La primera que se escapó 45
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El capitán Sáez pidió un vaso de agua y, cuando se lo trajeron, lo dejó en la mesa sin tocarlo.

Había vuelto solo. Andando otra vez, por la calle mayor, veinte minutos después de que Llorente llegara del Puente. El guardia de la entrada subió a decírselo con cara de no saber si había hecho bien en dejarlo pasar. Está abajo, teniente. En la misma sala. Dice que la espera.

Sáez estaba sentado en la misma silla que por la mañana, con la ventana de la reja a un lado.

Pero esta vez se había quitado la gorra.

La tenía encima de la mesa, con el anzuelo clavado en el ala mirando al techo, y tenía las dos manos a los lados, planas.

Sin la gorra se le veía la cabeza entera, el pelo blanco muy corto, la piel manchada de sol en las sienes.

Parecía más pequeño. Parecía lo que era: un hombre de setenta y un años en una silla de plástico.

El vaso de agua llegó. Sáez dijo gracias. No lo tocó.

Llorente se sentó enfrente. Dejó el móvil boca abajo encima de la mesa. Llevaba vibrando desde las 11:43 sin parar. La comandancia. La UCO. El juzgado de guardia. Un número de Madrid que no conocía. Lo dejó vibrar.

—Lo he visto —dijo Sáez—. En el móvil de mi mujer. En la cocina.

Llorente esperó. Sáez tenía los ojos en el vaso.

—La tarjeta. Para la que se queda. —Movió la cabeza a un lado y a otro—.

Eso no lo sabía nadie. Nadie de fuera. La luna estaba en el reservado desde la primera chica.

La cajita y la tarjeta, desde que aparecieron.

En el juicio salió lo del pendiente, porque no hubo más remedio.

En el acta de la nave pusimos «tarjetas mecanografiadas».

El texto se quedó en la pieza reservada.

No salió nunca. Ni en el juicio, ni en la prensa, ni en ningún sitio.

—Lo sé —dijo Llorente, y abrió la libreta.

—Ya sé que lo sabes. —Levantó la vista—. Tú estabas.

Llorente sostuvo el bolígrafo encima de la hoja, sin escribir.

—Esa cría lo sabía porque lo vio —siguió Sáez—. Porque se lo metieron en el buzón a la otra y lo vio con sus ojos. No hay otra forma. Decía la verdad. Ahora. Y en 2007 decía mentira. Y yo lo sabía.

Sáez no subió la voz. Llorente anotó la frase, con la hora al margen: 12:52.

—Explíquemelo. —Dejó el bolígrafo encima de la libreta.

Sáez se miró las manos.

—No lo sabía. No así. —Buscó la palabra—.

Lo olía. Una cría de diecisiete años que aparece descalza en el Puente a las seis de la mañana y dice estaba sola sin que nadie le haya preguntado nada.

Tú lo pusiste en tu parte, niña. Que venía del lado norte.

De la vega. Y la nave está en este lado.

Lo leí. Me acuerdo de haberlo leído en mi despacho con el café delante. Y lo dejé.

—¿Por qué lo dejó?

—Porque tenía cuatro muertas.

Sáez no cambió de tono. Siguió hablando, y a partir de ahí ya no paró.

Cuatro chicas en dos años. Cuatro familias delante del cuartel todas las mañanas.

La prensa en el hostal, en el bar, en la plaza, con las Chicas del Puente en la portada de los periódicos de Madrid una semana sí y otra también.

Madrid al teléfono todos los días. El coronel.

El delegado. Un subdirector que no sabía ni dónde estaba Castrovado y que llamaba a las once de la noche para preguntar si ya tenían algo.

Y él sin nada. Dos años sin nada, ni una huella, ni un coche, ni un testigo.

—Y de pronto llega un perfil —dijo—. Un hombre de aquí, solo, con antecedentes, con un sitio donde meterse.

Y la cría señala una foto. Y la foto es el perfil.

