52
El móvil de Mara Ferreras estaba apagado.
—Salió a las seis y cinco —dijo Encarna—. Dijo que había quedado con Andrés en el Puente. Que iban a hacer una cosa de la memoria. ¿Pasa algo?
—¿Le dijo adónde iban después?
—No. ¿Pasa algo, teniente?
—Si vuelve, que me llame. A la hora que sea.
Colgó antes de tener que contestar.
A las 19:02 llamó Cuesta desde el hostal. Hablaba bajo. Se le notaba que tenía gente cerca.
—Salió a las seis. Solo. En su coche, un Passat gris. La matrícula está en el registro del hostal. La de la barra dice que no se ha llevado la maleta. La habitación está pagada hasta mañana.
—Pase la matrícula a todas las patrullas. Y váyase al Puente con una linterna. Mírelo entero.
Llorente se plantó delante del tablón. El nombre en la libreta. La columna de las explicaciones, sin tachar. Un paciente. Un portal. Un edificio.
Llamó a la comandancia. Pidió al oficial de guardia algo que no pedía nunca un domingo por la tarde: todas las fincas del término de Castrovado que constaran en el catastro a nombre de Lamela. Y si no había nada, a nombre de Oria.
—¿Oria?
—El segundo apellido. Oria. O, erre, i, a.
—Eso va a tardar, teniente.
Llorente apuntó la hora de la petición en la libreta y colgó.
A las 19:18 volvió a llamar Cuesta. Esta vez no hablaba bajo.
—En el Puente no hay nadie. —Una pausa. Se oía el río detrás, fuerte—. Pero hay sangre. En un tablón del medio, al lado de la barandilla del lado de río arriba. Unas gotas. Cinco o seis. Frescas. Y en la barandilla, una mancha, como de una mano.
Llorente cerró los ojos un segundo. La tirita sucia. La palma que Mara no dejaba de abrirse.
—Precíntelo. Que no pise nadie. Y vuelva.
La columna de las explicaciones seguía allí, en la libreta. La miró un momento y cerró la libreta sin tacharla.
A las 19:48 llamó la comandancia.
—A nombre de Lamela, nada. A nombre de Oria, una. Remedios Oria Pascual. Fallecida en 2003. No consta que se haya hecho la herencia. Finca rústica con construcción, vega norte, río arriba del Puente, a unos dos kilómetros. El paraje se llama El Cascajal.
Llorente apretó el teléfono contra la oreja.
—¿Teniente?
—Repítamelo. —Abrió la libreta por una hoja limpia.
El oficial lo repitió. Llorente lo escribió letra a letra. Remedios Oria Pascual. 2003. Vega norte. El Cascajal.
La madre. La casa de la madre. Veintitrés años sin poner nada a su nombre.
El Cascajal.
Lo había leído hacía poco, en un parte. Buscó en el móvil los partes de la noche del sábado, los bajó con el pulgar, deprisa, hasta la línea.
20:10. Carretera de la vega, frente a finca El Cascajal. Deshabitada, sin luz.
Ella había mandado esa patrulla. A las 16:30 del sábado, a mirar sin abrir puertas. Había pasado por delante, por la carretera, por el lado que no tiene ventanas. Y ella había leído el parte el sábado por la noche, en la puerta de Sáez, y había guardado el móvil.
La vega norte. La chica venía del lado norte. Lo tenía anotado desde el 15 de octubre de 2007, con la letra de una guardia de veintidós años.
A las 19:55 pidió refuerzos a la comandancia.
Explicó lo que tenía en pocas frases. Una menor retenida, probablemente.
La madre, desaparecida con el sospechoso hacía una hora.
El sospechoso, identificado. La finca. Le dijeron que sí, que salían, que una hora como poco, que no se moviera, que esperara.
—Voy para allá —dijo Llorente—. A mirar. No entro sin ustedes salvo que haya riesgo para la menor. Mándenmelos detrás.
Cuesta llegó al patio a las 20:01, con la linterna todavía en la mano y el pantalón mojado hasta la rodilla.
—¿Esperamos a los de Zamora, teniente?
—No. —Llorente ya tenía las llaves en la mano.
Subieron al coche de Llorente. Ella conducía.
Para ir en coche a la vega norte había que cruzar por el puente de la nacional, doce kilómetros río abajo, y volver por la otra orilla, por caminos.
Cuesta lo sabía de memoria. Se lo fue diciendo curva a curva.
Aquí a la derecha. Ahora recto. Cuidado con este bache.
Llorente llevaba el pie hundido en el acelerador y no le contestaba.
Se le iban los ojos al reloj del salpicadero.
A las 20:14 pasaron el Duero por la nacional, ancho y negro por debajo. A las 20:40 estaban en la vega, en una carretera sin pintar, entre choperas. No se veía una luz ni una casa. Solo los faros y lo que alumbraban, troncos grises y cunetas llenas de agua.
—Por aquí —dijo Cuesta—. Este camino baja hacia la ribera y luego sube hasta las fincas. Es el más corto.
A las 20:51, en la parte baja del camino, donde el agua de la acequia se había salido y había cubierto la tierra de lado a lado, el coche se hundió.
No hizo ruido. Se fue hacia delante, despacio, y se quedó con el morro metido en el barro hasta los faros. Llorente metió la marcha atrás. Las ruedas giraron en el sitio, escupiendo agua. Metió la primera. Nada. Lo intentó cuatro veces. A la quinta, Cuesta le puso una mano en el brazo.
—Teniente. No sale. —Le apretó el brazo.
Cuesta salió. El agua le llegaba por encima del tobillo, helada. Se metió detrás del coche, apoyó las dos manos en el maletero y empujó mientras ella aceleraba. El barro le saltó a la cara, al pecho. El coche no se movió ni un palmo. Cuesta se incorporó, jadeando, y se limpió la boca con la manga.
Llorente apagó el motor, cogió la libreta del asiento. Cuesta encendió la linterna. El haz temblaba encima del agua. Llorente miró el móvil. Una raya de cobertura. Luego ninguna. El mapa se congeló en un punto azul en mitad de nada.
—¿Cuánto queda hasta la finca?
—Dos kilómetros. Algo más. Por el camino.
Echaron a andar. La vega estaba a oscuras.
No había luna. Las choperas eran una pared negra a los dos lados y el camino un hueco entre ellas, con charcos que la linterna encendía uno detrás de otro, de un blanco sucio.
Sus pasos. Los de Cuesta, más largos. El agua que se les metía en las botas.
Llorente llevaba los calcetines empapados y ya no sentía los pies. A la derecha, en algún sitio, el río.
Llorente pensó en llamar otra vez al móvil de Mara y no lo hizo. No había cobertura. Y el móvil de Mara estaba en el bolsillo de alguien.
Pensó en una chica descalza en los tablones del Puente, en octubre de 2007, con la mano derecha cerrada, que venía del lado norte. De aquí. Siguió andando.
A las 21:10 salieron de la parte baja. El camino subía un poco y se secaba. Las choperas se abrieron. A la derecha empezó un rastrojo, pálido, enorme, que la linterna no alcanzaba a cruzar. Olía a tierra y a paja mojada.
Cuesta bajó la linterna sin que ella se lo dijera y la llevó apuntando al suelo, a un metro de sus pies. Anduvieron a paso corto, con los ojos acostumbrándose. Cuesta respiraba por la boca. El cielo, gris sucio. La tierra, negra.
A las 21:22 Llorente se paró.
Había oído algo. Lejos. Delante, a la derecha. Un golpe metálico, pequeño, como de algo de hierro que cae en tierra blanda. Esperó. Cuesta también se había parado. No se oyó nada más.