57
Mara no se levantó.
Estaba sentada en la tierra, debajo del hueco, recostada en la cal. El aire de la noche entraba por arriba y le bajaba por el cuello. El abrigo seguía en el suelo, donde lo había tirado. La mano izquierda, encima de la raya cuarenta y ocho. La derecha, abierta en el regazo, pegajosa.
Él dejó el atizador en el escalón, a su lado, apoyado en la pared. Del interior del abrigo sacó un cuaderno negro de tapas duras. Lo abrió sobre las rodillas. Pasó hojas hasta dar con la que buscaba. Sacó una pluma, le quitó el capuchón y lo encajó en el otro extremo.
Un clic pequeño.
Mara no lo oyó con los oídos. Lo oyó con la espalda, con el tobillo izquierdo, con el estómago. El cuerpo se le fue hacia atrás, contra la cal, antes de que ella supiera por qué. Luego lo supo. Esta misma escalera. Una botella con una pajita. ¿A qué hora cenáis en casa?
Diecinueve años de jueves y no lo había visto escribir nunca delante de ella. Ni una palabra. Ahora escribía.
La pluma raspaba el papel. Mara la oía correr, pararse, correr otra vez. Él levantaba la vista hacia el hueco negro, por encima de Mara, y volvía a la hoja. Escribía despacio, sin tachar. Una línea y otra. Miró el reloj y escribió una más.
Arriba, ni un ruido. Fuera, tampoco. Mara escuchaba el rastrojo por el hueco, los tallos, un pie, cualquier cosa que le dijera que su hija seguía corriendo. Nada. Solo la pluma.
—Se ha parado en el camino —dijo él, sin levantar la cabeza—. Ha mirado atrás. Como tú.
Mara apretó la raya con la yema del dedo. La cal le raspó la piel.
Y luego ha seguido, pensó. Ha seguido corriendo. Sigue. No te pares.
Él terminó la línea. Levantó la pluma del papel y la dejó quieta en el aire, encima de la hoja. La miró. Con la cara de siempre. La del sillón gris, la de las tardes de jueves, la que esperaba sin prisa a que ella llegara sola a donde él ya estaba.
—Ahora puedes contármelo. Por qué dijiste que estabas sola.
Mara lo miró a él y después a la pluma.
Todos aquellos jueves sentado delante de ella, con las manos una encima de otra, esperando eso. Lo que dijera iba a ir al cuaderno. Con su letra. Debajo de todo lo demás.
—No.
No subió la voz. No le tembló.
Él siguió mirándola un momento, sin cambiar la cara. Bajó la pluma y lo apuntó. Mara vio la mano moverse, corta. Dos letras.
Se subió la manga y miró el reloj. Lo miró el tiempo justo.
Mara no tenía reloj. No le hacía falta. Lo supo por la pluma, que volvió al papel y escribió una línea más al pie de la hoja, sin prisa, con la letra pequeña e inclinada de las tarjetas de cita. Las diez menos veinte. La hora cuarenta y ocho. La de Inés y la suya.
Él no levantó la vista hasta terminar. Dejó la pluma encima del cuaderno abierto, sin el capuchón, y dejó el cuaderno en el escalón, a su lado. Volvió a coger el atizador y lo dejó donde estaba antes. Se quedó así, con las manos quietas encima del hierro, mirándola. Ya no le faltaba nada.
Arriba, en la cocina, se oyeron pasos. Dos personas. Una silla que se arrastraba.
Él no se movió.
Mara tampoco. Tenía la mano en la raya de Inés. No la quitó.
La puerta de tablas se abrió.
El cuarto escalón crujió.