La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 1 #4
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La relación de Erica con su madre había sido infinitamente más compleja.

No era capaz de recordar un solo momento de la infancia y la adolescencia en que su madre le hubiera dado una muestra de cariño, un abrazo, una palmadita, una palabra de consuelo.

Elsy Falck era una mujer dura e intransigente que mantenía un orden impecable en el hogar, pero que no se permitía a sí misma la menor alegría en la vida.

Era muy religiosa y, como tantos de los habitantes de los pueblos costeros de Bohuslän, había crecido en un lugar que seguía marcado por las enseñanzas del pastor Schartaus.

Desde niña le había tocado aprender que la existencia era un sufrimiento sin fin y que recibiría el premio en la otra vida.

Erica se preguntaba qué habría visto en Elsy su padre, hombre de carácter apacible y de un humor excelente, y en una ocasión, en un arrebato de ira adolescente, había soltado la pregunta.

Su padre no se enfadó. Se sentó a su lado y le pasó el brazo por los hombros antes de hacerle ver que no debía juzgar con tanta dureza a su madre.

Había personas a las que les costaba más que a otras mostrar sus sentimientos, le explicó acariciándole las mejillas, aún encendidas por la indignación.

Pero ella no lo escuchó y siguió convencida de que su padre había intentado encubrir lo que para Erica era una evidencia: su madre no la había querido jamás y ella tendría que arrastrar tal realidad lo que le quedaba de vida.

Tuvo el impulso de ir a visitar a los padres de Alexandra y decidió seguirlo.

Era difícil perder a los padres, pero, pese a todo, así eran las leyes de la naturaleza.

En cambio, perder a un hijo debía de ser terrible.

Además, Alexandra y ella fueron en su día muy buenas amigas.

Hacía cerca de veinticinco años, sí, pero gran parte de sus recuerdos felices de la infancia estaban íntimamente relacionados con Alex y su familia.

La casa parecía desierta. Los tíos de Alexandra vivían en la calle Tallgatan, a medio camino entre el centro de Fjällbacka y el camping de Sälvik.

Las casas se alineaban en la cima de una colina y el manto de césped de los jardines en hilera descendía abrupto hasta la calle, por la parte que daba al mar.

La puerta estaba en la parte trasera de la casa y Erica dudó un instante antes de llamar al timbre.

El sonido retumbó hasta desaparecer. No se oía nada en el interior de la casa y ya estaba a punto de darse media vuelta cuando la puerta empezó a abrirse poco a poco.

—¿Sí?

—Hola, soy Erica Falck. Fui yo quien...

Dejó el resto de la frase en el aire. Se sentía ridícula por haberse presentado con tanta formalidad.

Ulla Persson, la tía de Alex, la conocía a la perfección.

Ella y su madre participaron activamente en la asociación parroquial durante muchos años, y algunos domingos, Ulla iba a su casa a tomar café.

La mujer se hizo a un lado para que Erica entrara en el vestíbulo.

No había en toda la casa una sola lámpara encendida.

Claro que no anochecería hasta dentro de unas horas, pero ya empezaba a caer el ocaso y las sombras se alargaban proyectadas en las paredes.

Desde la habitación que quedaba justo enfrente del vestíbulo se oían sollozos apagados.

Erica se quitó los zapatos y el abrigo y se sorprendió intentando moverse sin hacer el menor ruido y con delicadeza, pues el ambiente que reinaba en la casa no propiciaba otra cosa.

Ulla entró en la cocina y le indicó a Erica que continuara hasta la sala de estar.

Una vez dentro, cesó el llanto. En el sofá, colocado ante un gran ventanal de vista panorámica, estaban sentados Birgit y Karl-Erik Carlgren, que se abrazaban con gesto desesperado.

Los dos tenían la cara demacrada y los ojos llenos de lágrimas, y Erica sintió que estaba irrumpiendo en una esfera de absoluta privacidad.

Un ámbito en el que tal vez no debiera entrometerse.

Sin embargo, ya era demasiado tarde para lamentaciones.

Se sentó despacio en el sofá que había enfrente, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Nadie había pronunciado una sola palabra desde que entró en la habitación.

—¿Qué aspecto tenía?

En un primer momento, Erica no oyó bien a Birgit, que habló con la voz de una niña. Y no supo qué responder.

—Sola —se oyó decir finalmente para arrepentirse enseguida—. No quería decir... —la frase quedó a medias y murió en el silencio reinante.

—¡Alex no se quitó la vida!

La voz de Birgit sonó de repente fuerte, decidida. Karl-Erik le cogió la mano a su mujer asintiendo conforme. Probablemente, advirtieron la expresión de escepticismo de Erica, pues Birgit insistió:

—¡Alex no se quitó la vida! La conozco mejor que nadie y sé que jamás recurriría al suicidio. Jamás habría tenido el valor necesario para hacer tal cosa. Tú también debes saberlo. ¡Tú también la conocías!

