50
El cerrojo. La puerta de tablas se abrió arriba y Samuel apareció en el hueco con una bolsa de plástico en cada mano, y antes de que se diera la vuelta para cerrar, Vera dijo el nombre.
—Andrés Lamela.
Samuel se quedó quieto en el primer escalón.
La bolsa de la derecha se le cayó. Rodó escalera abajo una botella de agua, de escalón en escalón, y se paró en el cuarto, el que crujía, atravesada. Samuel no se agachó a por ella. Tenía la otra bolsa colgando de los dedos y la cara blanca a contraluz, con la bombilla de la cocina detrás.
Vera estaba de pie debajo del ventanuco. Llevaba así desde que oyó el coche. Había hecho la setenta hacía un rato, a lo que ella calculaba que eran las seis, y desde entonces no se había sentado. No había soltado la piedra.
—Tu fuente es Andrés Lamela —dijo—. El psicólogo de mi madre. Fue mi psicólogo.
Samuel bajó un escalón. Otro. Despacio. Con una mano en la pared.
—No sé de quién me hablas.
—Sí que lo sabes.
—No sé quién es ese.
Le salió demasiado deprisa. Vera lo vio en la mandíbula, en el músculo de debajo de la oreja, que había empezado a saltar otra vez.
Había tenido dos horas para el nombre. Al rato, cuando ya no lo buscaba, el nombre vino solo, como viene la segunda mitad de una canción.
La placa dorada del portal, en una calle del centro de Valladolid, al lado del timbre.
Una inicial y un apellido. Su madre al teléfono, alguna vez, en la cocina, con la voz más baja que usaba con nadie.
Andrés. Sí, Andrés. Gracias, Andrés. Los jueves de los trece años. La puerta abierta un dedo.
—Tenía un sillón gris —dijo Vera—. Y una mesa baja con una caja de pañuelos.
Y un cronómetro de cocina. Blanco, de los redondos.
Me hacía respirar contando. Inspira, cuatro.
Retén, cuatro. Suelta, cuatro. Y cuando el cronómetro sonaba y yo ya respiraba bien, me decía siempre lo mismo.
Bajito. Con la voz de un señor que no tiene prisa.
Samuel había llegado abajo y seguía con la bolsa en la mano.
—Cuatro segundos. Eso es lo que tienes.
Samuel no se movió. Vera vio cómo le cambiaba la cara, poco a poco, desde los ojos hacia abajo, igual que cambia la cara de alguien que oye su propio nombre en una conversación de otros.
—Esa frase la tienes tú en el móvil —siguió Vera—. En el primer mensaje. Me la leíste ahí, sentado en ese escalón. Y yo la conocía y no sabía de qué. Y a mediodía me dijiste que él la conocía mejor que yo. Claro que la conoce. Lleva toda mi vida sentado delante de ella.
Samuel dejó la bolsa en el suelo. Se miró las manos. Las abrió. Las cerró.
—Vino a buscarme —dijo—. Cuando murió mi padre.
Yo tenía diecisiete años y estaba en el entierro con mi tía y tres vecinos, y él estaba al fondo, al lado de la tapia, con un abrigo oscuro.
Nadie sabía quién era. Luego me esperó en la puerta del cementerio.
Me dijo: yo exploré a la chica. Nunca me convenció.
Se le quebró la voz en la última palabra.
—Nadie me había dicho eso nunca. En cinco años. Nadie.
Vera pensó en Samuel con diecisiete años, en la puerta de un cementerio, y en un hombre con un abrigo oscuro que le decía lo único que él necesitaba oír.
Pensó que ella tenía dieciséis. Que un desconocido le había escrito por internet lo único que ella necesitaba oír.
Y que había contestado. Menudo par de listos.
—Tu padre era inocente —dijo—. Eso es verdad. Eso te lo dijo y era verdad.
Samuel levantó la vista hacia ella.
—Por eso te creíste lo demás.
Samuel tardó mucho en contestar.
—Me dijo que ella se lo contó en consulta.
Hablaba muy bajo, sin mirarla. Ya no era negarlo. Era lo que le quedaba.
—Todo. Lo de la mano, lo de la promesa. Me dijo que ella se lo había contado en la consulta, a lo largo de los años, a trozos, y que él lo había ido juntando.
Que por eso sabía. Que por eso nunca se lo había creído.
Y que la casa la había encontrado él, cruzando lo que ella le contaba con los mapas de la vega, año tras año.
Que los pendientes de Inés estaban en una grieta del sótano.
—Mi madre dijo la nave —dijo Vera—. En el juicio. En todas partes. No sabía dónde estaba esta casa. ¿Cómo la encontró él con lo que ella le contaba?
Samuel abrió la boca y la volvió a cerrar.
—Y lo del camino no se lo contó a nadie.
Samuel levantó la cabeza.
—Lo ha dicho hoy por primera vez —dijo Vera—. Tú mismo me lo has contado. Que nunca se lo había contado a nadie. Que se paró, que se dio la vuelta, que miró la casa. Lo ha dicho esta mañana, en el Puente, en directo. Nunca antes.
Se acercó un paso. Él no se apartó.
—Y tú lo sabías ayer.
Samuel apartó la vista hacia la escalera.
—Ayer a las diez menos veinte. Me lo enseñaste. Te paraste en el camino y miraste atrás. Lo mandaste tú. Te lo dio él. Ayer. —Se le fue la voz hacia arriba y la bajó—. ¿Cómo lo sabía ayer, Samuel, si hasta esta mañana no lo había oído nadie?
Samuel se dio la vuelta de golpe y le dio una palmada al escalón con la mano abierta. Una sola. Seca. Sonó como un disparo pequeño en el sótano y la bombilla se balanceó en su cable y las sombras de las argollas se movieron por la pared.
Vera no se movió.
Samuel se quedó así, doblado, con la mano plana encima del ladrillo, respirando por la boca. Vera le veía la espalda del forro subir y bajar. Tenía los nudillos de la otra mano abiertos otra vez.
—La llave —dijo Samuel, contra el escalón.
—No te he oído. ¿Qué?
—La llave de mi coche. Me preguntaste quién más la tenía. —Levantó la cabeza, pero no se volvió—. Él. Desde agosto. Me la pidió por si un día había que moverlo. No le pregunté para qué. Se la di yo. Con mi mano.
Se incorporó. Se volvió. Tenía los ojos rojos y secos.
—Yo no puse nada en ese coche.
—Ya lo sé. Te creí a mediodía.
Samuel sacó del forro el móvil pequeño, el negro de tapa. Sacó la tarjeta de la cartera, la metió con la uña y lo encendió. Lo miró un rato, con el pulgar encima de las teclas, sin marcar.
La pantallita marcaba las 18:20.
—Ponlo en altavoz —dijo Vera.
Samuel la miró. Luego buscó un número. Solo había uno. Pulsó. Apretó otra tecla y lo sostuvo entre los dos, con el brazo estirado, la pantalla verde iluminándole los dedos.
Un tono. Vera contuvo la respiración y esta vez no contó. Dos.
Descolgaron. Al otro lado no habló nadie. Se oía un rumor largo, lejos, de agua o de viento. Samuel abrió la boca para hablar.
La voz llegó antes.
Baja. Tranquila. Sin ninguna prisa. La voz de una habitación blanca con un sillón gris, con un cronómetro de cocina haciendo tic sobre una mesa baja.
—Ya voy, Samuel. Voy con ella.