La primera que se escapó 58
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Una chica salió de la oscuridad corriendo camino abajo y se paró en seco delante de la linterna de Cuesta, con los brazos abiertos.

Cuesta le subió la luz a la cara de golpe.

Dieciséis años. Blanca de cal, con el pelo sudado en la cara, una sudadera gris del revés y una chaqueta vaquera. Las rodillas del vaquero negras de tierra. Los ojos cerrados contra la luz. Los brazos abiertos, los dedos separados, temblando.

Llorente la había visto en una pantalla un millón de veces desde el sábado. En la foto con el folio. En el vídeo, con la pared detrás.

—Vera. —Llorente le bajó a Cuesta la linterna con la mano.

La chica abrió los ojos. Bajó los brazos.

—Mi madre está dentro —dijo—. Está él.

Llorente miró el reloj. Las 21:40.

—¿Cuántos?

—Uno. Él.

—¿Armado?

—Un hierro. El de la chimenea. —A Vera le temblaba la mandíbula—. Ha matado a Samuel. En la cocina.

Llorente se quitó la chaqueta de plumas y se la echó por los hombros. El frío le entró por la camisa enseguida. La chica ni se dio cuenta.

—Quédate aquí. No te muevas de este camino.

Sacó la pistola. Cuarenta metros. Corrieron por el rastrojo, de lado, hacia la fachada, Cuesta delante con la linterna apagada ahora, ella detrás.

Los tallos les crujían bajo las botas. Llorente solo oía eso y su propia sangre.

El rectángulo amarillo del ventanuco, a ras del suelo, a la izquierda.

Sin reja. La reja en el rastrojo, tirada, con los tornillos al lado.

Dieron la vuelta a la esquina. La puerta principal estaba entornada. Luz dentro.

Cuesta la empujó con el pie.

En la cocina, una mesa de madera, una chimenea con rescoldo y un calendario viejo en la pared. Olía a leña. Y en el suelo, entre la mesa y la chimenea, de lado, con un brazo debajo del cuerpo, un hombre grande con un forro polar gris.

Llorente se agachó. Le buscó el cuello con dos dedos. Esperó. Nada. Esperó más. Debajo de las yemas, muy lejos, algo. Un latido flojo. Otro.

—Está vivo —dijo—. Cuesta, una ambulancia. La primera que haya.

Cuesta ya tenía el móvil en la oreja.

Lo miró todo sin moverse de allí. Una bolsa de plástico caída junto a la pata de la mesa, con una barra de pan asomando.

Dos sillas, una volcada. Unas gotas oscuras en las baldosas, en un reguero, desde la entrada hasta la puerta del sótano.

La sangre de Mara. La reconoció sin necesitar informe.

El interruptor de la luz junto al marco.

Nada roto. Nada revuelto. Una cocina de pueblo donde todo había pasado en un momento.

Samuel Rebollo Carrasco. Treinta y un años. El hijo del desguace. El niño que miraba desde la puerta.

Se levantó. La puerta del sótano, al fondo de la cocina, estaba entornada. Una puerta de tablas con un cerrojo por fuera, descorrido. Por la rendija subía una luz amarilla y ningún ruido.

Llorente miró el reloj otra vez. 21:41.

Abrió la puerta con la mano izquierda. La pistola en la derecha, baja.

Una escalera de ladrillo, estrecha, de doce escalones, con una bombilla desnuda al fondo. Bajó pegada a la pared, contándolos. El cuarto crujió, suelto, y el ruido le subió por la pierna.

Abajo no se movió nada.

Desde el sexto escalón lo vio todo.

Un sótano bajo, de cal, con vigas negras y suelo de tierra, dos postes con argollas, un colchón y un cubo. Y al fondo, debajo de un hueco negro abierto a la noche, sentada en el suelo, apoyada en la cal, con una mano encima de unas rayas, Mara Ferreras.

Levantó la cara hacia ella.

Y en el último escalón, de espaldas a Llorente, un hombre sentado.

Alto. Delgado. Pelo gris muy corto. Tenía un atizador de hierro cruzado encima de las rodillas y, al lado, en el escalón, un cuaderno negro abierto y una pluma sin capuchón encima. La tinta de la última línea todavía brillaba.