Clavado. —Abrió las manos sobre la mesa—.

¿Tú sabes lo que es eso, después de dos años?

Es como encontrarte la llave en el bolsillo cuando ya has echado la puerta abajo.

—Y usted la tomó.

—La tomé. —Sáez asintió—. El perfil encajaba y lo tomé. Y todo lo que no encajaba lo aparté. Lo de la vega. Que la otra cría no apareciera por ningún lado. Y tu nota.

Llorente sintió la mano derecha encima de la libreta. La mano que había escrito aquella nota aquella tarde, en el cuartel, con la letra torcida. La misma que al día siguiente le había estrechado al coronel delante de un fotógrafo. La apartó de la libreta y la dejó en la rodilla, debajo de la mesa.

—Mi nota la retiró usted.

—La retiré yo. La doblé en cuatro delante de ti y me la guardé en la camisa. Esa noche la tiré a la papelera de mi despacho.

—Y ayer estaba en casa de Samuel, metida en una funda.

—Ya lo sé. —Sáez se frotó la frente—. Y no sé cómo llegó ahí.

Llorente lo miró. Sáez le aguantó la mirada. Tenía cansancio en la cara, y vergüenza, pero nada escondido. Llorente le creyó, apuntó que le creía y apuntó la hora: 13:20.

—Las copias —dijo—. Las once cajas del garaje.

Sáez cerró los ojos un momento.

—Me las llevé cuando me jubilé. Una por una, en el maletero, durante un mes.

—Los abrió—. Por miedo. Por si un día alguien venía a preguntar.

Para saber lo que había y lo que no. Para que no me pillara nadie con algo que yo no supiera.

—Se le torció la boca—. Diecinueve años durmiendo encima de eso.

Once cajas. Mi mujer me preguntaba qué eran y yo le decía que papeles.

Se calló un momento. Lo soltó sin que Llorente le preguntara nada.

—Fui un cobarde.

No esperó respuesta. Llorente no le dijo que no.

Fuera, en el patio, alguien cerró la puerta de un coche.

El móvil vibró otra vez encima de la mesa y se calló.

Llorente pensó en la operadora, que había dicho que por la tarde.

En el tablón de arriba, con la foto del polvo y la del hueco de la rueda.

En una bodega con dos postes, en algún sitio, en una comarca donde había cientos de bodegas.

—Capitán. ¿Quién más vio la nota?

—¿Qué? —Sáez parpadeó dos veces.

—Esa noche. Antes de que la tirara. ¿Quién más la vio? ¿Quién entró en su despacho? ¿Quién sabía que existía?

—La vio más gente.

—¿Quién? Deme un nombre.

—No me acuerdo. —Sáez se pasó la mano por la cabeza, por el pelo corto, hacia atrás, y la dejó en la nuca—. Pasaba mucha gente por aquel despacho. Ha llovido mucho, niña.

Había contestado demasiado deprisa. Llorente lo apuntó. No la respuesta. La prisa.

Llorente esperó. Sáez miró el vaso de agua. Lo cogió por fin. Se lo acercó a la boca y no bebió. Lo volvió a dejar en la mesa, en el mismo sitio, en el círculo mojado que había dejado antes.

Durante la hora siguiente Sáez contestó a todo lo que no era aquello: el sargento de 2007, los de la comandancia, el juez, el forense. Cuando Llorente volvía a la noche de la nota, se le iban los ojos a la ventana de la reja.

A las 14:00 cambiaron la guardia. Se oyeron pasos en el pasillo, una silla arrastrada, alguien que decía «hasta luego» en voz alta, y Sáez levantó la cabeza.

—El perfil encajaba tan bien —dijo.

Se quedó callado. Tenía la mirada clavada en la pared, detrás de Llorente, y movía un poco los labios, sin sonido, como quien cuenta.

Llorente no se movió.

—Déjame pensar —dijo Sáez.