La primera que se escapó 47
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En cuanto dejó de oírse el coche, Vera se subió al cubo y metió los dedos entre los barrotes de la reja.

Por primera vez de día, la casa entera callada encima de ella.

Vera se agarró a los barrotes con la izquierda y buscó el marco con la derecha. Cuadradillo de hierro, retorcido, frío. Cuatro barrotes. El hueco era pequeño, más ancho que alto, y fuera se veía un trozo de rastrojo gris y un cielo blanco de tarde. Olía a tierra seca y a paja.

Sacó los dedos por entre los barrotes todo lo que pudo, hasta los nudillos, y palpó por fuera, a ciegas, donde el hierro se juntaba con la pared.

Los tornillos seguían allí. Los cuatro, con la ranura en cruz, los mismos que había probado el sábado hasta abrirse la uña.

Los probó igual. Metió la uña del índice en la ranura, que tenía óxido, y apretó hacia un lado. Nada.

Probó con la del pulgar. Probó en el otro tornillo.

Probó en los de abajo, que no llegaba a tocar más que con la yema del dedo corazón, estirando el brazo hasta que le dolió el hombro contra la cal.

La uña del pulgar se le dobló hacia atrás y se le partió en el borde.

Sacudió la mano, se miró el borde roto, blanco y luego rojo, y volvió a probar con la otra. No cedía ninguno.

Pegó la cara a los barrotes. Fuera había rastrojo, tallos cortados, amarillos, hasta donde llegaba la vista. Más allá, a unos cuarenta metros, una línea más clara que cruzaba el campo de lado a lado. Un camino de tierra, y ni una casa ni un poste. Gritó.

—¡Socorro!

La voz le salió ronca, rota por el medio, y se quedó en el rastrojo sin llegar a ningún sitio. Gritó otra vez, más fuerte. Y otra. Un pájaro negro se levantó de los tallos, lejos, y se fue volando hacia el camino sin hacer ruido. Nadie contestó. Al pájaro, por lo menos, sí lo había asustado.

Se bajó del cubo y se sentó en el suelo, bajo el ventanuco, apoyada en la pared y con las rodillas dobladas. Tenía la uña rota sangrando un poco y se la apretó con el otro pulgar hasta que paró.

Cogió la piedra e hizo la sesenta y siete, porque calculaba que habían pasado las tres. Al lado de las otras, gruesa y blanca.

Miró las rayas y respiró.

No lo decidió. El cuerpo lo hizo solo, como lo había hecho el viernes a oscuras, como lo hacía en el autobús a los trece años cuando se le cerraba el pecho entre la parada del parque y la del instituto.

Inspira. Cuatro. Retén. Cuatro. Suelta. Cuatro.

Contó despacio, con los ojos cerrados. Uno. Dos. Tres. Cuatro. El aire le llegaba entero, hasta abajo. No le hacía falta contar. Contaba igual.

Y a la tercera vez, detrás de los números, había una habitación.

Blanca de pintura lisa, de pared que se limpia. Una ventana con una persiana a medio bajar y rayas de sol en el suelo. Hacía calor. Olía a café y a papel, un olor de oficina, de sitio donde se trabaja.

Un sillón gris. Ella estaba sentada en él. Era demasiado grande para ella, o ella era demasiado pequeña para él, y los pies no le llegaban bien al suelo y se le quedaban colgando, con las deportivas del instituto.

Vera abrió los ojos y vio la bombilla y la cal. Los volvió a cerrar.

Inspira. Cuatro. Una mesa baja, delante del sillón.

De madera clara. Encima, una caja de pañuelos de papel, con uno asomando por arriba, y al lado un cronómetro de cocina.

Uno de esos redondos, de plástico blanco, con los números alrededor, que se giran con la mano.

De los que tienen las abuelas para los huevos.

El cronómetro hacía tic.

Retén. Cuatro. Y había una voz. Enfrente, detrás de la mesa baja. Una voz que no tenía prisa, que hablaba bajo y contaba con ella. No le veía la cara. Veía unas manos quietas encima de unas rodillas, una encima de la otra. Y oía la voz.

—Inspira. Cuatro segundos.

Vera se quedó muy quieta contra la pared. Notaba la cal fría a través de la chaqueta.

Suelta. Cuatro. Los jueves. Aquello era los jueves.

Tenía trece años y se ahogaba y su madre la llevaba en el coche a una calle de Valladolid donde había un portal con una placa dorada, y la esperaba fuera, en otra habitación blanca, con una revista en las rodillas.

La puerta no cerraba del todo. Se quedaba abierta un dedo.

Vera se acordaba de eso. De la raya de luz de la puerta entornada, y de saber que su madre estaba al otro lado.

Casi nadie.

Abrió los ojos otra vez y miró la escalera, los doce escalones de ladrillo, la puerta de tablas cerrada arriba. Le latía la uña rota. No se movió.

Los cerró. Volvió a contar. Volvió la habitación. Más fácil ahora, como una puerta que ya se ha abierto una vez.

La voz contaba. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Ella respiraba con la voz, detrás de la voz, siguiéndola. Y el cronómetro hacía tic encima de la mesa baja, tic, tic, girando hacia el cero.

Y sonaba. Un timbre corto, de cocina.

Y la voz, después del timbre, cuando ya había contado todo, cuando ella ya respiraba, bajaba un poco al final. Sin subir nunca. Tranquila.

Vera abrió los ojos. Delante estaban las sesenta y siete rayas, las finas y las gruesas.

Había estado siempre ahí. Desde el sábado.

Desde que Samuel le leyó el primer mensaje en el escalón, con el móvil delante de la cara.

Desde que le dijo, a mediodía, que él la conocía mejor que ella.

La frase no venía de una película ni de un libro.

Venía de una habitación blanca con un sillón gris, después de contar.

Lo dijo en voz alta. Sola, en el sótano, a la pared de las rayas. Con la voz baja, bajando al final, como la había oído.

—Eso es lo que tienes.