46
Se lo decían las piernas. Andaban raras, cortas, como las de alguien que baja una escalera que no conoce y busca el escalón con el pie. Se paró. Siguió. Se volvió a parar.
Lo había contado mil veces. Nunca lo había andado.
El sendero era de tierra apisonada, con raíces que cruzaban de lado a lado y charcos de la lluvia del jueves en las rodadas.
A la izquierda, un talud con zarzas y, detrás, las primeras huertas.
A la derecha, el agua. Ancha y marrón, con remolinos pequeños donde el río tocaba las piedras de la orilla. La oía en el oído derecho.
Y el oído derecho le decía que no.
Mara se quedó quieta en mitad del sendero. Cerró los ojos. El agua a la derecha. Un sonido plano, tranquilo, que no le decía nada.
Abrió los ojos. Siguió andando hasta el Puente con aquella sensación metida en las rodillas y cuando llegó al primer tablón no se paró. Lo cruzó entero, de sur a norte, al revés que aquella madrugada, sin contar los remaches.
En el extremo norte no había nadie. El escalón de piedra, la tierra, las zarzas. Por la mañana Luisa había estado en el otro extremo, junto a la farola, y cuando la luz roja se apagó ya no estaba. Se había ido sin acercarse. Mara no la había visto irse.
Bajó el escalón. Bajó el sendero hasta la orilla. Esta vez no se paró en las zarzas.
Giró a la derecha. Río arriba.
Anduvo por la ribera norte contando los pasos.
Pasos de ochenta centímetros, los de siempre, los de medir casas.
Mil doscientos cincuenta pasos, un kilómetro.
Allí el sendero se volvía una trocha entre los chopos y el agua, con hojas amarillas pegadas al barro y ramas caídas que había que pasar por encima.
A la izquierda, la chopera, filas y filas de troncos grises, iguales, hasta donde se veía.
A la derecha, el río, más estrecho de este lado, con carrizales en la orilla, cañas altas y secas que sonaban con el aire.
La niebla de la mañana se había levantado del todo.
Había un sol blanco, de octubre, que no calentaba.
Doscientos pasos. Cuatrocientos. Un perro ladró lejos, en alguna finca de la vega, y se calló.
A los seiscientos pasos pasó al lado de un carrizal más grande que los otros, un entrante del río lleno de cañas donde el agua se quedaba quieta. Se paró. Lo miró. No reconoció nada. Unas cañas. Agua parada. Un plástico azul enganchado en el fondo. Siguió.
A los mil doscientos cincuenta se paró. Un kilómetro. Delante, la trocha seguía entre los chopos, igual, hacia el este, con el sol a la espalda. Más arriba había fincas. Tejados que no se veían. Caminos de concentración que bajaban desde la carretera hasta el agua.
Dio media vuelta y echó a andar hacia el Puente, río abajo, con el agua a la izquierda.
Al tercer paso lo notó.
Las piernas. Se le alargó la zancada sola, sin que ella lo decidiera.
Los pies buscaron la trocha antes que los ojos, el hueco entre dos raíces, el sitio seco al lado del charco.
El cuerpo se le inclinó un poco hacia delante, hacia abajo, hacia el río, la postura de alguien que baja una cuesta corriendo aunque allí no había cuesta.
Y el agua en el oído izquierdo. Ese sonido.
El mismo río, el mismo carrizal, el mismo aire en las cañas, y ahora sí le decía algo. Le decía por aquí. Le decía sigue.
Mara no se paró. No podía pararse. Anduvo cada vez más deprisa, casi corriendo, con las zapatillas mojadas y el barro salpicándole los bajos del pantalón, y el lado izquierdo de la cara se le puso frío, más frío que el derecho, como aquella noche, cuando el agua le salpicaba de ese lado y ella no la veía.
Descalza, con los pies en carne viva y la mano derecha cerrada.
La mano derecha se le cerró dentro del bolsillo del abrigo. Notó la tirita. Notó cómo se abría la palma debajo, el tirón pequeño de la piel. No aflojó.
