59
Mara lo vio desde fuera, arrodillada en la tierra, con la cara en el hueco del ventanuco.
Llorente la había dejado acercarse hasta allí.
Con un mono blanco de papel encima de la ropa, unas calzas en los pies y una condición: mirar y no tocar nada.
Mara se había arrodillado en el mismo sitio.
La tierra estaba igual de dura. El hueco tenía el mismo tamaño.
Sesenta por treinta y cinco. El borde de piedra seguía raspado donde se le había atascado el pecho.
Sin reja. La reja estaba en una bolsa grande, con una etiqueta.
El agente que había levantado la mano estaba de rodillas en el cuadrado de más cerca de la pared. No se movía. Tenía la paleta quieta en la otra mano y miraba algo en la tierra, a un palmo, que Mara no podía ver desde arriba.
El generador siguió roncando en el patio. Uno de los focos zumbaba.
Llorente bajó la escalera. Se agachó al lado del agente. Miró. Estuvo mirando mucho rato. Se quitó la mascarilla, se pasó el dorso de la mano por la frente y se la volvió a poner.
Levantó la cabeza hacia el ventanuco. Hacia Mara. Asintió una vez.
Mara no se movió.
Estaba aquí. Había estado aquí todo ese tiempo, debajo de la cal, debajo de sus propias rayas, a un palmo del sitio donde Mara había metido el brazo aquella noche.
Donde Vera había dormido dos noches en un colchón.
Donde ella misma se había sentado anoche, apoyada en la cal, con la mano sobre la raya cuarenta y ocho, la floja, la torcida, sin saber lo que tenía debajo.
Sin saber. Sabiéndolo.
Siguió de rodillas, con las manos en la tierra. La mano derecha, vendada, con las tiras que le habían puesto en urgencias a las 04:00. La izquierda, abierta, plana. Apretó la tierra con las dos.
A las 06:00 había llegado su madre al hospital, con el abrigo encima del camisón, en un taxi desde Castrovado.
Se había sentado en la silla de plástico entre las dos camillas, entre Vera y ella, y no había preguntado nada.
Le había cogido la mano sana a Mara y se la había tenido cogida hasta que se hizo de día.
Después, Llorente había ido a tomarles declaración, primero a Vera, después a ella, en una salita con una máquina de café.
Antes de empezar les dijo que Samuel estaba en la UCI, dos plantas más arriba.
Lo habían operado de madrugada. Vivo, sin despertar.
Vera no preguntó nada más. Se quedó mirando la máquina de café hasta que Llorente abrió la libreta.
Mara lo había contado todo otra vez. Esta vez, con las manos.
A las 09:00, Mara le pidió a Cuesta que la llevara a la finca. Vera dijo que iba también. Nadie les dijo que no.
Era doce de octubre. Fiesta. En la radio de uno de los coches de la Guardia Civil, aparcados en el camino, alguien estaba oyendo un desfile. Tambores. Una banda. Se oía lejos, a ratos, cuando el viento venía de ese lado.
No lloró. Miró el hueco blanco hasta que Llorente subió a buscarla.
Llorente se agachó a su lado en el rastrojo, con el mono de papel crujiendo.
—Está debajo de las rayas —dijo—. Justo debajo. Donde las hizo. Hasta que no lo diga el laboratorio no es nadie. Es lo que te puedo decir.
Mara asintió sin apartar los ojos del hueco.
Llorente no se levantó. Se quedó a su lado, en cuclillas, mirando el hueco también. Un rato. Luego le puso la mano en el hombro, un segundo, y se fue.
A las 13:40, en el patio, Llorente le enseñó el móvil.
—Esta mañana han entrado en la consulta de Valladolid —dijo—. Había un armario cerrado con llave en el despacho del fondo. Hay veintidós cuadernos. No te los puedo enseñar. Te puedo enseñar esto.
Una foto. Un cuaderno negro, de tapa dura, abierto por la primera página encima de una mesa, al lado de una regla de plástico con números. Mara la amplió con dos dedos.
Arriba, con una letra pequeña, inclinada, muy regular, escrita a pluma con tinta azul oscura, ponía: Sujeto M.
