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La pluma pesaba más de lo que parecía.
Era negra, gruesa, con una pinza dorada, y estaba caliente de haber estado en el bolsillo de dentro de la chaqueta del psicólogo.
El bolígrafo del puesto no pintaba. Mara había hecho dos rayas en blanco en el margen del folio y el guardia del ordenador había dicho «vaya por Dios» y había buscado otro en un cajón, y antes de que lo encontrara el psicólogo ya se había sacado la pluma, le había quitado el capuchón y se la había puesto en la mano, sin decir nada.
Mara la sostuvo encima del papel. Le temblaban los dedos. Las cuatro medias lunas de la palma le tiraban al cerrar la mano alrededor de aquella cosa tan gorda.
El capitán Sáez le había leído la declaración en voz alta antes de pasársela. De pie, con los papeles en una mano y las gafas de cerca en la punta de la nariz. Despacio, para que se enterara bien. Mara lo había escuchado con los ojos en el suelo, en las baldosas grises con puntitos negros.
Que volvían de la verbena. Que Inés y ella se separaron en el Puente.
Que Inés se fue por la de la Estación. Que ella siguió sola por la ribera.
Que un coche y un trapo contra la cara. Que se despertó atada en una nave que olía a hierro.
Que estuvo allí dos días. Que una noche, un momento, le vio la cara.
Que el domingo por la noche se escapó por una ventana.
Que de madrugada cruzó el Puente. Que la nave era la del desguace de Anselmo Rebollo, al que reconocía en fotografía sin ninguna duda.
Estaba sola.
Mara no había dicho nave. Nadie le había preguntado dónde había sido.
El capitán había dicho, por la mañana, en la cocina, después de las fotos, el sitio tuvo que ser la nave, ¿verdad, Mara?
, y ella había dicho que sí con la cabeza.
Tampoco había dicho que le hubiera visto la cara.
Eso lo había puesto él al pasarlo a máquina, después de la página once.
Lo de la cocina era para orientarse, había dicho al cerrar el álbum.
El reconocimiento de verdad vendría después.
Y ahora estaba escrito. Con su nombre debajo.
Una mano se le posó en el hombro.
No apretaba. Se quedó ahí, quieta, templada, encima de la rebeca de su madre. La mano del psicólogo, que estaba de pie a su lado, un poco detrás de la silla. La mano decía que no pasaba nada. Decía: firma.
Mara firmó. Mara Quiroga Ferreras. En la primera hoja.
En la segunda. En la tercera, debajo de la última línea, la que decía que la había leído y estaba conforme.
La pluma dejaba una tinta azul oscura que tardaba en secarse y brillaba.
Se le corrió un poco la erre de Quiroga con el canto de la mano.
Le devolvió la pluma. Él le puso el capuchón y se la guardó. La mano se le fue del hombro.
—Ya está —dijo Sáez—. Ya está, hija. Lo has hecho muy bien.
Al salir, en el pasillo, había una guardia joven apoyada en la pared, junto a la puerta.
Mara la conoció por la cara redonda. Era la del chaquetón verde.
La del Puente. No llevaba el chaquetón. La guardia la vio pasar sin sonreírle.
Le miró los pies, las zapatillas de su padre, y después la cara, y no dejó de mirarla hasta que Mara bajó la vista.
A las 21:00 estaban los tres en el salón. Su padre en su sillón, su madre en el sofá, Mara al lado de su madre con una manta. En la mesa baja, tres platos de sopa que nadie se había terminado. El reloj de péndulo hacía tic encima del aparador.
El telediario abrió con ellos.
Primero la música y la presentadora, seria, con una chaqueta roja.
La Guardia Civil ha detenido esta tarde en Castrovado del Duero, Zamora, a un hombre de cuarenta y cuatro años como presunto autor de las muertes de cuatro jóvenes de la comarca.
Después, las imágenes, grabadas una hora antes.
Era de noche en la pantalla. Focos blancos.
La valla del desguace. Coches de la Guardia Civil con las luces azules girando.
Y el señor Rebollo, entre dos guardias, con las manos detrás, andando hacia un coche.
No le habían tapado la cabeza. Iba con la cara al aire, torcida, gritando algo que no se oía porque encima estaba la voz de la presentadora.
Tenía la boca abierta y las cejas juntas, igual que en la foto de la página once.
Su madre se echó a llorar.
No hizo ruido. Se le fue la cara de golpe y se apretó con las dos manos el trapo de cocina contra el pecho, y lloraba con los hombros, sacudiéndose, y decía ya está, ya está, ya está, bajito, sin mirar a nadie.
La cámara se movió. Dejó al señor Rebollo y enfocó un momento la caseta del desguace, la puerta abierta, la luz amarilla de dentro.
En la puerta había un niño.
Un niño de doce o trece años, con un chándal azul marino y las manos colgando. Estaba quieto en el umbral, sin abrigo, mirando hacia donde se llevaban a su padre. No lloraba ni se movía. Solo miraba. Dos segundos. Tres. Alguien tapó la cámara con la mano y la imagen se fue a otra cosa.
Mara siguió mirando la pantalla cuando ya no salía el niño. Salía el Puente, de día, en una foto de archivo. Salían cuatro fotos de colegio, una detrás de otra.
No salía Inés. Nadie decía su nombre. La presentadora pasó a otra noticia, a un accidente en una carretera de Galicia, y la foto de Inés no salió, y su nombre no salió, y Mara entendió que había estado esperando las dos cosas, con la manta apretada entre los dedos, y que no sabía qué habría hecho si salían.
Miró el aparador. Debajo del reloj de péndulo, en su marco de plata, estaba la foto de la piscina. Ellas dos, abrazadas por los hombros, con los ojos rojos de cloro, riéndose de algo que quedaba fuera de la foto.
Se levantó. Le dolieron los pies vendados. Fue hasta el aparador y bajó la foto. La dejó boca abajo encima del tapete de ganchillo, con el cristal contra la tela.
Su madre la vio hacerlo y apretó el trapo.
Su padre se levantó del sillón. Cruzó el salón en dos pasos, se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente. Un beso largo, apretado, con los labios secos, que le olía a colonia y a la sopa de la cena.
—Ya está, hija —dijo—. Ya se acabó.
Mara se dejó besar.
Tenía sed. Cogió el vaso de agua de la mesa baja y se lo bebió entero, sin respirar.
A las 22:15, en la cama, le pidió a su madre que dejara la puerta abierta.
—¿Como anoche? —Su madre se paró con el pomo en la mano y la puerta a medio cerrar.
—Como anoche.
—¿Y la luz del pasillo?
Mara pensó en una bombilla desnuda, colgando del techo. En una escalera de ladrillo. En una puerta de tablas que se cerraba por fuera, el cerrojo, y luego nada, horas y horas de nada.
—También. Que se quede encendida.
Su madre abrió la puerta del todo y dejó encendida la luz del pasillo. Estuvo un momento más mirándola desde allí, sin entrar, y se fue.
Mara se quedó boca arriba mirando el rectángulo amarillo de la puerta. Se oía la tele en el salón, bajita. Se oía a su padre toser. Se oía el péndulo, lejos, y el reloj del pasillo, más cerca, que no hacía tic sino un ruido más grave, más lento, de madera.
Ya está. Ya se acabó.
Cerró la derecha sobre la sábana. Las medias lunas le tiraron. La dejó cerrada.
Se durmió de golpe. Desde el Puente no había dormido así, sin pitido, sin nada.
El reloj del pasillo dio once campanadas.
Mara abrió los ojos sin saber por qué.