La primera que se escapó Inés. Hora 48
88%

Inés. Hora 48

El cerrojo.

Inés tiene la mano en la cal. En la última raya. La acaba de hacer, a oscuras, con la punta del pendiente, contando hasta tres mil seiscientos con los labios. Nueve grupos de cinco. Tres sueltas. Cuarenta y ocho.

El sitio que dejó libre ya no está libre.

La bombilla se fundió por la tarde. Hizo un ruido pequeño, un clic, y se quedó negra. Desde entonces no hay nada. Ni la reja. Ni el cubo. Ni sus manos.

La puerta se abre arriba. No entra luz. Arriba también está oscuro.

Pasos. El primero. El segundo. El tercero.

El cuarto escalón cruje.

Inés no ve quién baja. Oye los pies en el ladrillo, despacio, uno y otro. No huele a nada. O ella ya no huele. Tiene la lengua pegada y los labios rotos y no huele a nada.

Piensa en Madrid.

Un balcón pequeño con la ropa tendida. El metro. La línea verde. La parada que tiene rodeada en el plano. Sale a la calle y sube una escalera y abre una puerta y en la cocina está Mara, con las manos llenas de harina, riéndose.

Tonta.

Tonta tú.

Los pasos llegan abajo. Se paran.

Piensa en diez.

Del uno al diez. Se lo preguntó él, con la pluma encima del cuaderno. Del uno al diez, ¿cuánto crees que te quiere? Y ella no tuvo que pensarlo.

Diez.

Diez, dijo. Y él lo apuntó.

Inés aparta la mano de la raya. Apoya las dos palmas en la cal. Le tiemblan los brazos. Le tiembla todo. El tobillo le arde dentro del candado.

Mara ha dicho que vuelve. Mara vuelve.

Ha tardado porque no sabían dónde era. Ya lo saben. Ya han encontrado el sitio.

«Ya viene», piensa. Y se levanta a recibirla.