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—Me da la sensación de que necesitas cambiar de aires. ¿Por qué no te vienes a pasar una semana con los niños? Además, me vendría bien algo de ayuda con unas cuantas cosas. Y pronto tendremos que ponernos a arreglar papeles y demás.
—Pues sí, justo habíamos pensado hablar contigo del tema.
A Anna empezó a temblarle la voz, como siempre que tenía que abordar un tema espinoso.
Erica aguzó enseguida el oído. Aquel «nosotros» le traía un eco de mal presagio.
Cada vez que Lucas metía la nariz en un asunto, era, por lo general, para hacer algo que lo beneficiaba a él y perjudicaba a todos los demás implicados.
Erica esperó a que Anna continuara.
—Lucas y yo hemos pensado volver a Londres tan pronto como la filial en Suecia haya quedado bien asentada, y la verdad es que no contábamos con tener que preocuparnos del mantenimiento de una casa aquí.
Y a ti tampoco te vendrá bien verte obligada a arrastrar el lastre de una gran casa de campo, quiero decir, puesto que no tienes familia y eso...
El silencio podía cortarse.
—¡¿Qué es lo que quieres decir?!
Erica se enredó un mechón de la rizada melena en el dedo índice, una costumbre que había adquirido de niña y a la que recurría siempre que se ponía nerviosa.
—Pues eso... Lucas opina que debemos vender la casa.
No podremos conservarla y mantenerla. Además, nos gustaría comprar una casa en Kensington cuando volvamos a Londres y, aunque Lucas gana mucho dinero, el dinero de la venta nos vendría más que bien.
Quiero decir, las casas en la costa oeste y con tan buena situación se venden por varios millones de coronas.
Los alemanes se vuelven locos en cuanto hay vistas al mar y olor a salitre.
Anna siguió ofreciendo argumentos, pero Erica empezaba a estar harta y colgó el auricular muy despacio, en medio de una frase. Desde luego que aquello le había despejado la mente por completo.
Ella siempre había sido para Anna más una madre que una hermana mayor.
Desde que eran niñas, la había cuidado y protegido.
Anna era una auténtica salvaje, un vendaval que seguía sus impulsos sin pensar en las consecuencias.
En más ocasiones de las que era capaz de recordar, Erica había tenido que salvarla de situaciones a las que ella misma se había expuesto.
Lucas había arruinado esa espontaneidad, esa alegría de vivir.
Y eso era, sobre todo, lo que Erica no podría perdonarle jamás.
A la mañana siguiente, el día anterior se le antojó un sueño.
Había dormido profundamente y sin ensoñaciones que le perturbaran el descanso y, pese a todo, se sentía como si no hubiera pegado ojo.
Estaba tan cansada que le dolía todo el cuerpo.
Le rugía el estómago, pero tras una rápida ojeada al frigorífico, comprendió que se imponía una visita al supermercado de Eva Livs si quería tener algo que llevarse a la boca.
El centro del pueblo estaba desierto y en la plaza de Ingrid Bergman no se veía ni rastro del comercio que bullía allí en verano.
Había buena visibilidad, sin niebla ni bruma, y se divisaba hasta el último golfo de la isla de Valön, que se recortaba contra el horizonte y que, junto con la de Kråkholmen, formaba una angosta abertura hacia las últimas islas del archipiélago.
Llevaba ya recorrido un buen trecho de Gälarbacken cuando tuvo un encuentro. Un encuentro que, de buena gana, habría evitado, por lo que miró instintivamente en busca de alguna escapatoria.
—¡Buenos días!
Elna Persson gorjeó el saludo con una vivacidad descarada.
—Pero ¿no es nuestra paisana escritora quien pasea bajo el sol matinal?
Erica se lamentó para sus adentros.
—Pues sí, pensaba darme una vuelta por el súper de Eva Livs para hacer algo de compra.
—¡Pobre criatura! Debes de estar destrozada después de una experiencia tan terrible.
La papada de Elna temblaba de excitación, y Erica pensó que parecía una golondrina obesa.
El abrigo de lana que llevaba era de color verdoso y la cubría entera, desde los hombros hasta los pies, convirtiéndola en una ingente masa amorfa.
La mujer sujetaba con firmeza el bolso entre las manos y, sobre la cabeza, hacía equilibrio un sombrero demasiado pequeño en proporción al resto.
Parecía de fieltro y también lucía una coloración indefinida, próxima al verde musgo.
Tenía los ojos pequeños y hundidos en una protectora capa de grasa.
La mujer miraba a Erica expectante, como reclamando una respuesta a su apreciación.
—Sí, bueno, no puede decirse que fuera muy agradable.
Elna asintió comprensiva.
