La primera que se escapó 44
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El capitán Sáez apartó el frutero y abrió encima del hule de la cocina un álbum de tapas de plástico azul, de los de fundas, y lo giró hacia ella.

—Tú mira —dijo—. Despacio. Son hombres de la zona. Si no conoces a ninguno, no pasa nada. Me lo dices y ya está.

Mara asintió. Estaba sentada en la silla de siempre, la de al lado de la ventana, con los pies vendados metidos en unas zapatillas de su padre y una rebeca de su madre por encima del pijama.

El hule era el de todos los días, el de los limones, con una quemadura redonda cerca del borde de cuando ella tenía once años y dejó un cazo.

Olía a lejía. Su madre lo había fregado dos veces esa mañana, antes de que llegaran.

Sáez se sentó enfrente. Dejó la gorra encima de la mesa, boca arriba, al lado del azucarero.

El psicólogo se sentó en la esquina, a su lado.

A la izquierda de Mara, a medio metro. No había dicho nada al entrar, solo buenos días, a su madre, en el pasillo.

Llevaba las mismas gafas de montura fina que el día antes y un jersey gris de cuello redondo, y puso las manos juntas encima del hule, una sobre otra, y las dejó ahí.

Su madre estaba en el fregadero, de espaldas, lavando una taza que ya estaba limpia.

Sáez pasó la primera página.

Eran fotos pequeñas, de carné, dos por hombre: una de frente y una de lado. Debajo de cada una, un número escrito a máquina en una tira de papel. Hombres serios, mal afeitados, mirando un sitio que no era la cámara.

Mara los miró uno a uno.

No sabía qué buscaba. Lo sabía y no lo sabía.

Al hombre del sótano no le había visto la cara nunca.

Le había visto un pasamontañas negro, unos guantes, unas botas en la escalera.

Le había oído la voz. Una voz baja y educada, ahogada por la lana, que preguntaba a qué hora se cenaba en su casa. Las fotos no tenían voz.

Sáez se mojó el dedo con la punta de la lengua y pasó otra página.

Le subió el pitido. Fino, detrás de los ojos. Le había subido en el pasillo, al llegar, con la voz grande del capitán. Ahora estaba ahí, lejos, como una radio en otra casa.

Otra página. Otra. En la cuarta había uno que conocía.

Emiliano, el del bar de la carretera, el que les vendía tabaco suelto a los de la peña aunque tuvieran catorce años.

Con la cara más joven y un bigote que ya no llevaba.

Mara se quedó mirándolo. Inés habría dicho algo.

Algo de ese bigote. Habría dicho que parecía una oruga y se habría reído con la cabeza echada hacia atrás.

Mara se habría reído también, sin querer, doblada sobre la barra, delante de él.

Pasó la vista a la foto de al lado, rápido.

—¿Ese? —Sáez se inclinó un poco sobre el álbum.

—No. Ese es el del bar.

—Ya sé quién es. —Sáez esperó—. ¿Nada?

Mara negó con la cabeza y Sáez pasó otra página.

Encima de la puerta había un reloj que hacía un ruido pequeño con cada minuto, un clic, y Mara empezó a oírlo sin querer. Clic. Las 09:18. Clic. Su madre cerró el grifo y se quedó con las manos dentro de la pila, quietas, sin darse la vuelta.

El psicólogo no se movía. No miraba el álbum. La miraba a ella, de lado, sin prisa, con las manos una encima de la otra. Mara lo notaba sin volverse, en el lado izquierdo de la cara.

Pasaron dos páginas más. Sáez no tenía prisa. Se paraba en cada página hasta que ella decía que no, y un poco más.

Tenía sed todo el rato desde el domingo, aunque su madre le ponía vasos de agua en todas partes. Bebía y seguía teniendo la garganta como una lija. Miró el vaso que tenía delante, lleno, y no lo cogió.

Eran las 10:20 cuando Sáez pasó la página once.

Y allí, abajo a la derecha, estaba el señor Rebollo.

