La primera que se escapó 53
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El seguro de las puertas bajó con un chasquido cuando Lamela arrancó.

Las cuatro a la vez. Clac. Mara tenía la izquierda apoyada en el tirador y no la movió.

Mara llevaba la mano derecha abierta encima del muslo. Sangraba en el vaquero. No la cerró.

—¿Dónde está? —dijo Mara, sin mirarlo.

—Donde estuviste tú.

—¿Está viva?

—Sí.

Llevaba el volante con las dos manos, a noventa, sin adelantar a nadie. A los lados pasaban choperas grises, rastrojos, más choperas.

—Las cuatro chicas —dijo Mara.

—Ensayos —dijo, sin cambiar el tono.

—¿De qué?

—Todas tenían a alguien. Una amiga, una hermana. Me llevaba a una y miraba qué hacía la otra. Ninguna vino a buscarla.

Mara miró la carretera. El frío le subió desde los pies.

—La tarjeta. —Le costó la voz—. Para la que se queda. Inés me la enseñó en el banco de la ribera. Yo quería una.

—Lo sé. Te vi mirarla. Tú nunca estuviste en la lista, Mara. Te llevé para que salieras.

Mara apretó el tirador. No cedió. Lo soltó.

A las 19:07 cruzaron el puente de la nacional.

Debajo, el Duero, ancho, de color plomo.

Un camión en sentido contrario, con las luces puestas.

Mara lo miró pasar por el lado de él, a un metro, detrás del cristal.

No levantó la mano. El camión se fue. Lo siguió en el espejo de su lado hasta que fue un punto.

Lamela giró a la derecha al final del puente y cogió una carretera estrecha, sin pintar, que volvía río arriba por la otra orilla.

Otra orilla. Río arriba. Mara lo había escrito a las 15:30 con el pulgar, con el barro en los bajos del pantalón. Cuatro palabras. Y las había borrado una a una para no mandar a nadie al sitio equivocado.

Miró el freno de mano, entre los dos asientos, a un palmo de su rodilla. Lo miró mucho rato.

—No —dijo Lamela, sin volver la cabeza—. Si nos quedamos en una cuneta, no llegas. Y yo soy el único que sabe el camino.

Mara apartó la vista del freno.

—La teniente —dijo Mara.

—La teniente está buscando en la otra orilla. Donde le dijiste.

Mara pensó en la sangre de su mano en la barandilla. En los tablones. Alguien tendría que verla.

—Las cuarenta y ocho horas —dijo Mara—. ¿Qué hacías?

—Hablar contigo. Salía de tu casa y bajaba a verla.

Mara vio la calle alta, blanca de sol de mediodía. Un hombre con abrigo, bajando por la cuesta de la iglesia sin prisa. Hacia el río.

Se le cerró la garganta. Tragó. No pasaba nada.

—¿Cómo está?

—Como estabas tú.

Mara cerró la mano derecha. La herida se abrió. La dejó cerrada.

—¿Por qué?

Lamela tardó en contestar. Redujo para una curva. Volvió a meter la cuarta.

—Porque todo el mundo suelta la mano. Quería saber si tú también.

Fuera, la luz se iba. Durante un tramo la carretera fue pegada al agua y Mara vio las luces de Castrovado en la orilla de enfrente.

La torre de la iglesia. Los tejados. Y abajo, una raya negra atravesada sobre el agua, con una farola pequeña encendida en la punta.

El Puente, visto desde aquí. Desde este lado. Por primera vez desde aquella noche.

Luego la carretera se metió entre choperas y ya no se vio nada. Mara buscó la manilla de la ventanilla y no había manilla. Había un botón. Lo apretó. No bajó.

—Tu hija miente bien —dijo Lamela—. Se toca la oreja. Siempre la izquierda.

Mara giró la cabeza hacia él. Él seguía mirando la carretera.

—Los jueves también se la tocaba —dijo.

—La reja —dijo Mara—. Estaba floja.

—La aflojé yo el sábado. Os lo puse fácil.

—Y la cajita de la nave.

—La dejé yo esa noche. Tu guardia la encontró al día siguiente.

Mara se miró la palma. La sangre se le había secado en las rayas de la mano y por encima volvía a salir, fresca.

—El tren.

—No había ningún tren.

—Y el hierro.

—Olía a vino. Tú ibas a decir vino.

—Y ayer. El tren. —Le salió más alto de lo que quería—. Para qué.

—Para que buscaran en la otra orilla. Para que esta casa siguiera a oscuras un día más.

Mara cerró los ojos un momento. El salón de su madre. El péndulo. La boca abierta para decirlo. Y la voz de él, suave, antes: ¿olía a aceite, a hierro? Los abrió.

—En la nave —dijo Lamela, sin apartar la vista de la carretera—, el sábado por la mañana, dijiste en voz baja «estáis buscando donde yo os dije». Tenía la mano en tu espalda. Llevaba diecinueve años esperando oírtelo.

Mara se agarró el cinturón de seguridad con la mano izquierda, fuerte, por encima del pecho.

