1 #6
Estuvo allí sentada durante varias horas, acariciándole la frente. De vez en cuando, él se movía en la inconsciencia, pero el roce de su mano lo calmaba. Al otro lado de la ventana, la vida continuaba como siempre; en cambio, en la habitación, el tiempo se había detenido.
El lunes amaneció con pocos grados sobre cero y grandes bancos de nubes.
Erica siempre conducía con precaución y ahora circulaba aún más despacio, para asegurarse el margen de reacción en caso de derrapar.
No se le daba muy bien conducir, pero prefería la soledad del coche a apretujarse con la gente en el bus E6-Expressen o en el tren.
Cuando giró a la derecha y ya en la autovía, el piso mejoró, por lo que se atrevió a acelerar un poco. Iba a verse con Henrik Wijkner a las doce, pero había salido temprano de Fjällbacka y tenía tiempo de sobra para el viaje hasta Gotemburgo.
Por primera vez desde que vio a Alex en el helado cuarto de baño, pensó en la conversación mantenida con Anna.
Aún le costaba imaginar que su hermana estuviera dispuesta a llevar a cabo la venta de la casa.
Después de todo, había sido el hogar de su niñez y a sus padres les habría disgustado mucho la idea si lo hubieran sabido.
Sin embargo, cuando Lucas intervenía, todo era posible y, puesto que conocía la falta de escrúpulos de su cuñado, el asunto la preocupaba.
Lucas caía cada vez más bajo, pero aquello superaba cuanto había emprendido hasta entonces.
En fin, resolvió, no se preocuparía en serio por la casa hasta haberse informado de cuál era la situación desde el punto de vista legal.
Se negaba a dejarse abatir por la última invención de Lucas antes de haber hablado con un abogado, y ahora quería concentrarse en la conversación que no tardaría en mantener con el marido de Alex.
Henrik Wijkner le pareció agradable por teléfono y, cuando oyó el nombre, ya sabía cuál era el motivo de la llamada. Claro que podía visitarlo para hacer preguntas sobre Alexandra, puesto que el artículo panegírico parecía tan importante para sus padres.
Por más que le costara afrontar el dolor de una persona más, le resultaba emocionante pensar que iba a ver la casa de Alex.
El encuentro con sus padres había sido desgarrador.
Como escritora, prefería observar la realidad con distancia.
Estudiarla desde arriba, segura y con perspectiva.
Al mismo tiempo, aquella visita le ofrecía la oportunidad de ver en qué clase de persona se había convertido Alex con los años.
Erica y Alex habían sido inseparables desde los primeros años de la escuela.
Erica se sentía muy orgullosa de haber sido elegida por Alex, que atraía como un imán a cuantos se le acercaban.
Todo el mundo quería estar con Alex, que, por su parte, vivía inconsciente del alto grado de aceptación que inspiraba.
Era reservada, pero de un modo que revelaba una seguridad en sí misma que, según Erica llegó a comprender en la edad adulta, debe de ser insólita en un niño.
Y, al mismo tiempo, era abierta y generosa y, pese a ser reservada, no daba la impresión de ser tímida.
Fue ella quien eligió a Erica como amiga.
Erica nunca se habría atrevido a acercarse a Alex por iniciativa propia.
Fueron inseparables hasta que Alex se marchó a la ciudad y desapareció para siempre de su vida.
En los últimos tiempos de su amistad, Alex había empezado a aislarse, y Erica se pasaba horas encerrada en su cuarto, llorando por su amiga.
Y un día, cuando llamó a la puerta de la casa de Alex, nadie respondió.
Veinticinco años después, Erica recordaba con todo detalle el dolor que sintió cuando comprendió que Alex se había marchado sin decirle una palabra y sin despedirse de ella.
Seguía sin tener la menor idea de lo que había sucedido, pero, como hacen los niños a veces, se culpó a sí misma suponiendo que Alex se había cansado de ella.
A Erica le costó orientarse a través de Gotemburgo para dirigirse a Särö.
Conocía bien la ciudad, puesto que había estudiado allí cuatro años, pero en aquella época no tenía coche y en ese sentido Gotemburgo no era para ella más que una nebulosa en el mapa.
Si hubiera podido conducir por los carriles para bicicletas, le habría resultado mucho más fácil orientarse.
Gotemburgo era la pesadilla del conductor inseguro, con sus innumerables calles de una sola dirección, rotondas llenas de coches y el estresante timbre de los tranvías que se acercaban por todas partes.
Además, a ella le daba la impresión de que todos los caminos conducían a Hisingen: si cogía la salida equivocada, siempre acababa allí.
Las indicaciones que Henrik le había dado eran claras y encontró el camino a la primera, con lo que, en esta ocasión, consiguió mantenerse lejos de Hisingen.