—Pues verás, es que me topé por casualidad con la señora Rosengren y me contó que, al pasar con el coche, te había visto a ti junto a una ambulancia ante la casa de los Carlgren, y las dos comprendimos que tenía que haber sucedido algo terrible.
Y después, por la tarde, cuando llamé por teléfono al doctor Jacobsson para otro asunto, me habló del trágico suceso.
Claro, como una confidencia, por supuesto.
Los médicos están obligados por el secreto profesional y eso son cosas que hay que respetar.
Asintió con un gesto pueril para subrayar hasta qué punto respetaba el secreto profesional del doctor Jacobsson.
—¡Y con lo joven que era! Desde luego que una se pregunta qué puede haber detrás de todo.
Personalmente, siempre he pensado que la muchacha parecía un tanto sobreexcitada.
Yo conozco a Birgit, su madre, desde hace muchos años, y sé que es una mujer que tiene los nervios a flor de piel, y esas cosas, ya se sabe, son hereditarias.
Y creída también se volvió, me refiero a Birgit, cuando a Karl-Erik le dieron ese buen puesto de director en Gotemburgo.
A partir de entonces, Fjällbacka dejó de ser lo bastante buena.
Qué va, ya solo contaba la gran ciudad. Pero te digo una cosa, el dinero no le da la felicidad a nadie.
Si la chiquilla hubiera tenido la oportunidad de crecer aquí en lugar de desarraigarla y llevarla a la capital, seguro que no habría terminado así.
Incluso me atrevería a creer que enviaron a la pobre criatura a una escuela suiza, y ya se sabe cómo son las cosas en esos sitios, son experiencias que marcan el alma para toda la vida.
Antes de marcharse era la niña más alegre y desenvuelta que había por aquí.
Vosotras jugabais de niñas, ¿no? Eso es, bueno, yo no tengo más remedio que pensar que...
Elna continuó con su monólogo y Erica, que no veía el fin del desastre, empezó a buscar febrilmente una excusa para zafarse de la conversación, que comenzaba a cobrar un tinte cada vez más desagradable. Y vio la oportunidad en el momento en que Elna hizo una pausa para recobrar el aliento.
—Ha sido un placer hablar contigo, pero, por desgracia, debo irme ya. Como comprenderás, tengo muchas cosas que hacer.
Adoptó un gesto de máximo patetismo y deseó con todas sus fuerzas haber logrado tentar a Elna para que se diera por vencida y siguiera su camino.
—¡Por supuesto, querida! ¿En qué estaré pensando? Todo esto debe de ser muy duro para ti, justo después de la tragedia que le sobrevino a tu propia familia. Te ruego que disculpes la falta de tacto de esta anciana.
A aquellas alturas, Elna se había conmovido a sí misma hasta el punto de que casi se echa a llorar, por lo que Erica asintió benevolente y se apresuró a despedirse. Con un suspiro de alivio, prosiguió el paseo hasta el súper de Eva Livs rogando no encontrarse con más señoras ávidas de información.
Pero no la acompañó la suerte. Varios vecinos de Fjällbacka, inmisericordes, la frieron a preguntas, de modo que la joven no se atrevió a respirar tranquila hasta que no vio la fachada de su casa.
En cualquier caso, uno de los comentarios que había oído le hizo mella.
Los padres de Alex habían llegado a Fjällbacka la noche anterior, ya tarde, y se alojaban en casa de la hermana de Birgit.
Erica dejó las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina y empezó a colocar el contenido.
Pese a sus buenos propósitos, las bolsas no estaban tan llenas de alimentos sanos como ella había planeado antes de entrar en la tienda.
Pero ¿cuándo, si no en un día tan penoso como aquel, podía permitirse el lujo de comprarse unas golosinas?
Muy a propósito, notó que le rugía el estómago, de modo que colocó en un plato un par de bollos de canela, unos doce puntos rojos en la ficha de El peso ideal , que se sirvió acompañados de una taza de café.
Era muy agradable sentarse a contemplar el conocido paisaje que se extendía al otro lado de la ventana, pero aún no se había habituado a la tranquilidad de la casa.
Claro que había estado sola allí con anterioridad, pero no era lo mismo.
Entonces había una presencia, la conciencia de que alguien podía entrar por la puerta en cualquier momento.
Ahora, en cambio, era como si se hubiera esfumado el espíritu mismo de la casa.
Allí, junto a la ventana, estaba la pipa de su padre, esperando que la cargasen. El aroma aún impregnaba la cocina, pero Erica tenía la sensación de que se atenuaba día tras día.
Siempre le había encantado el olor a tabaco de pipa. Cuando era pequeña, se sentaba en el regazo de su padre, con los ojos cerrados y la cabeza contra su pecho. El humo del tabaco se infiltraba en la ropa y ese olor fue símbolo de seguridad durante la niñez.