La primera que se escapó Inés. Hora 44
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Inés. Hora 44

El cuarto escalón. Despacio esta vez.

Se sienta en el último. No baja más. Inés lo oye abrir el cuaderno encima de las rodillas. El papel. Huele a café. Y a papel.

Ella no se levanta. No puede. Está tumbada de lado en el colchón con la mejilla en la tela. El tobillo le late dentro del candado nuevo, caliente, hinchado, más gordo que el hierro.

—Ha firmado esta tarde —dice él—. Con mi pluma. Te lo leo.

Pasa una hoja.

—«Estaba sola».

Lo lee despacio. Luego cierra el cuaderno sobre un dedo.

Inés despega la lengua. Le cuesta. Se le rompe el labio de abajo, lo nota, un hilo de sal.

—Mientes.

Le sale sin voz. Él lo oye igual.

Se levanta. Se acerca. Se agacha delante del colchón, a un palmo, y le pone algo delante de la cara. Una fotocopia de una foto de carné. La bombilla le da de lado.

Un hombre. Cara ancha. Cejas juntas.

Lo conoce.

El del desguace. El del palo. El que la persiguió hasta la vía aquel verano, gritando, y ella se reía, y corría, y él se paró en la valla sin aire.

No es él. La voz no es. Este grita. El de aquí no grita nunca.

—Lo van a detener dentro de una hora —dice él—. Ella lo ha señalado.

Guarda la foto.

—Ha elegido.

Inés cierra los ojos. Busca la mano. La que resbaló. Los dedos que se fueron uno a uno hasta la punta. Vuelvo a por ti. Vale.

—Vuelve —dice.

Él no contesta enseguida. La pluma rasca. Luego se levanta.

—Tiene cuatro horas. Eso es lo que tiene.

Sube. El cuarto escalón. La puerta. El cerrojo.

Inés se queda quieta hasta que no oye nada arriba. Luego mete la mano debajo del colchón. El pendiente doblado. Lo encuentra a la primera.

Cuenta con la yema, grupo a grupo. Ocho. Y tres sueltas.

Aprieta la punta contra la cal.

Cuarenta y cuatro.

Después pasa el dedo por la pared, a la derecha de la última, despacio. Hay sitio. Hay sitio para cuatro más.

Lo deja libre.