiga de verdad que había tenido jamás.

«La última auténtica amistad», eran sus palabras exactas.

Una manera un tanto extraña de expresarlo, creo yo, pero nunca mencionó nada más al respecto y, a aquellas alturas, yo ya sabía que de nada servía intentar sonsacarle.

Por eso puedo contarte a ti cosas de Alex que jamás le contaría a nadie.

Algo me dice que, pese a que habían pasado tantos años, mi mujer seguía reservándote un lugar especial en el corazón.

—¿Tú la querías?

—Por encima de todo. Alexandra lo era todo para mí.

Cuanto he hecho y cuanto he dicho giraba en torno a ella.

Lo más irónico es que ella jamás se dio cuenta.

Si me hubiera permitido atravesar el muro que nos separaba, hoy no estaría muerta.

Tenía la respuesta ante sus propias narices, pero no se atrevió a buscarla.

La cobardía y el valor conformaban una mezcla extraña en la persona de mi mujer.

—Birgit y Karl-Erik no creen que se suicidara.

—Sí, lo sé. Y ellos ni se cuestionan que yo tampoco lo crea, pero, si he de ser sincero, la verdad es que no sé lo que creo. Viví con ella durante más de quince años, pero jamás llegué a conocerla.

Seguía teniendo la voz fría y neutral y, por el tono, bien podría haber estado comentando las inclemencias meteorológicas, pero Erica empezaba a comprender que la primera impresión que se llevó de Henrik no podía haber sido más errónea.

Sentía un dolor inmenso. Solo que no estaba expuesto al público como en el caso de Birgit y Karl-Erik Carlgren.

Tal vez gracias a sus propias experiencias, supo como por instinto que aquel hombre no sufría solo el dolor por la muerte de su mujer, sino el de no haber sabido aprovechar la oportunidad de hacer que ella lo quisiera como la quería él.

Y aquel era un sentimiento que ella conocía más que bien.

—¿A qué le tenía miedo?

—Yo me he preguntado lo mismo mil veces.

La verdad es que no lo sé. Tan pronto como intentaba hablarlo con ella, cerraba la puerta.

Nunca conseguí que me dejara entrar. Era como si tuviera un secreto que no pudiera compartir con nadie.

¿No suena extraño? El caso es que, como no sé cuál podía ser ese secreto, tampoco estoy en condiciones de saber si fue o no capaz de quitarse la vida.

—¿Qué tal llevaba la relación con sus padres y su hermana?

—Pues... ¿cómo te lo diría?

El hombre volvió a tomarse un instante de reflexión antes de contestar.

—Tensa. Como si todos se sacasen de sus casillas unos a otros.

La única que de vez en cuando decía lo que pensaba era Julia, la hermana pequeña; y te aseguro que es una persona bien rara.

Yo siempre tenía la sensación de que las réplicas que se daban en voz alta ocultaban un diálogo muy distinto.

No sé cómo explicártelo. Era como si hablasen en una clave que a mí no me habían facilitado.

—¿A qué te refieres cuando dices que Julia es rara?

—Como ya sabrás, Julia nació cuando Birgit era algo mayor, cuarenta y muchos; y, además, no lo tenían planeado.

Así que la pequeña fue como el polluelo del nido.

Tampoco debió de ser muy fácil tener una hermana como Alex.

Julia no era una niña bonita y, desde luego, su atractivo no ha mejorado con los años; en cambio Alex, ya sabes cómo era...

Birgit y Karl-Erik siempre estuvieron muy pendientes de Alex y, simplemente, se olvidaron de Julia.

Y ella atajó el problema encerrándose en sí misma.

Pero a mí me cae bien. Hay algo más detrás de esa hosquedad aparente.

Y espero que alguien se tome la molestia de descubrirlo.

—¿Cómo ha reaccionado al saber de la muerte de Alex? ¿Qué tipo de relación mantenían las dos hermanas?

—Tendrás que preguntarles a Birgit o a Karl-Erik.

Yo no he visto a Julia desde hace más de medio año.

Estudia Magisterio en Umeå y no le gusta salir de allí.

Este año ni siquiera estuvo en casa por Navidad.

Pero Julia siempre idolatró a su hermana.

Alex ya había empezado en el internado cuando Julia nació, así que no estaba mucho en casa, pero después, cuando nosotros íbamos allí, Julia andaba siempre pisándole los talones, como un cachorro.

Alex no le hacía mucho caso y la dejaba.

A veces Julia la irritaba y ella le regañaba, pero por lo general la ignoraba, sin más.

Erica empezaba a notar que la conversación estaba tocando a su fin. En las pausas, se dio cuenta de que un silencio total reinaba en aquella casa que, a pesar de tanto esplendor, debía de resultar bastante solitaria para Henrik Wijkner.

Erica se levantó y le tendió la mano, que él estrechó entre las suyas reteniéndola unos segundos antes de soltarla y encaminarse hacia la puerta.

—Pensaba ir a la galería a echar una ojeada —comentó Erica.

—Sí, es una buena idea. Ella se sentía orgullosísima de la galería.

La creó de la nada, junto con una amiga de sus años de universidad en París, Francine Bijoux, aunque ahora se apellida Sandberg.

También nos veíamos bastante fuera del trabajo, aunque cada vez menos, desde que ella y el marido tuvieron hijos.

Seguro que Francine está en la galería, así que la llamaré y le explicaré quién eres; no me cabe duda de que te hablará de Alex encantada.

Henrik le abrió la puerta y Erica le agradeció su hospitalidad una vez más, le dio la espalda al marido de Alex y se encaminó al coche.

En el preciso instante en que salió del coche, el cielo se precipitó en copiosa lluvia.

La galería estaba en la calle Chalmersgatan, paralela a Avenyn, pero tras haber pasado media hora dando vueltas, se resignó a aparcar en Heden.

En realidad, no estaba tan lejos, pero la intensidad de la lluvia hizo que así se lo pareciera.

Por si fuera poco, el aparcamiento costaba doce coronas la hora y Erica se sentía cada vez más desanimada.

Ni que decir tiene que tampoco llevaba paraguas y sabía que sus rizos no tardarían en adoptar el aspecto de una permanente casera.

Se apresuró a cruzar Avenyn y se detuvo justo a tiempo para dejar paso al tranvía número cuatro que apareció tronando en dirección a Mölndal.

Dejó atrás el restaurante Valand, donde había pasado alguna que otra noche desenfrenada durante los años de estudiante, y giró a la izquierda para coger la calle Chalmersgatan.

La Galleri Abstrakt estaba a mano izquierda y tenía grandes escaparates que daban a la calle.

Una campanilla tintineó cuando Erica entró para comprobar que el local era mucho más grande de lo que parecía desde fuera.

Los muros, el suelo y el techo estaban pintados de blanco, lo que ayudaba a centrar la atención en las obras de arte que decoraban las paredes.

Al fondo del local había una mujer cuyo origen francés resultaba indiscutible: rezumaba elegancia por todas partes y conversaba con un cliente acerca de un cuadro sin dejar de gesticular con las manos.

—No tardaré en estar contigo. Entretanto, date una vuelta por la exposición.

Tenía un acento francés encantador.