—¿Y el Puente? —dijo—. Lo de que estaba sola. ¿También lo pusiste tú?

—No. Eso fue tuyo. —Siguió mirando la carretera—. Te estuve esperando en el camino hasta que se hizo de día. Luego leí el atestado.

A Mara se le fue la mano al cierre del cinturón. No lo abrió.

A las 19:38 Lamela dejó la carretera y cogió un camino de tierra que subía entre rastrojos.

Los faros encendían la tierra aplastada, las piedras pequeñas, las rodadas secas.

Iba en segunda y el coche cabeceaba en los baches.

Mara conoció el camino antes de verlo. No la cabeza.

Los pies. Se le encogieron dentro de las zapatillas.

A la izquierda se abrió el rastrojo, pálido, enorme, subiendo un poco hacia una loma. Tallos cortados en filas. Cuarenta pasos, pensó sin querer. Lo que había corrido descalza.

A las 19:44 Lamela frenó. Arrimó el coche a la cuneta de la derecha. Apagó el motor. Apagó los faros.

Quedaba una luz gris, sin sol, que no alumbraba nada. A la izquierda, a cuarenta pasos, detrás del rastrojo, una forma oscura contra el cielo. Baja. Un tejado. Una chimenea. Ni una luz.

—Aquí —dijo él, con las manos todavía en el volante.

Se quedaron así. Mara oía el motor enfriándose, un tic metálico debajo del capó. Oía su propia respiración. La de él no la oía.

—Aquella noche —dijo Mara. Tenía la voz rota y la dejó rota—. El coche. El motor que pasó. Pensé que eras tú.

—Era un vecino que volvía de las fiestas por la carretera. No era yo. Yo estaba aquí.

Mara miró la cuneta por su ventanilla. Hierba seca. Negro.

Pasaron minutos. Mara no los contó. Él tampoco habló. Tenía las manos encima de los muslos, una sobre otra, quietas. El cristal de Mara se empañó un poco con su aliento y se volvió a aclarar.

—¿Qué esperamos? —dijo Mara.

—Nada. Mírala. —Era la voz de los jueves—. Tómate tu tiempo.

Mara miró la casa. Tenía las piernas tensas debajo del salpicadero, como para correr, y no había adónde. El seguro seguía echado. Cuarenta pasos de rastrojo. Una pared. Una chimenea. Y debajo, en el sótano, su hija.

—Inés —dijo Mara—. La hora cuarenta y ocho. ¿Qué le hiciste?

Lamela no contestó. Él también miró la casa. No movió las manos.

—¿Y Samuel? —dijo ella al fin.

—Samuel necesitaba que alguien le dijera que tenía razón. Se la di. Le enseñé a preguntar cuánto te quieren. Aprendía rápido.

Del uno al diez. Mara lo oyó con otra voz, la de un sótano, a su lado, en la oscuridad. Del uno al diez, ¿cuánto crees que te quiere?

—¿Qué quieres de mí?

Lamela giró la cabeza hacia ella. No lo había hecho desde el Puente. En la penumbra del coche, Mara solo le veía el perfil.

—Te di diecinueve años. No te pido nada que no sea mío.

Mara apretó el cinturón contra el pecho. No buscó qué contestar.

Se quedaron allí. El reloj del salpicadero estaba apagado con el motor y Mara perdió la cuenta de la hora.

Sabía que pasaba el tiempo porque se le iba enfriando la sangre de la mano y porque el cielo ya no era menos negro que la tierra.

Media hora. Más. La casa seguía allí, a cuarenta pasos, negra, sin una luz, igual que aquella noche.

Él miró su reloj. Le dio la luz de la pantallita un momento. Las 20:14.

Clac. El seguro de las puertas subió.

—Sal si quieres —dijo.

Mara abrió la puerta. El aire de la vega le dio en la cara, frío, oliendo a paja y a tierra. Bajó. Tenía las piernas dormidas y le temblaron. Dio dos pasos por el camino, hacia delante, por delante del morro del coche. Tierra aplastada. Piedras pequeñas. Las piernas se le pararon solas.

Detrás de ella se abrió la otra puerta. Pasos en la hierba de la cuneta. Se pararon.

Le llegó el olor.

Café y papel. Pequeño, seco, que no era del campo. El mismo. El que se le había ido aquella noche antes de saber qué era.

—Te paraste a tres metros de mí.

Mara no se volvió. Midió sin querer. Tres metros. Casi cuatro pasos de los suyos. Lo que hay de una puerta a una cama. Aquella noche, parada en el camino, jadeando, con las manos en la boca, lo había tenido ahí. A casi cuatro pasos. Mirándola.

Miró la casa. Desde el sitio exacto. El rastrojo pálido. La pared. Y abajo, a ras del suelo, el sitio donde debía de estar el ventanuco, negro sobre negro.

Y el ventanuco se encendió.

Un rectángulo pequeño, amarillo, del tamaño de una bandeja, con cuatro barrotes negros atravesados. Esta vez tenía luz.