56
El rastrojo le cortaba los tobillos y Vera no lo notaba.
Corría. Los tallos cortados crujían bajo las deportivas, se le clavaban por encima de los calcetines, le arañaban las espinillas a través del vaquero.
Delante no había nada. Negro. Un negro un poco más claro arriba, que era el cielo, y uno más oscuro abajo, que era la tierra. Corría hacia la raya donde se juntaban.
Cruza el rastrojo recto hasta el camino.
Tenía la cara de su madre delante. La última. Vista desde arriba, desde el marco del hueco, del revés, blanca de bombilla, con la mancha de sangre de la mano en la mejilla de Vera todavía caliente. Los ojos de su madre mirándole la mano. Sin cogerla. Vete.
Tenía la mano derecha abierta. No la había cerrado desde el ventanuco. La llevaba así, abierta, delante, con los dedos separados, igual que la había metido por el hueco. Nadie se la había cogido. Le quemaba la palma de frío.
Tropezó. Cayó de rodillas. La tierra estaba dura y húmeda y olía a paja. Se le clavó una piedra en la rodilla izquierda y no le dolió. Se levantó. Siguió.
Samuel en el suelo de la cocina, de lado, con un brazo debajo, y la barra de pan asomando de una bolsa caída. El ruido. Lo apartó. No lo apartó del todo. Corrió con él encima.
Oía su respiración, enorme, y no la contaba.
En el camino no te pares.
El suelo cambió. De golpe. Dejó de crujir. Tierra aplastada, lisa, con piedras pequeñas que se le metían en la suela. Era el camino, una línea más clara que cruzaba el campo de lado a lado, la que había visto desde la reja por la tarde.
Y las piernas se le frenaron.
No lo decidió. Se pararon solas, en medio del camino, y Vera se quedó ahí de pie, jadeando, con los brazos colgando y la mano derecha todavía abierta.
No te pares.
Se dio media vuelta.
La casa estaba a cuarenta metros, al otro lado del rastrojo, con todas las ventanas apagadas. Si alguien miraba desde dentro, lo hacía a oscuras.
Y abajo, a ras del suelo, un rectángulo pequeño, amarillo, sin reja. Encendido.
Su madre estaba ahí.
Debajo de esa luz. Sentada en la tierra, al lado de las rayas, con la mano sangrando. Vera la veía sin verla, con la cara que ponía cuando no quería que nadie le leyera nada.
No podía apartar los ojos del ventanuco. El cuerpo entero se le había vuelto hacia allí y no quería darse la vuelta otra vez.
Dio un paso hacia la casa. Otro. Se le fueron los pies solos, hacia la luz, hacia el rastrojo. Estaba a cuarenta metros. Podía volver. Podía meter el brazo por el hueco otra vez.
Vuelve con alguien. Se paró, con los pies en el borde del camino. La luz amarilla allí delante, pequeña, quieta.
Así. Así había sido. Su madre, a los diecisiete, descalza, en este camino. Parándose. Dándose la vuelta. Mirando este rectángulo. Y luego echando a correr.
Hora 24. Te paraste en el camino y miraste atrás. Cuéntales por qué seguiste corriendo.
Lo había leído en el móvil de Samuel, sentado en el escalón, el sábado por la noche, y no lo había entendido. Ahora lo entendía en las rodillas, antes que en la cabeza. Correr era irse.
Entonces lo vio. Al borde del rastrojo, a la derecha, a unos veinte metros de ella, donde el campo se juntaba con la cuneta del camino, había una figura. Quieta. De pie. Alta. Con las manos guardadas.
Vera dejó de respirar.
La figura no dio un paso hacia ella ni la llamó.
Estaba ahí, en la oscuridad, recortada apenas contra el cielo, clavada en el borde del rastrojo.
Llevaba allí todo el rato. Vera había pasado corriendo a veinte metros y no lo había visto.
Le buscó la cara, las manos, algo que leer.
Intentó verle respirar, los hombros, lo que fuera.
No se le movía nada. Solo había una forma. No la seguía.
Vera esperó a que se volviera hacia ella. No se volvió.
Tardó en entenderlo. Tenía la cara hacia la casa. No hacia ella. Hacia el ventanuco. Miraba el rectángulo amarillo a ras del suelo desde veinte metros más allá, con la cabeza ladeada.
No la miraba a ella.
Miraba a la que se había quedado dentro.
La figura echó a andar hacia la casa. Despacio. Sin prisa ninguna. Por el borde del rastrojo, con las manos metidas en el abrigo, sin hacer ruido, hacia la luz. Hacia su madre.
Vera lo vio alejarse. Diez metros. Veinte. Una sombra entre sombras. Luego lo perdió.
Se quedó allí. No supo cuánto. La cabeza se le puso a contar sola, por costumbre, y la paró en el siete. La luz amarilla, quieta, a ras del suelo. Nadie gritaba. Esperó a oír algo y no oyó nada, y eso era peor.
Al rato, una sombra cruzó la luz por dentro, a saltos cortos, escalón a escalón. Y la luz volvió a estar quieta. Vera apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta vaquera. La foto seguía ahí, doblada, con la esquina blanda de tanto tocarla. Dos chicas en una barandilla. Una riéndose. La otra mirándola. La apretó por encima de la tela.
Vuelve con alguien.
Cerró la mano. Se giró y echó a correr.
Camino abajo. Hacia donde el aire olía más a agua. El camino bajaba y se torcía y ella bajaba con él, a zancadas, resbalando en las piedras, con los brazos abiertos para no caerse. A la izquierda, lejos, detrás de las choperas, se oía el río.
El río a la izquierda.
Síguelo. Te lleva al Puente.
Las piernas le dolían. Tenía la boca seca y un pinchazo en el costado. Pisó un charco hasta el tobillo, helado, y el frío le subió por la pierna de golpe. No paró.
No contaba. No iba a contar nunca más con esa voz. Contaba los pasos, como su madre. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Tenía que ser ya la hora de Samuel. A las diez menos veinte te llevo a casa. Te lo juro. Ya se volvía ella sola.
Y entonces, abajo, en el camino, una luz.
Pequeña. Blanca. Moviéndose. Un círculo en el suelo, delante de unos pies, que subía por el camino hacia ella, balanceándose un poco a cada paso. Una linterna. Y detrás, dos sombras.
Vera no se escondió. No pensó en esconderse.
Corrió hacia la luz. La luz se paró. Subió de golpe hasta su cara, blanca, y la dejó ciega.
Vera se paró en mitad del camino, delante de la linterna, y abrió los brazos.