55
Oscuridad total.
Mara no veía a su hija. La oía. Una respiración rápida, a golpes, a un metro, a la izquierda. La suya no la oía.
Arriba, pasos. Se pararon. Un chasquido.
La bombilla se encendió. Colgaba de un cable en el centro del techo, desnuda, amarilla, y lo encendió todo de golpe. Él quería verlas.
Mara parpadeó. Subió la escalera sin pensarlo y empujó la puerta de tablas con el hombro. No se movió. El cerrojo, por fuera. Empujó otra vez. Bajó.
Techo bajo. Vigas negras. Paredes de cal.
Suelo de tierra apisonada. Dos postes de madera gruesa debajo de la viga maestra, cada uno con su argolla de hierro abajo, a la altura del tobillo.
Un colchón. Dos mantas. Un cubo. Botellas de agua vacías, en fila junto al muro.
La escalera de ladrillo, la puerta de tablas arriba.
En el muro del fondo, alto, casi en las vigas, el ventanuco, con su reja de cuatro barrotes y el negro de la noche detrás.
Siete pasos por cinco. Lo midió sin querer. Lo había medido entonces, a los diecisiete, a oscuras, con los pies. Era igual. Nada había cambiado de sitio, ni los postes ni el ventanuco. Solo el colchón era otro.
Miró el poste de la izquierda. La argolla negra, abajo. El tobillo izquierdo le dolió de golpe, un anillo de dolor que no estaba ahí un segundo antes. Se lo apretó con la mano buena por encima del calcetín. No había cadena. Lo soltó.
Vera estaba de pie, cerca del poste de la derecha. El otro. El de Inés. Con la sudadera gris del revés y la chaqueta vaquera, el pelo sucio en la frente, las manos negras de tierra. Tenía los ojos muy abiertos y miraba la escalera.
—Lo ha matado —dijo Vera.
—Sí.
—Estaba ahí. Samuel. Estaba ahí de pie y lo ha...
—Sí.
Vera se apretó los puños contra los ojos, fuerte, un momento, y los bajó. No lloraba. Tenía la cara seca y la boca apretada.
Mara fue hasta el ventanuco. Tres pasos. Debajo, en la cal, casi a ras del suelo, estaban las rayas. Se agachó.
Las conoció antes de contarlas. Finas, arañadas con algo de metal, con la cal cerrada un poco por encima con los años. Cuatro palotes y uno atravesado, en grupos de cinco. Nueve grupos. Tres sueltas.
Levantó la mano izquierda y las tocó.
Pasó la yema por la primera, por la segunda, una por una. Cuarenta y ocho. La última estaba un poco más abajo que las otras, un poco torcida, más floja. Como hecha con la mano cansada. Mara dejó el dedo encima de ella.
Y al lado, otras. Más gruesas. Más blancas. Hechas con una piedra. En grupos de cinco también, con el mismo palote atravesado, siguiendo las de Inés sin dejar hueco. Las contó. Veinticuatro.
Se volvió. Vera la estaba mirando.
—Desde el sábado —dijo Vera—. Una cada hora. Más o menos.
Vera le miró la mano derecha. La sangre le bajaba por la muñeca hasta la manga.
—Estás sangrando —dijo Vera.
Mara no se miró la mano. Vera tenía la uña del pulgar partida, negra por el borde. Mara la vio. Le puso la mano izquierda en la mejilla un momento. La quitó.
Se quedaron de pie en el centro del sótano, debajo de la bombilla, sin tocarse. De arriba no bajaba ningún ruido, ni pasos ni sillas.
Vera empezó a respirar deprisa. Mara lo oyó. Los hombros de su hija subiendo y bajando. Vera cerró los ojos.
—Inspira —dijo Vera, muy bajo—. Cuatro.
Se paró. Abrió los ojos.
—Me lo enseñó él. No quiero contar con él.
—Pues cuenta otra cosa. —Mara señaló la pared con la barbilla—. Cuenta las tuyas.
Vera se volvió hacia la cal. Puso el dedo en la primera raya gruesa y empezó en voz baja. Cuarenta y nueve. Cincuenta. Cincuenta y uno. Llegó a la setenta y dos. Mara la oyó respirar mejor, más hondo, de número en número.
—¿Es verdad lo del camino? —dijo Vera—. Que te paraste. Que te diste la vuelta y miraste la casa. Y luego seguiste corriendo.
—Sí.
Vera asintió. No apartó la vista.
—Yo te puse el pendiente —dijo—. En la mesita. El viernes. Me levanté a las cuatro, descalza, y te lo dejé al lado del vaso para ver qué me decías.
—Lo sé.
Vera abrió la boca. La cerró.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde ayer.
Vera se mordió el labio. Miró al suelo. Volvió a mirarla.
—Te dije que era una baratija —dijo Mara—. No era una baratija.
—Ya lo sé, mamá.
Mamá. Mara se lo oyó entero. Lo guardó.
—Nunca me dijiste su nombre —dijo Vera—. El de ella. Nunca.
