54
Unos faros barrieron la cocina de lado a lado, la pared encalada, el calendario de la cooperativa, la boca negra de la chimenea, y Samuel apagó la luz.
Vera no se movió de la mesa. Oía a Samuel respirar a su lado. Fuera, el motor de un coche que se acercaba en primera por la tierra, las ruedas crujiendo en la grava, y se paraba delante de la puerta. El motor siguió encendido un momento y se apagó.
—Sube —le había dicho—. Rápido.
Ella había subido los doce escalones detrás de él.
El cuarto crujió. Arriba estaba la cocina, con la mesa de madera, dos sillas y la chimenea con el rescoldo, y el atizador apoyado en la piedra.
La puerta de fuera, gruesa, tenía los dos cerrojos descorridos.
Samuel no cerró la puerta del sótano al salir.
La dejó abierta del todo, con la luz de la bombilla subiendo por la escalera.
Vera le había dicho vámonos. Ahora. En el coche. Que por la tarde bien que había salido.
—Esta tarde he ido solo, por caminos. Si salgo a la carretera con una chica en el coche, me pegan un tiro antes de llegar a la nacional. —Samuel no la miraba—. Tengo cuatro pendientes de muertas en el maletero, Vera. Lo dice la tele.
—Pues a pie. Los pendientes, que se queden en el maletero.
—No. Quiero que me lo diga a la cara.
Samuel había sacado del pantalón la llave larga de hierro, la de la anilla grande, y se la había dejado en la palma abierta. Sin tocarla. Había esperado a que cerrara los dedos ella.
—Si pasa algo, corres.
Ahora la llave pesaba en su puño, a oscuras, caliente. Se notaba los dientes de hierro contra la palma.
—Vera —dijo Samuel en la oscuridad. Muy bajo.
—Qué.
—Perdóname.
Vera apretó la llave hasta clavarse la anilla. Oyó cómo él tragaba.
Pasos fuera. Dos personas. Unos pasos que arrastraban un poco y otros que no hacían ningún ruido.
Una llave entró en la cerradura desde fuera. Giró.
Samuel dejó de respirar. Vera lo notó a su lado, el cuerpo entero de él parándose. Su llave estaba en la mano de ella. Aquella era otra.
La puerta se abrió. Entró el frío de fuera y un olor a noche, a tierra. Una mano buscó en la pared, junto al marco, sin dudar, en el sitio exacto. Clic. La luz.
Su madre estaba en la puerta.
Delante. Con un hombre detrás, alto, y la mano de él puesta en su hombro. Su madre llevaba el abrigo gris abierto, los vaqueros manchados de barro hasta la rodilla y la mano derecha colgando, abierta, roja. Tenía la cara blanca. Más blanca que el viernes en casa, con la baratija en la mano.
Se miraron. Vera no supo cuánto. Su madre la repasó entera, deprisa, la cara, las manos, los pies, contando si le faltaba algo.
Después le buscó los ojos y ya no los soltó.
Vera tenía la llave en el puño y la boca abierta y no le salía nada, ni mamá, ni nada, y su madre la estaba mirando como no la había mirado nunca, sin apartar la vista, sin mirar a la pared.
El hombre cerró la puerta detrás de ellos. Sin prisa. Soltó el hombro de su madre.
Vera lo miró a él.
Las manos. Quietas. Las uñas cortas y limpias. La cara delgada, las gafas de montura fina, el pelo corto y gris. Se lo había imaginado toda la tarde y no se lo había imaginado así. Era un señor. Un señor normal, de los que esperan en la cola de la farmacia.
Samuel dio un paso hacia delante.
—¿Fuiste tú? —Le salió ronco, casi sin voz.
El hombre lo miró. Con paciencia. Con la cara de quien tiene delante a un paciente que ha llegado tarde.
—Samuel, siéntate.
Vera conoció la voz. No la de la llamada. La de antes. La de la habitación blanca, la del sillón gris, la que contaba con ella. Se le enfrió la espalda.
Él fue hasta la chimenea. Así, sin más. Cruzó la cocina en cuatro pasos, sin mirar dónde pisaba, y se plantó delante del rescoldo, de espaldas a ellos, con las palmas abiertas hacia el calor.
—¿Fuiste tú? —repitió Samuel, más alto—. ¿Las chicas? ¿Lo del coche? ¿Mi padre?
La voz le subió de golpe en la última palabra. La mandíbula. Vera vio cómo se le cerraban los puños a los lados del cuerpo. Tenía los nudillos blancos.
El hombre no se volvió.
Samuel fue hacia él.
Tres pasos. El hombre bajó la mano derecha sin mirar, como quien coge una taza, y la cerró sobre el atizador apoyado en la piedra. Se dio la vuelta.
El golpe.
Un ruido corto, sordo. Samuel cayó de lado contra la pata de la mesa y quedó tendido en el suelo, entre la mesa y la chimenea, con un brazo debajo del cuerpo. No se movió. Nada más.
Vera no gritó. No le salió. Oyó a alguien que hacía un ruido pequeño, agudo, y tardó en saber que era su madre.
Su madre había cruzado la cocina y estaba delante de ella.
Delante. Entre ella y la chimenea, con los brazos un poco abiertos, sin tocarla.
La espalda de su madre. El abrigo gris. La mano roja goteando en las baldosas.
Si pasa algo, corres.
La puerta estaba a cinco pasos. A la izquierda. Cerrada. Y la llave de Samuel en su puño.
Vera no corrió. No lo decidió. Se lo notó en las piernas, que no se movían. Miró la espalda de su madre.
Su madre no miró a Samuel. La miraba a ella.
El hombre apartó el puño del abrigo y miró el reloj. Dejó el atizador apoyado otra vez en la piedra. Se miró las manos. Se las limpió una contra otra, dos veces. Cruzó la cocina hacia ellas, rodeando a Samuel sin mirarlo, y se paró delante de su madre.
—Aparta, Mara —dijo, sin levantar la voz.
Su madre no se apartó.
Él no insistió. Alargó la mano por un lado, por encima del brazo de su madre, y la puso abierta delante de Vera. La palma hacia arriba.
—La llave, Vera.
Vera miró la mano. Una mano quieta encima de una rodilla, detrás de una mesa baja, con un cronómetro haciendo tic. Abrió el puño.
Él cogió la llave con dos dedos, sin esfuerzo, sin darle las gracias, y se la guardó. Volvió a la chimenea y cogió el atizador.
—Abajo —dijo—. Las dos.
La puerta del sótano seguía abierta y la bombilla alumbraba los escalones desde abajo. Su madre bajó primero, de espaldas a él, sin dejar de estar delante de Vera, un escalón detrás de otro, con la mano buena buscando la pared. Vera bajó detrás. El cuarto crujió. Contó doce hasta pisar la tierra.
Arriba, el hombre esperaba en el umbral de la puerta del sótano, recortado contra la luz de la cocina, con el atizador colgando de la mano.
Miró a su madre. Solo a ella.
—Solo cabe una. Ya lo sabes, Mara.
La puerta. El cerrojo.