La mujer se erguía cada vez más, subrayando cada sílaba, y Erica vio una chispa de esperanza en sus ojos.

Birgit cerraba y abría las manos convulsivamente, una y otra vez, y miraba a Erica a los ojos, hasta que una de las dos tuvo que apartar la mirada.

Fue Erica quien cedió primero y echó una ojeada a la habitación.

Cualquier cosa, con tal de no tener que ver el dolor en la cara de la madre de Alexandra.

Era un lugar acogedor, aunque de decoración algo recargada para el gusto de Erica.

Las cortinas, colgadas con un sistema complejo y adornadas con grandes volantes, estaban coordinadas con los cojines del sofá, confeccionados con el mismo estampado de grandes flores.

Cada superficie aparecía cubierta de adornos y figurillas.

Centros de madera artesanalmente tallada colocados sobre tapetes a punto de cruz compartían el espacio con perros de porcelana de ojos siempre llorosos.

Lo único que salvaba la habitación era el amplio ventanal, que ofrecía una vista extraordinaria.

Erica deseó poder congelar el instante y seguir mirando por la ventana en lugar de verse arrastrada al dolor de aquellas dos personas.

Pese a todo, volvió de nuevo la cara hacia el matrimonio Carlgren.

—La verdad, Birgit, no sé qué decir. Alexandra y yo fuimos amigas hace veinticinco años. En realidad, no sé cómo era. A veces no conocemos a la gente tan bien como creemos...

Erica oyó lo patético que aquello sonaba y dejó la frase inconclusa. Entonces, Karl-Erik tomó la palabra. Tras liberarse de la mano nerviosa de Birgit, se inclinó hacia delante, como si quisiera asegurarse de que Erica no se perdía una sola de las palabras que pensaba decir.

—Sé que suena como si nos negásemos a aceptar lo sucedido y es posible que, en estos momentos, no demos una imagen de sosiego, precisamente; pero sabemos que, aunque Alex hubiera pensado quitarse la vida, jamás lo habría hecho de ese modo.

Tú misma recordarás que se ponía histérica de miedo cuando veía sangre.

Si se hacía un corte, por minúsculo que fuera, perdía los nervios hasta que no le ponían una tirita.

¡Si hasta era capaz de desmayarse con tan solo ver la sangre!

Por eso estoy completamente seguro de que se habría atrevido más a tomar somníferos, por ejemplo.

No existe la menor posibilidad de que Alex consiguiera cortarse a propósito con una cuchilla de afeitar, primero en un brazo y luego en el otro.

Y luego, mi mujer tiene razón: Alex era frágil, no era una persona valiente.

Y, para quitarse la vida, es preciso tener cierto grado de valentía, del que ella carecía.

El hombre habló con convicción y, pese a que seguía persuadida de que aquello era la última esperanza de dos desesperados, Erica no pudo por menos que dejarse influir por la duda.

Bien mirado, había algo anómalo en aquel baño.

No porque hubiera circunstancias en las cuales pudiera resultar normal encontrar un cadáver, sino porque había algo en el ambiente de la habitación que no acababa de encajar.

Una presencia, una sombra. No sabía describirlo mejor.

Seguía creyendo que Alexandra Wijkner se había visto abocada al suicidio, pero no podía negar que las insistentes observaciones de la pareja Carlgren habían suscitado sus dudas.

De repente, cayó en la cuenta de hasta qué punto Alex había llegado a parecerse de adulta a su madre.

Birgit Carlgren era pequeña y esbelta, con el cabello rubio de su hija, aunque, en lugar de la abundante y larga melena de Alex, ella lo llevaba con un elegante corte con flequillo.

Iba vestida de luto riguroso y, pese a su dolor, parecía consciente del llamativo efecto que producía el contraste del negro con el rubio de sus cabellos.

Algunos de sus movimientos revelaban cierta vanidad: una mano que mesaba a conciencia el flequillo, el movimiento al colocarse el cuello de la camisa, hasta dejarlo perfecto...

Erica recordaba que su armario había sido una auténtica Meca para dos niñas de ocho años en edad de disfrazarse, y su joyero era, sin duda, lo más parecido al reino de los cielos en aquella época.

Comparado con ella, su marido presentaba un aspecto bastante corriente.

No porque careciera de atractivo, en absoluto, sino porque no estaba a la altura.

Era un hombre de cara larga y rasgos definidos, y con el nacimiento del pelo rezagado en la coronilla.

También él vestía de negro, pero, a diferencia de su mujer, ese color le daba un aspecto más triste aún.

Erica intuyó que había llegado el momento de marcharse mientras se preguntaba qué era lo que había pretendido conseguir con aquella visita.

Se levantó, y otro tanto hicieron los Carlgren. Birgit miró acuciante a su marido, como exhortándolo a decir algo. Sin duda, algo de lo que ya habían estado hablando antes de que llegara Erica.