La primera que se escapó 60
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La jueza era una mujer de su edad, con el pelo recogido y unas gafas colgando de un cordón. Miró a Llorente antes de mirar el móvil. Luego se puso las gafas y se inclinó.

—Explíquemelo, teniente —dijo la jueza, sin levantar la vista de la pantalla.

Llorente se lo explicó por orden, con las fechas y las horas.

—Y usted se calló.

—Me callé.

Tenía la derecha apoyada en la rodilla. La mano que escribió la nota.

La que le estrechó el coronel al día siguiente, delante de un fotógrafo.

La noche antes había vomitado en el baño del cuartel, de rodillas, con la gorra puesta.

Por la mañana se había lavado la cara y había salido a la foto. No movió la mano de la rodilla.

—¿Por qué? —La jueza apoyó el bolígrafo en el folio.

Llorente tardó un poco.

—Porque me dijeron que me había equivocado. Y porque me convenía creérmelo.

La jueza esperó. El funcionario que tomaba nota dejó de teclear un momento y siguió.

—¿Y por qué ahora, teniente?

—Porque ya no me conviene.

La jueza la miró por encima de las gafas. No sonrió. Apuntó algo.

—Sospeché que la prueba la había puesto alguien de dentro —dijo Llorente—. En 2007. Lo sospeché durante diecinueve años. Después de la nota, no se lo dije a nadie. Esa es mi declaración.

—Gracias, teniente. —La jueza se quitó las gafas y las dejó colgando del cordón.

Salió al pasillo a las 11:40. Olía a calefacción y a papel.

En un banco de madera, al fondo, estaba sentado el capitán Sáez, sin gorra, con un abrigo gris que le quedaba grande, esperando su turno.

Había declarado ya dos veces. Esta era la tercera.

La vio pasar y no se levantó. Levantó la mano un poco, a medias, desde la rodilla.

Llorente le contestó con la cabeza. No se pararon.

En la calle hacía un frío seco, de sol. Se sentó en un banco de la plaza, enfrente del juzgado, y sacó la libreta. El banco estaba frío y húmedo de la escarcha de la mañana.

Lo tenía todo apuntado. Siempre lo tenía todo apuntado.

Se había pedido la revisión de la condena de Anselmo Rebollo. Iba a tardar. Todo iba a tardar. Benita Rebollo, con setenta años, había ido al juzgado con el abrigo de los domingos y una foto de su hermano en el bolso.

El informe de Criminalística había llegado el jueves.

Cuesta se lo había leído por teléfono. Dos líneas que Llorente se sabía de memoria.

En la caja de puros del maletero del Seat León había una huella parcial, por dentro de la tapa, que coincidía con las de Andrés Lamela Oria.

Y en su llavero, el que le habían quitado en la vega, entre la llave de su casa de Valladolid y la de la consulta, había una copia de la llave del León.

Hecha en agosto, en una ferretería de Zamora.

El ferretero se acordaba de él. Un señor muy educado.

La llamada de las 02:31 duraba cuarenta segundos. Nueve minutos después, el vídeo de Vera estaba colgado.

Samuel Rebollo Carrasco había salido de la UCI a los nueve días, sin acordarse del golpe.

Estaba en prisión provisional por la detención de una menor.

Había declarado tres veces y en ninguna se había quitado nada: el café de Valladolid, la llave del León, los mensajes, el sótano.

Sin él, lo de Lamela eran unas antenas, una huella y una llave.

Vera había ido a verlo una vez, con su madre esperando en el pasillo.

Llorente no sabía qué se habían dicho. Mara tampoco.

A ella le habían abierto un expediente. Estaba en suspenso, en casa, sin placa, hasta que alguien decidiera qué era lo que había hecho en 2007 y cómo se llamaba.

Se lo habían dicho con mucha seriedad, en un despacho de Madrid, y ella había dicho que lo entendía.

Había dejado la placa y la pistola encima de la mesa, juntas, se había abrochado el abrigo y había salido a la calle.

Esa noche había dormido de un tirón, sin despertador.

Lamela no hablaba. No había dicho una palabra desde la vega. Ni en la comandancia, ni delante del juez de guardia, ni a su abogado, al que miraba con la misma paciencia con la que había mirado siempre a todo el mundo. Comía. Dormía. Leía. Pedía papel y se lo daban con un lápiz blando.

Había pedido una sola cosa. Por escrito, con su letra pequeña e inclinada, en un folio que le habían enseñado a Llorente el martes.

Ver a Mara Ferreras.

Sin motivo y sin fecha. Ver a Mara.

Las líneas del cuaderno las había leído Llorente el martes siguiente a la vega, en una sala de Criminalística, con guantes. Unas pocas, con la hora delante de cada una. La última era la que no se le iba de la cabeza. No se la había contado a Mara y no sabía si se la iba a contar.

Buscó el número. Mara lo cogió al tercer tono. Detrás sonaba una radio y alguien que fregaba platos.

—Soy Llorente. ¿Cómo está la mano?

—Cerrada. Sin venda desde el jueves. Me ha quedado una raya.

—¿Y tú?

—En casa. Sin placa.

—¿Y qué haces todo el día?

—Dormir. Llevaba veinte años sin hacerlo.

Mara hizo un ruido al otro lado que podía ser una risa.

—Lamela ha pedido verte.

Silencio al otro lado. La radio. El agua del grifo. Luego el grifo se cerró.

—¿Para qué quiere verme?

—No lo dice. No dice nada. Solo eso. Que quiere verte.

Llorente esperó. Miró la fachada del juzgado, el reloj de la plaza, que marcaba las 12:05. Unas palomas en el bordillo. Un hombre que paseaba un perro.

—Si dices que sí, te acompaño —dijo—. Si dices que no, no pasa nada. Nadie te puede obligar.

—No —dijo Mara, sin pensarlo y sin subir la voz.

—¿Lo quieres pensar?

Mara tardó un momento. Se la oyó respirar.

—Lo he pensado diecinueve años.