Y debajo, en la línea siguiente, su nombre. El de antes. Mara Quiroga Ferreras. Diecisiete años. Castrovado.
Y una fecha. 15/10/2007.
Mara lo leyó. Conocía aquella letra. La había visto en tarjetas de cita y en informes desde los diecisiete.
La foto cortaba la hoja justo debajo. Llorente no pasó a la siguiente.
—Hay otro —dijo Llorente, más bajo—. De 2023. Seis meses. Pone Sujeto V.
Mara cerró los ojos y los volvió a abrir.
—¿Lo sabe ella?
—Todavía no.
—Se lo digo yo.
Llorente asintió y se guardó el móvil.
Vera la esperaba fuera, en el coche de Cuesta, en el asiento de atrás, con una manta del hospital por las rodillas.
Había dormido tres horas en una camilla, con suero en el brazo.
Tenía una tirita en la vena y otra en el pulgar, en la uña partida.
Cuando vio a su madre salir del patio, se incorporó.
A las 15:10 Cuesta las dejó en Castrovado, en la calle de atrás de la de Encarna, para que no las vieran las furgonetas. Mara no entró en la casa. Fue hasta su coche, que seguía aparcado en la esquina desde el sábado, lo abrió y se sentó al volante. Vera se sentó a su lado. No arrancó.
Se quedaron así. El motor apagado. Delante, la pared de una casa, un zócalo de piedra, un canalón con una grieta que goteaba en la acera. Mara la miró sin verla. Vera tardó mucho en hablar.
—Siempre haces esto —dijo Vera al fin—. Te sientas en el coche delante de las casas y no arrancas. Mirando paredes.
—Ya.
Vera se miró la tirita del pulgar. La apretó.
—Hay un cuaderno con tu nombre —dijo Mara.
Vera levantó la cabeza.
—De los seis meses. De los jueves. Lo escribía él. Con la misma letra que el mío.
Vera miró la pared de delante un buen rato.
—Me enseñó a respirar —dijo—. Me salvó del autobús. Y lo apuntaba.
—Sí.
Vera asintió. Se le movió la mandíbula. No lloró.
—¿Por qué no volviste?
Lo preguntó sin levantar la voz.
Mara miró la pared.
Tenía la respuesta. La había tenido siempre. En el camino, con la boca tapada. En el Puente, contando remaches. En el hospital, delante de Luisa. En diecinueve años de jueves. No la había dicho nunca. Ni a ella misma.
—Porque ya había dicho que estaba sola.
Se le rompió la voz en la última palabra.
Y ya no pudo pararlo.
Le vino de golpe, desde abajo, desde el estómago, sin avisar.
Se dobló hacia delante. Apoyó la frente en el volante.
No hizo ruido al principio. Luego sí. Un ruido que no conocía, que no era suyo, que le salía por la boca abierta sin que pudiera cerrarla.
Lloraba con todo el cuerpo. Con los hombros.
Con las manos, la vendada y la otra, agarradas al volante.
Le caían las lágrimas en los vaqueros y no se las secaba.
Vera no la tocó enseguida. Esperó. Alargó la mano y se la puso a su madre en la espalda, entre los omóplatos, abierta, sin apretar. La dejó ahí.
Mara lloró mucho rato. No supo cuánto. Cuando se le acabó, se quedó con la frente en el volante, respirando a trozos, con la mano de su hija todavía en la espalda.
—Nunca te había visto llorar —dijo Vera—. Nunca.
—Ya lo sé.
A las 22:40, Mara volvió a Valladolid por la carretera de Zamora, con Vera dormida en el asiento de al lado. Al salir del pueblo, en vez de coger la variante, cruzó por el barrio de la Estación. No lo pensó. Las manos giraron solas.
La calle de los Valverde estaba vacía. Farolas amarillas. Coches aparcados. Las persianas bajadas.
Delante de una casa baja, con un porche pequeño, había una luz encendida. Una bombilla desnuda encima de la puerta. Amarilla. La que llevaba encendida toda la noche, todas las noches, desde 2007.
Mara redujo. Casi paró.
En la ventana de al lado del porche se movió una sombra. Una mano se acercó a la pared, junto a la puerta, por dentro.
La luz del porche se apagó.