Mara miró las rayas finas.
—Inés —dijo—. Se llamaba Inés Valverde. Tenía diecisiete años. Se reía con la cabeza echada hacia atrás. Quería irse a Madrid.
Vera miró las rayas también.
Arriba, algo. Una puerta, lejos, la de la calle. Pasos sobre grava, que se alejaban por un lado de la casa.
Al rato, fuera, al otro lado del muro, en el rastrojo, a ras del suelo, justo detrás del ventanuco, un ruido de metal contra metal. Un chirrido corto. Otro.
Vera miró a Mara. Mara miró el ventanuco.
Un destornillador. Alguien, fuera, de rodillas en el rastrojo, sacando los tornillos de la reja uno a uno. Sin prisa. El primero. El segundo. Un tornillo cayó en la tierra de fuera, pequeño, con un ruido que casi no se oyó.
El tercero. El cuarto.
La reja se movió. Se despegó del marco con un crujido de cal y desapareció hacia arriba, hacia fuera, y cayó en el rastrojo con un golpe blando de hierro en tierra.
El hueco. Negro. Sesenta por treinta y cinco. Olía a noche, a paja, a frío.
Fuera, pasos en el rastrojo, alejándose. Hacia el camino.
Mara miró el hueco. Miró a su hija.
Arrastró el cubo hasta la pared, lo puso boca abajo y se subió.
El muro era grueso y el hueco era un túnel corto que subía hacia fuera.
Metió los brazos y la cabeza, de lado, como a los diecisiete, y empujó.
El hombro se quedó en el marco. Se quitó el abrigo, lo tiró al suelo y lo intentó otra vez, con los hombros rectos, torcidos, buscando el ángulo.
La cal le raspó la oreja y la cara. Se le quedaba el pecho aplastado contra el borde de piedra y no pasaba de ahí.
Lo midió con la mano por dentro, palmo a palmo, como medía un pasillo.
A los diecisiete había salido por ahí retorciéndose, con Inés empujándole los pies. A los treinta y seis no pasaba.
Se bajó del cubo.
—No quepo —dijo—. Tú sí.
Vera miró el hueco. Volvió los ojos hacia ella.
—Cuando salgas —dijo Mara—, no vayas hacia la casa. Cruza el rastrojo recto hasta el camino. Y en el camino no te pares. Sigue bajando hasta el río. Y cuando llegues al río, síguelo con el agua a la izquierda. Te lleva al Puente.
—¿Y él? —Vera miró hacia la escalera.
—Él va a estar mirando. No te pares.
Vera tardó un segundo. Negó con la cabeza.
—No. Salgo y tiro de ti. Desde fuera.
—Vera. —Mara le cogió la cara con las dos manos. La sangre de la derecha le manchó la mejilla. No la soltó—. Mírame. No quepo.
Vera la miró mucho rato y se volvió hacia el ventanuco.
Se subió al cubo. Mara se puso a su lado, de espaldas a la pared, y entrelazó las manos por delante, a la altura de los muslos. La palma derecha le quemó. No aflojó los dedos.
Vera puso el pie.
Pesaba poco. Mara la subió. Vera se agarró al marco con las dos manos, metió la cabeza, los hombros, se retorció. Mara le empujó los pies, las piernas, las deportivas. La cal se desmoronó en polvo sobre su cara. Vera pataleó una vez y salió. Las deportivas desaparecieron por el hueco.
Arriba, en el marco, apareció la cara de Vera, del revés, sucia de cal, con el pelo colgando. Estaba tumbada en el rastrojo, boca abajo. Metió el brazo entero por el hueco. La mano abierta, delante de la cara de Mara, a un palmo.
—Dame la mano.
Mara miró la mano.
Los dedos de su hija. Las uñas negras de tierra, una rota. La palma abierta hacia ella.
No se la dio.
—Vete. Y esta vez vuelve con alguien.
—¿Y tú?
—Yo me quedo. Vete.
La mano de Vera siguió ahí, abierta, un momento más. Los dedos se movieron una vez, buscando. Se retiró hacia fuera, todavía abierta. La cara desapareció del marco.
Pasos en el rastrojo. Rápidos. Corriendo. Los tallos cortados crujiendo, uno detrás de otro, cada vez más lejos, cada vez más bajo.
Mara seguía debajo del ventanuco con las manos entrelazadas. Las soltó. Se miró la palma derecha, abierta, roja.
Los pasos se acabaron.
Mara se apoyó en la cal, al lado de las rayas, y se dejó resbalar hasta quedar sentada en la tierra, debajo del hueco negro, con la espalda en el muro y la mano izquierda encima de la última raya de Inés, la floja, la torcida. Esperó.
Arriba, la puerta de fuera. El cerrojo de la puerta de tablas. La puerta se abrió.
Bajó despacio. El primero. El segundo. El tercero. El cuarto crujió.
Se sentó abajo, en el último escalón. Dejó el atizador cruzado encima de las rodillas. Se apartó la manga del abrigo y miró el reloj.
Eran las 21:36.