La casa superaba todas las expectativas: una construcción enorme de finales del siglo anterior, en color blanco, con vistas al mar y un pequeño cenador que sugería la promesa de cálidas noches estivales.
El jardín, oculto bajo una gruesa capa de nieve, estaba bien diseñado y, solo por sus dimensiones, exigía los cuidados de un experto jardinero.
Atravesó un sendero de sauces y cruzó un alto enrejado hasta llegar a la explanada de gravilla que se extendía ante la casa.
La escalinata de piedra conducía hasta una robusta puerta de roble.
No había timbre, sino una aldaba maciza que golpeó con decisión.
La puerta se abrió de inmediato. Imaginaba que le abriría una doncella con cofia y delantal almidonado, pero quien la recibió fue un hombre que supuso debía de ser Henrik Wijkner.
Era terriblemente guapo y Erica se alegró de haberse esforzado algo más de lo habitual en arreglarse antes de salir de casa.
Entró en un vestíbulo enorme que, tras una rápida apreciación, debía de ser más grande que su apartamento de Estocolmo.
—Hola, soy Erica Falck.
—Hola. Henrik Wijkner. Si no recuerdo mal, nos conocimos el verano pasado en una cafetería de la plaza de Ingrid Bergman.
—Sí, es verdad, en el Café Bryggan. Parece que hace siglos desde el verano, sobre todo con el tiempo que tenemos ahora.
Henrik asintió educado mientras le ayudaba a quitarse el chaquetón y le indicaba con la mano el camino hacia el salón contiguo al vestíbulo.
Con suma delicadeza, Erica se sentó en un sillón que, con su limitado conocimiento sobre antigüedades, solo pudo calificar de muy antiguo y sin duda muy valioso, al tiempo que aceptó el café que le ofrecía Henrik.
El joven empezó a servirlo y, mientras intercambiaban unas frases sobre el tiempo tan desapacible que tenían que sufrir, ella lo estudió a hurtadillas y constató que no parecía demasiado afectado, aunque sabía que eso no quería decir nada.
Cada uno tenía un modo de expresar el dolor.
Henrik vestía algo informal, aunque llevaba unos chinos perfectamente planchados y una camisa de Ralph Lauren de color azul claro.
Tenía el cabello oscuro, casi negro, y con un corte elegante sin llegar a parecer repeinado.
Los ojos castaños le daban un aspecto sureño.
Ella prefería un tipo de hombre de físico algo más salvaje y, aun así, no podía sustraerse a la atracción que él ejercía, aunque parecía salido de una revista de moda.
Henrik y Alex debían de hacer una pareja estupenda.
—¡Es una maravilla de casa!
—Gracias. Yo soy la cuarta generación de Wijkner que la habita. Mi bisabuelo la mandó construir a principios de siglo y, desde entonces, ha pertenecido a la familia. Si estas paredes hablasen...
Abarcó con la mano la habitación y sonrió.
—Sí, debe de ser maravilloso verse rodeado de tanta historia de la propia familia.
—Bueno, tiene ventajas e inconvenientes. También conlleva una responsabilidad insoslayable. Seguir el camino del padre y todo lo demás.
El joven se echó a reír mientras Erica pensaba que no parecía abrumado por ninguna responsabilidad.
Ella, por su parte, se sentía fuera de lugar en aquella elegante sala y luchaba en vano por encontrar la forma de sentarse cómodamente en aquel sofá bonito y sobrio a la vez.
Al final, terminó por acomodarse en el borde mismo, mientras daba sorbitos al café servido en unas tazas de moca diminutas.
El meñique se le agitó, aunque ella supo contener el impulso.
En efecto, las tazas parecían ideales para estirar el meñique, pero la joven sospechaba que daría una impresión más sarcástica que de saber estar.
Luchó consigo misma un instante al ver la bandeja de pastas que había sobre la mesa y perdió la batalla en un duelo contra una gruesa rebanada de bizcocho equivalente a unos diez puntos rojos en la ficha del peso.
—Alex adoraba esta casa.
Justo en ese momento, Erica estaba pensando en cómo abordar el auténtico motivo de su presencia allí y se sintió agradecida al comprobar que el propio Henrik sacaba a colación el tema de Alex.
—¿Cuánto tiempo vivisteis juntos aquí?
—Tanto como duró nuestro matrimonio, quince años. Nos conocimos en París. Ella estudiaba Historia del Arte y yo intentaba adquirir conocimientos sobre la economía mundial, al menos los suficientes para administrar el emporio familiar.
Erica tenía sus dudas de que Henrik Wijkner se conformara con «intentar» hacer algo.