La primera que se escapó 51
84%

51

Estaba en el tramo del medio, apoyado en la barandilla del lado de río arriba, mirando hacia la vega norte.

Tenía el abrigo azul marino abrochado y el cuello subido.

El móvil era pequeño, negro, de tapa, de los que ya no lleva nadie.

Lo sostenía pegado a la oreja con la izquierda. La derecha la tenía en el bolsillo.

Mara no oyó lo que decía. Se oía el río debajo de los tablones y el aire venía de cara, del norte, y se llevaba las voces. Solo vio que hablaba poco. Una frase. Quizá dos.

Anduvo hacia él. Los tablones sonaban bajo sus pasos. Los de él nunca sonaban.

Lamela se volvió cuando la tuvo a cuatro metros. Cerró el móvil con el pulgar, sin despedirse de nadie, y se lo metió por dentro del abrigo.

—Perdona. Una urgencia.

—¿Un paciente?

—Algo así.

Le sonrió un poco. La sonrisa de siempre, cansada, de final de día. Mara se paró a su lado, en la barandilla. El hierro estaba frío y tenía gotas de humedad en los remaches.

El sol estaba bajo, río abajo, a un palmo de las copas de las choperas de la otra punta, y la luz entraba de lado, amarilla, y se quedaba en los tablones y en la barandilla y en la cara de él.

El río estaba de color cobre por arriba y negro por debajo.

En la vega norte, las choperas tenían la sombra ya muy larga, echada sobre el rastrojo.

No había nadie. Las furgonetas se habían ido a la plaza. En el extremo sur, la farola estaba apagada.

A las 16:00 había vuelto a la ribera norte sin decírselo a nadie.

Río arriba otra vez, más allá de los mil doscientos cincuenta pasos.

La trocha se moría kilómetro y medio más arriba, en una alambrada de espino y una acequia desbordada que lo había inundado todo entre los chopos.

Lo había intentado por el agua y se había hundido hasta las rodillas.

Había vuelto por el mismo sitio, con las zapatillas llenas de barro y los bajos del pantalón empapados, sin ver una sola casa.

—¿Has comido? —dijo él.

—Un poco.

—Mentirosa —dijo, con cariño.

Mara se encogió de hombros.

—¿Se lo has dicho a la teniente? —preguntó él—. Lo del río.

Mara pensó en el mensaje. Cuatro palabras, borradas letra a letra con el pulgar en la ribera.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ayer dije tren. —Miró el agua, que corría hacia el sol—. Y se pasaron la tarde en la vía, casa por casa, por un ruido que yo no oí. No quiero mandarlos otra vez a un sitio que no es.

Lamela asintió, con la vista en el río.

—Bien —dijo—. Primero lo sabes tú. Luego se lo dices a quien quieras.

—Me escondí en un carrizal. En esa orilla. —Señaló con la barbilla la vega norte, río arriba—. A seiscientos pasos de aquí. Hay un entrante con cañas y el agua parada. Esta tarde he pasado por delante y no lo he conocido. A la vuelta, sí.

—¿Lo has conocido tú o las piernas?

—Las piernas.

—Las piernas no se inventan nada —dijo él—. Eso es lo bueno que tienen.

Mara no contestó. Miraba la otra orilla.

—Vamos a empezar por el final. Por lo último que tienes antes del río. —Se apartó un poco de la barandilla para dejarle sitio—. Ponte aquí. Mirando hacia allí. Hacia donde viniste.

Mara se puso donde le dijo. De cara a la vega norte. Con las dos manos en la barandilla, una junto a la otra. Delante, el último tramo de tablones, el escalón de piedra, las zarzas, el sendero, y más allá la chopera y la luz que se iba.

Él se puso a su izquierda, un poco detrás. No lo veía. Lo notaba ahí, a medio metro, como lo notaba en la consulta.

—Cierra los ojos.

Los cerró. La luz siguió un momento dentro de los párpados, roja, y se fue apagando.

—No vayas deprisa —dijo él—. Tienes tiempo. Respira.

Respiró. Estuvieron así un cuarto de hora, sin hablar, con el río debajo.

—Estás fuera. Llegas al camino. Te giras. Miras la casa.

Lo dijo despacio, cada frase un escalón, y Mara las bajó una detrás de otra.

Estaba fuera. Los pies en el rastrojo, los tallos cortados clavándose.

Llegaba al camino. Tierra aplastada, fría, con piedras pequeñas.

Se giraba. Las piernas se le paraban solas en mitad del camino y ella se daba la vuelta. Miraba la casa.