Llorente se paró en el octavo.

—Guardia Civil.

El hombre no se volvió enseguida. Cogió la pluma, le puso el capuchón con un clic y la dejó encima del cuaderno. Luego cogió el atizador por el medio, con una sola mano, y lo dejó en el suelo de tierra, delante de él, sin ruido.

Se volvió en el escalón. Hacia ella.

Tenía la cara tranquila. La de la sala de declaraciones. La de «la memoria todavía no es un mapa, teniente».

Levantó las dos manos y le tendió las muñecas, juntas, por encima del hombro, con las palmas hacia arriba.

—Teniente —dijo.

Cuesta bajó los escalones que faltaban detrás de ella, pasó a su lado y le puso las esposas. Le temblaban un poco las manos. Clic. Clic. Lamela no se resistió. Se dejó levantar. Miró el reloj de pulsera, por encima de las esposas, el tiempo justo.

Llorente no bajó la pistola hasta que Cuesta lo tuvo contra la pared. Después la enfundó.

Entonces vio las rayas. En la cal, debajo del hueco, al lado de la cabeza de Mara. Finas y gruesas. Muchas. Llorente no las contó. No hacía falta. Apretó la mandíbula.

Miró a Mara.

Mara no se había movido. Seguía sentada en el suelo, debajo del hueco, con la izquierda sobre las rayas y la derecha en el regazo, abierta, oscura de sangre. Tenía los ojos enormes y la miraba a ella, solo a ella.

Llorente no lo pensó.

—Sube. Tu hija está fuera.

Mara se levantó. Le costó. Se agarró a la cal con la mano buena. Pasó por delante de Lamela, a medio metro, sin mirarlo. Él tampoco la miró. Subió la escalera. El cuarto crujió.

Llorente subió detrás de ella.

En la cocina, Mara no miró al suelo. Salió a la noche por la puerta de fuera. Llorente la siguió hasta la esquina.

Fuera, en el rastrojo, a veinte metros, a la luz amarilla que salía por el ventanuco, estaba la chica. No se había quedado en el camino. Había vuelto. Tenía la chaqueta de plumas de Llorente por los hombros, grande, hasta las rodillas.

Mara se paró a dos metros de ella.

No se abrazaron. Se quedaron así, una delante de la otra, en el rastrojo, con la luz del sótano entre las dos, a ras del suelo. Se miraron. Llorente no oyó que se dijeran nada.

Llorente miró su chaqueta de plumas en los hombros de la chica. Se miró las manos y se las frotó contra el pantalón.

A lo lejos, por la otra punta de la vega, empezaron a verse luces azules. Muchas. Moviéndose entre las choperas. Una sirena, muy lejos, y luego otra.

A las 22:07 llegaron los primeros coches por el camino de arriba, el que venía de la carretera, y detrás una ambulancia.

Se llevaron a Samuel el primero, con un collarín y una vía en el brazo, sin abrir los ojos.

A las 22:15 se llevaron a Lamela, esposado, entre dos agentes que no conocía, sin que dijera una palabra más.

A las 22:20 alguien le echó una manta térmica por encima a Mara y otra a Vera, y las subieron a otra ambulancia, juntas.

A las 22:30 Llorente volvió a bajar al sótano.

Estaba vacío. Quedaban la bombilla, los postes, el colchón y el atizador en el suelo, donde él lo había dejado. En la pared, debajo del hueco, las rayas. Finas, muchas, en grupos de cinco. Y al lado, otras, más gruesas.

En el último escalón seguía el cuaderno. Abierto. Con la pluma encima.

Llorente se agachó. Sin tocarlo. Olía a cal y a humedad. La bombilla le quedaba a la espalda y su propia sombra le caía encima de la hoja. Vio unas líneas escritas a mano, con tinta azul oscura, hasta el pie de la página. Para leerlas tenía que moverlo, y no lo movió.

Se quedó mirándola, agachada, con las manos en las rodillas, hasta que alguien de Criminalística le dijo desde arriba, teniente, por favor.