Llegó al carrizal grande. El entrante de cañas. Y ahora sí.
Ahí. Ahí dentro. El agua hasta los tobillos, helada, y el barro chupándole los pies, y las cañas más altas que ella, y los faros de un coche barriendo la ribera desde el camino, arriba, una vez y otra, y ella agachada entre las cañas con la mano cerrada contra el pecho, sin respirar. Horas. No sabía cuántas.
Se paró por fin. Se agarró a un chopo. Respiró.
El río a la izquierda.
Aquella noche había bajado por esta orilla.
Por la norte. Río abajo, desde algún sitio de más arriba, hacia el Puente.
Con el río de ese lado todo el rato. No había salido de la nave ni había corrido por la ribera sur.
Nunca había estado en el sendero de los pescadores con el río a la derecha.
Eso lo había contado. Esto lo había corrido.
Y el tren.
Mara miró a su alrededor. Chopos. Cañas.
El agua. Al otro lado del río, lejos, detrás de las huertas, la línea de la vía de mercancías, la que iba por la orilla sur.
Desde aquí no se veía. Desde aquí, esa noche, un tren habría sido un ruido al otro lado del agua, detrás de todo, y ella con el pitido metido en los oídos no habría oído ni un tren ni nada.
El único hierro de esta orilla era el Puente.
Y por el Puente no pasaba un tren desde el ochenta y cinco.
El tren no era suyo.
Se lo habían preguntado ayer y había dicho que sí.
Creo que sí. Un ruido largo. De hierro. Había buscado el ruido con los ojos cerrados y cuanto más lo buscaba, más se parecía a un tren.
A los diecisiete le habían preguntado si olía a hierro y también había dicho que sí.
Se acordaba de haber dicho que sí. De quién preguntaba, no.
Le preguntaban y decía que sí. A los diecisiete y a los treinta y seis.
Sacó el móvil. Doscientas y pico llamadas perdidas. Mensajes. Números de Madrid. Lo había puesto en silencio al bajar del Puente y no lo había vuelto a mirar. Eran las 15:04.
Llamó a Lamela. Lo cogió al primer tono.
—Mara.
—El río. —Tenía la respiración todavía de correr y le salió a trozos—. Lo llevaba a la izquierda. Esa noche. Estoy en la ribera norte. Acabo de andarlo. Lo llevaba a la izquierda.
Al otro lado no se oyó nada, ni una respiración, ni un ruido de fondo.
—Vine por esta orilla —dijo Mara—. De río arriba, no de la nave. Y no había tren. No había ningún tren.
Mara esperó, con la frente casi apoyada en la corteza del chopo.
—Muy bien. Ven al Puente a las seis y media. Lo hacemos allí antes de que se vaya la luz.
Lo dijo con su voz de siempre. Tranquila. La de los jueves.
—Y no sigas sola, Mara —añadió—. Hoy no. Vuelve a casa de tu madre y come algo.
—Vale.
Fue él quien colgó. Mara bajó el móvil y abrió la conversación con Llorente. La última línea era suya, de las 08:40. El vídeo: no lo desmiento. Escribió debajo con el pulgar, con los dedos todavía torpes del frío.
Otra orilla. Río arriba.
Lo miró con el dedo encima del botón de enviar.
Ayer, en el hostal, había dicho tren. Y la teniente había tenido a dos patrullas toda la tarde en la vía, casa por casa, del paso a nivel a la estación vieja, con linternas.
Por su tren. Por un creo que sí. Mientras tanto, en algún sitio de esta orilla, río arriba, Vera estaba en un sótano y nadie la buscaba aquí.
Y si esto también era otro tren.
Si esta vez se lo estaban inventando las piernas, como antes los oídos. Si a las 18:30, en el Puente, con él al lado, con los ojos cerrados, salía otra cosa.
Miró el mensaje. Cuatro palabras.
Lo borró a las 15:30. Letra a letra, desde el final, con el pulgar. Arriba. Río. Orilla. Otra. Hasta que solo quedó el cursor, parpadeando en la casilla vacía.