La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 1 #5
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—Nos gustaría que escribieras un panegírico sobre Alex. Para publicarlo en el diario Bohusläningen . Algo sobre su vida, sus sueños..., y sobre su muerte. Un recordatorio de su vida y su persona. Significaría mucho para Birgit y para mí.

—Pero ¿no preferís que lo publique el diario Göteborgs Posten ? Después de todo, ella vivía en Gotemburgo. Y vosotros también.

—Fjällbacka siempre fue y será nuestro hogar. Y Alex pensaba lo mismo. Podrías empezar por entrevistarte con Henrik, su marido. Ya hemos hablado con él y dice que está dispuesto. Ni que decir tiene que te pagaremos el trabajo.

Era evidente que, con aquello, daban por concluida la negociación.

Y, sin haber llegado a aceptar el cometido, cuando la puerta se cerró, Erica se encontró en la escalera con el teléfono y la dirección de Henrik Wijkner en la mano.

A pesar de que, a decir verdad, no había sentido el menor deseo de aceptar el encargo al oír la propuesta, en la mente de la escritora que llevaba dentro empezó a bullir una idea.

La desechó, llena de remordimientos por haberla pensado siquiera, pero resultó ser una idea pertinaz, que parecía dispuesta a no darle tregua.

En efecto, tenía allí mismo lo que tanto tiempo llevaba buscando, la base para el nuevo libro.

El relato del trayecto recorrido por una persona hasta encontrar su destino.

La explicación de lo que había llevado a una mujer joven, atractiva y a todas luces privilegiada a elegir la muerte.

Claro que no daría el nombre de Alex, por supuesto, pero sería una historia basada en lo que pudiera averiguar sobre su camino hacia la muerte.

Erica había publicado hasta ese momento cuatro libros, todos ellos biografías de grandes escritoras suecas, y aún no había tenido el valor de crear una narración propia.

Pese a todo, sabía que había libros que esperaban que ella los plasmara sobre el papel.

Y este cometido tal vez le diera las alas, la inspiración que había estado esperando.

El hecho de haber sido amiga de Alex en el pasado sería, desde luego, una ventaja.

Como persona, se retorcía de aversión ante la idea, pero, como escritora, no cabía en sí de alegría.

El pincel dejaba grandes trazos rojos sobre la tela.

Llevaba pintando desde el alba y, por primera vez, se apartó unos pasos para contemplar su creación.

Para un ojo profano, no eran más que amplios campos en rojo, naranja y amarillo distribuidos de forma irregular sobre el gran lienzo.

Para él eran la humillación y la resignación recreadas en los colores de la pasión.

Siempre pintaba con los mismos tonos. El pasado gritaba y se burlaba de él desde el cuadro mientras él intentaba expresarse con creciente frenesí.

Transcurrida otra hora, consideró que se había ganado la primera cerveza de la mañana.

Cogió la lata que tenía más a mano, sin prestar atención al hecho de que, la noche anterior, había echado en ella la ceniza, que se le quedó pegada a los labios; pero siguió bebiendo con avidez la cerveza ya sin fuerza y arrojó al suelo la lata una vez que hubo apurado hasta la última gota.

Tenía amarilla la parte delantera de los calzoncillos, no se sabía si manchada de pintura o de orina seca.

Probablemente, una combinación de ambas cosas.

El cabello le caía grasiento sobre los hombros y tenía el pecho blancuzco y hundido.

Anders Nilsson era la viva imagen de un despojo, pero el cuadro que descansaba sobre el caballete denotaba un talento en marcado contraste con la decadencia del artista.

Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared que se levantaba frente a su obra.

Al lado había una lata de cerveza sin empezar y experimentó una sensación de placer al oír el ruido refrescante que emitió al tirar de la anilla.

Los colores le chillaban recordándole aquello que se había dedicado a intentar olvidar gran parte de su vida.

¿Por qué tenía que venir ella a destrozarlo todo justo ahora?

¿Por qué no podía dejar las cosas como estaban?

Aquella puta cerda egoísta que solo pensaba en sí misma...

Fría y malvada como una puta princesa. Pero él sabía bien lo que ocultaba debajo de aquella superficie.

Los dos estaban fundidos en el mismo molde.

Se habían formado y forjado a través de años de tortura común y, de pronto, ella creía que podía cambiar el orden de las cosas sin consultar.

—¡Mierda!

Lanzó un rugido y arrojó la lata, aún medio llena, contra el lienzo, que no se rompió, sino que se tambaleó un poco, lo que lo indignó aún más.

Dejó que la lata rodara por el suelo mientras el líquido chorreaba por la pintura, y el rojo, el naranja y el amarillo empezaron a gotear y a mezclarse en nuevos tonos. Observó el resultado con satisfacción.