—Dime qué ves.

—El rastrojo. —La voz le salió lenta, de muy lejos, la voz que le salía en la consulta—. Pálido. Más claro que lo demás. Hay cuarenta pasos hasta la casa. La casa es baja. Negra. No tiene ninguna luz. Un tejado. Una chimenea. Una pared.

—Sigue.

—Y abajo, a ras del suelo, el ventanuco. Es lo más negro de todo. Es pequeño. Del tamaño de una bandeja. La reja está tirada en el rastrojo, a un lado. Y dentro no se ve nada. Nada. Está negro.

—¿Y el coche?

—Se va. Se oye cada vez más lejos. Nadie abre ninguna puerta. Nadie baja. —Se le cortó la voz un momento—. Y ella está ahí abajo. Y yo estoy en el camino. Y yo...

Se paró.

Tenía la frase delante. La tenía en las manos, no en la boca. No le salía.

El río sonaba debajo de los tablones. El aire le daba en la cara, frío, del norte, de la vega. Lamela dejó pasar un momento y habló en el mismo tono.

—Y te tapaste la boca con las dos manos.

Mara abrió los ojos.

La luz. La chopera gris. El escalón de piedra. Todo en su sitio.

Las manos se le habían ido de la barandilla. Estaban en el aire, delante del pecho, las dos, a medio camino, con los dedos abiertos, subiendo solas. Mara las vio subir. Las paró. Se le quedaron ahí, temblando, a un palmo de la cara.

Le empezó el pitido.

Muy fino, detrás de los ojos. Se comió el aire primero.

Luego el río y el ruido de sus propios pies en los tablones cuando se le fue el peso hacia atrás.

Se le aflojaron las rodillas y se agarró otra vez a la barandilla con las dos manos, fuerte, y la herida de la palma se le abrió debajo de la tirita, un tirón caliente, húmedo, y no aflojó. Apretó más.

No se volvió. No podía volverse.

Lo tenía a la izquierda. A medio metro. Un poco detrás. Donde había estado todo el rato.

Se volvió.

Lamela no se había ido de su sitio. Se había apoyado en la barandilla, a su lado, con las manos metidas en el abrigo, mirando la vega norte, la chopera, el sitio donde se acababa el sendero.

No la miraba a ella. Tenía la cara tranquila, iluminada de lado por el sol bajo.

La cara de siempre. El pelo gris y corto. La boca sin ninguna prisa.

Sacó la mano izquierda del bolsillo y se subió un poco la manga para mirar el reloj. Lo miró el tiempo justo. Ni un segundo más.

—Menos de tres horas. Eso es lo que tienes.

El pitido se lo comió todo menos eso. Menos su voz. Su voz pasó entera, por encima, por debajo, baja, bajando al final.

Mara abrió la boca. No salió aire. Lo intentó otra vez y el aire entró hasta la mitad del pecho y se quedó ahí, parado, sin sitio.

El frío le subió por las piernas desde los tablones. Le temblaba la mandíbula.

Lamela se volvió hacia ella por fin. Sin prisa. Como se vuelve alguien en una sala de espera cuando dicen su nombre.

—Dame el móvil, Mara.

Era su voz de todos los jueves. La de pedirle que se sentara. La de preguntarle cómo había dormido.

Extendió la mano entre los dos, la palma hacia arriba, abierta, quieta. No temblaba. Nunca le había temblado.

Mara miró la mano.

Se soltó de la barandilla. Metió la mano izquierda en el abrigo, sacó el móvil y lo dejó encima de la palma de él.

Él cerró los dedos. Apretó el botón de un lado con el pulgar, mucho rato, sin mirar la pantalla. La pantalla se iluminó, preguntó algo, y él tocó con el pulgar sin mirar. La pantalla se apagó. Lo dejó caer en el bolsillo derecho del abrigo, el de fuera, y apoyó la mano encima un momento.

El sol se metió detrás de las choperas de río abajo. No se puso. Se escondió. La luz amarilla se fue de los tablones de golpe, de la barandilla, de la cara de él, y todo se quedó gris y frío, con una raya encendida encima de las copas. El aire se enfrió en un momento. Olía a agua.

Mara tenía las manos colgando a los lados. La derecha le goteaba. Una gota. Otra. En el tablón, entre sus pies.

Lamela volvió a apoyar los antebrazos en la barandilla, mirando la vega. No se acercó a ella. Habló hacia la vega, sin volver la cabeza.

—Te llevo con ella. Si quieres.