La primera que se escapó 49
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URGENTE. ANÁLISIS DE TRÁFICO Y POSICIONAMIENTO. DILIGENCIAS DEL PUENTE.

Seis páginas. Tablas. Números de doce cifras, horas con segundos, códigos de estación base. Llorente se saltó la introducción, los párrafos de siempre, las referencias al auto del juzgado. Fue a las tablas.

Lo nuevo empezaba en la página tres.

Línea C. Prepago también. Registrada con un documento que no llevaba a nadie.

Llorente pasó la página.

Alguien en la UCO, en Madrid, con paciencia o con ganas de irse a casa pronto un domingo, había hecho lo que ella había pedido el sábado a mediodía sin muchas esperanzas.

Había cruzado los datos de las operadoras.

Había cogido todas las veces que la línea C se había encendido en los últimos seis meses, la hora y la antena de cada una, y había buscado qué otros teléfonos estaban en esa misma antena, en esa misma franja, cada una de esas veces.

Había uno. Un teléfono de contrato. Casi cada vez. La misma antena que la línea C, la misma franja. En Valladolid, casi todas, en una antena del centro. Algunas en Zamora. Las últimas, desde el sábado, en Castrovado.

Al final de la tabla, en una línea aparte, estaba el titular del contrato.

Andrés Lamela Oria.

Llorente lo leyó. Se sentó en el borde de la mesa y lo volvió a leer desde la página tres, línea por línea, con el dedo. Las diecinueve llamadas. La de las 02:31. Las coincidencias. El nombre, Andrés Lamela Oria.

Eran las 18:22.

No se movió. En el patio, alguien lavaba un coche con una manguera y el agua sonaba contra la chapa.

El psicólogo. El hombre de la voz baja que la había llamado el sábado a las 18:10 desde el hostal, con el altavoz puesto, para decirle que Mara recordaba un tren.

Recuerda un tren. Un ruido de tren, lejos.

Y ella había mandado dos patrullas a la vía, a la orilla sur, casa por casa, con linterna, toda la tarde.

Y cuando le había dicho que en el Puente la chica venía del norte, que lo tenía anotado, él le había contestado con mucha suavidad, sin corregirla, que la memoria todavía no era un mapa.

El que, según la patrulla de la noche, se había llevado a Mara del Puente a la 01:00 con su abrigo por encima.

El psicólogo del juzgado que asesoraba al equipo de Sáez. El tercero de su lista del sábado. Las cuatro palabras a lápiz en el margen de una fotocopia. Diecinueve años mirando a Sáez. A él no lo había mirado nunca.

Llorente cogió la libreta.

Escribió el nombre. Debajo, sin adjetivos, lo que tenía. Línea C habla con la línea de Samuel. Línea C y el teléfono de Lamela, juntos casi cada vez. Llamada a las 02:31, antes del vídeo.

Y en otra columna, lo otro.

Un psicólogo. Un chico de treinta y un años que había perdido a su padre en la cárcel.

Un chico que podía ser un paciente, o algo parecido a un paciente.

Un prepago en una consulta para que alguien pudiera llamar sin que constara.

Un edificio en el centro de Valladolid donde había cien teléfonos en la misma antena.

Tantas coincidencias podían ser un bolsillo. También podían ser un portal.

Lo escribió todo. No tachó nada.

A las 18:24 llamó a Mara. El teléfono dio tono hasta el final y saltó el buzón. Volvió a llamar. Lo mismo. Mandó al juzgado de guardia la petición de posición del teléfono de Lamela y de la línea C, con la palabra urgente dos veces.

A las 18:30 llamó a Cuesta.

—¿Dónde está Lamela ahora mismo?

Cuesta tardó un segundo.

—En el hostal, supongo. Lleva allí desde el sábado.

—Vaya a verlo. Usted solo. Sin uniforme. Pregunte en la barra si está en su habitación, si ha salido, a qué hora, si iba en coche. Que no le vea nadie preguntar.

—¿Pasa algo con él, teniente?

—Todavía no lo sé.

Colgó. Se quedó mirando el tablón. La foto del polvo junto a la rueda de repuesto. El informe de la caja de puros, sin ninguna huella de Samuel. La foto del cajón vacío de 2007, con la hora en la esquina, 23:12. Su nota, doblada en cuatro, dentro de una funda.

La nota. Sáez la había tirado a la papelera de su despacho, esa noche. Y ahora había aparecido en casa de Samuel.

Alguien la había sacado de aquella papelera.

A las 18:40 la llamaron desde un fijo de Castrovado. Lo cogió al primer tono.

—Niña.

Era Sáez. Tenía la voz ronca, de haber estado callado mucho rato, o de no haber parado de hablar solo.

—Capitán —dijo Llorente, y esperó.

—Ya me acuerdo. —Se le oía la respiración, pesada, y detrás una radio muy baja y el tic de un reloj—.

El perfil llegó antes que la chica. Me lo trajo el lunes por la tarde.

El lunes. Antes de que ella señalara a nadie.

Lo he tenido toda la tarde dándome vueltas y no sabía qué era lo que no encajaba, y era eso.

Las fechas. Un hombre de la zona, con antecedentes, con un taller o un desguace junto al río.

Eso ponía. Un desguace junto al río. El lunes por la tarde.

Y el martes por la mañana la cría señaló a Rebollo.

Llorente tenía el bolígrafo en la mano. No escribía.

—Y en la cocina —siguió Sáez, más bajo—, en las fotos, él no abrió la boca en toda la mañana. Ni una vez. Solo cuando llegamos a la página de Rebollo. Tómate tu tiempo, le dijo. Y yo quité la mano del álbum. Me acuerdo de haber quitado la mano. Me acuerdo de que me pareció bien.

Al otro lado solo se oían la radio y el reloj.

—Y tu nota —dijo Sáez—. A mediodía te he dicho que la vio más gente.

Me daba vergüenza. No la vio más gente. La vio uno.

Entró a despedirse a los cinco minutos de irte tú, con el abrigo puesto.

Me la saqué de la camisa y se la enseñé.

Le dije mira lo que me ha traído la niña esta.

Se la di a leer. La leyó entera, muy despacio, y me la devolvió, y me dijo que era normal, que a los jóvenes les pasaba mucho al principio, ver cosas.

Y yo la volví a doblar y la tiré a la papelera. Delante de él. Y él se fue el último.

Llorente estaba de pie. No recordaba haberse levantado de la mesa. Tenía la libreta apretada contra el muslo.

—Al psicólogo —dijo Sáez—. Se la enseñé al psicólogo. Al de Zamora. El joven. El de las gafas.

No dijo el nombre. Llorente le oyó tenerlo en la boca y no soltarlo. No iba a ser él quien lo dijera.

Llorente miró la pantalla del ordenador. La línea aparte, al final de la tabla.

—Lamela.