Aún no se había recuperado de la resaca de la borrachera de la noche anterior y la cerveza empezó a hacerle efecto enseguida, pese al alto grado de tolerancia al alcohol desarrollado durante tantos años de duro entrenamiento.

Muy despacio, se deslizó hacia las familiares nebulosas del aroma a antiguos vómitos en los orificios de la nariz.

Ella tenía llave del apartamento. En el vestíbulo, se limpió a conciencia los zapatos, pese a que sabía que no merecía la pena en absoluto.

La calle estaba más limpia. Dejó las bolsas de comida en el suelo y colgó el abrigo en una percha.

No tenía sentido llamarlo, pues lo más seguro era que ya estuviera fuera de combate a aquellas alturas.

La cocina se encontraba a la izquierda del vestíbulo y presentaba el mismo desorden lamentable de siempre. Había platos sucios de varias semanas amontonados no solo en el fregadero, sino en las sillas, en la mesa e incluso en el suelo. Colillas, latas de cerveza y botellas vacías por todas partes.

Abrió la puerta del frigorífico para colocar la comida: en aquella ocasión, clamaba al cielo, pues lo tenía completamente vacío. Una vez colocada la comida, volvió a estar lleno y ella se sentó un momento para recobrar fuerzas.

El apartamento era un pequeño estudio, por lo que solo constaba de un solo ambiente que hacía las veces de dormitorio y sala de estar.

Los pocos muebles que lo poblaban se los había procurado ella, pero tampoco constituían una gran contribución, por lo que era el caballete el que se imponía gigantesco ante las ventanas del habitáculo.

En un rincón se veía el colchón desportillado.

Nunca pudo permitirse comprarle una cama de verdad.

Al principio intentó ayudarle a mantener limpia la casa y a sí mismo.

Limpiaba, ordenaba, le lavaba la ropa y, casi con la misma frecuencia, incluso lo duchaba.

En aquel entonces, ella aún confiaba en que todo cambiaría.

Que todo desaparecería por sí solo. Pero de eso hacía ya muchos años.

En algún punto del camino, sintió que no podía más.

Y ahora se conformaba con procurar que al menos tuviera algo que comer.

A menudo deseaba seguir teniendo la fuerza de antaño. El sentimiento de culpa se hacía demasiado pesado. Cuando se agachaba para limpiarle las vomitonas, sentía por un instante que estaba pagando parte de la culpa. Ahora seguía sintiéndose culpable, pero sin esperanza.

Se quedó observándolo arrumbado allí, en el rincón, contra la pared.

Una ruina maloliente, pero con un talento insólito oculto debajo de la superficie inmunda.

En infinidad de ocasiones se había preguntado cómo habrían ido las cosas si su elección hubiera sido otra en el momento.

Cada día, durante veinticinco años, se había preguntado cómo habría sido su vida si se hubiera conducido de otro modo.

Veinticinco años son muchos años para pensar.

A veces lo dejaba tumbado en el suelo cuando se marchaba.

Pero hoy no. El frío entraba desde la calle y sentía el suelo helado bajo las medias, demasiado finas.

De modo que lo agarró del brazo, que colgaba flácido e inerte junto a su cuerpo, y empezó a tirar, pero él no reaccionó.

Entonces lo arrastró hasta el colchón cogiéndolo de las dos muñecas.

Intentó darle la vuelta para subirlo y, al notar la flacidez del vientre, se estremeció.

Después de tironear un rato, logró subir al colchón la mayor parte del cuerpo y, a falta de manta, fue a buscar la chaqueta, que estaba colgada en el vestíbulo, y lo cubrió con ella.

Agotada por el esfuerzo y jadeante, se sentó a descansar un rato.

De no ser por la fuerza que tenía en los brazos, entrenados a lo largo de muchos años de trabajo como limpiadora, jamás habría logrado subirlo, y menos a su edad.

Le preocupaba pensar qué sucedería el día que tampoco físicamente tuviera fuerzas para vérselas con él.

Le caía por la cara un mechón de cabello grasiento que ella apartó cariñosa con el dedo índice. La vida no había resultado ser lo que ella esperaba, para ninguno de los dos, pero tenía el propósito de dedicar el resto de su existencia a preservar lo poco que quedaba.

La gente volvía la vista cuando se la cruzaban por la calle, pero no antes de que ella pudiera ver la expresión de compasión en sus caras.

Anders era muy conocido en el pueblo y miembro permanente de la asociación local de Alcohólicos Anónimos.

A veces él se paseaba con paso inseguro por el centro, borracho y desnortado, gritando improperios a cuantos encontraba a su paso.

A él le tocaba el odio, a ella las simpatías de todos.

En realidad, debería ser al contrario. Ella era la digna de desprecio, mientras que Anders merecía las simpatías de la gente.

La debilidad de ella le había dado forma a la vida de él.

Pero había decidido dejar de ser débil para siempre.