Mara lo conoció enseguida. Más joven, con más pelo, pero él.

La cara ancha, las cejas juntas, la boca de estar enfadado con todo el mundo.

El del desguace. El que salía de la caseta con un palo cuando se colaban a por piezas de moto y gritaba cosas que no se entendían.

Una vez había perseguido a Inés hasta la vía.

Inés se había reído todo el camino, corriendo, y el hombre se había parado en la valla, sin aire, con el palo en la mano.

Hierro. El desguace era todo hierro. Coches aplastados, montones de chatarra roja de óxido, el olor de la nave cuando pasabas por la carretera en verano.

Ayer había dicho hierro. Olía a hierro, sí.

Encajaba. Lo notó encajar, como una pieza que entra en su hueco y hace un ruido pequeño. Ni siquiera lo pensó. Encajó solo.

Sáez no se paró más que en las otras. Iba a pasar la página.

—Tómate tu tiempo —dijo el psicólogo.

Habló a su lado, muy bajo, sin moverse. No había abierto la boca desde el pasillo.

Sáez apartó la mano del álbum y la dejó quieta en el hule.

Nadie dijo nada más. Su madre seguía de espaldas, con las manos en la pila. El reloj hizo clic. Fuera, en la calle, pasó una moto y se perdió cuesta abajo.

Mara miró la foto. La cara ancha. Las cejas. El número debajo, en la tira de papel.

Nunca le había visto la cara al hombre del sótano.

Lo sabía. Lo sabía muy bien. Pero todos estaban esperando.

Su madre de espaldas. El capitán con la mano en el hule.

El psicólogo a su lado, con aquella voz que no apretaba y que le había dicho ayer que no tenía que demostrarle nada a nadie.

Y si ella ponía el dedo en una cara, se acababa.

Se acababa todo. No supo qué era todo. Sabía que era mucho y que pesaba y que llevaba desde el domingo encima de ella sin dejarla respirar.

Levantó la mano derecha.

Le dolió al estirar el dedo. Las cuatro medias lunas de la palma tiraron, como si la piel se hubiera quedado pequeña. No la bajó.

Puso el dedo encima de la cara del señor Rebollo.

La foto estaba fría, del plástico de la funda. Tenía una mancha de grasa en una esquina, de otro dedo, de otro día.

—¿Estás segura? —Sáez la miraba a los ojos por encima del álbum, serio.

Mara no apartó el dedo.

—Sí.

Sáez soltó el aire por la nariz, largo, y apoyó la espalda en la silla.

Sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y apuntó algo en una libreta, muy rápido, y miró su reloj, y lo apuntó también.

Luego se levantó, dijo «perdone» a su madre y salió al patio con el móvil ya en la oreja.

Mara lo oyó hablar al otro lado del cristal, primero bajo y luego no tan bajo. Oyó «sí, mi coronel». Oyó «esta tarde».

Retiró el dedo. Se miró la yema. No tenía nada.

A su lado, el psicólogo seguía igual. Las manos juntas encima del hule. No había mirado la foto ni una vez. La miraba a ella.

—Eres muy valiente —dijo, sin sonreír, en voz baja.

La enfermera del hospital le había dicho lo mismo el lunes, mientras le sacaba las astillas de los pies.

Muy valiente, por no quejarse. En la boca de la enfermera había sido una frase de enfermera.

En la de él le quitaba de encima una mochila llena de piedras que llevaba desde el domingo, y se la llevaba a otro sitio sin preguntarle qué había dentro.

Mara notó cómo se le aflojaban los hombros. Los tenía subidos hasta las orejas y no lo sabía. Bajaron solos. Le bajó también el pitido, un poco, lo justo para oír el grifo, que su madre había vuelto a abrir.

Cogió el vaso de agua. Bebió la mitad de un trago.

El psicólogo se subió un poco la manga del jersey y miró su reloj de pulsera. Lo miró un momento más de lo que se tarda en ver la hora.

—Tengo que irme —dijo.

Se levantó. Empujó la silla hasta dejarla recta, en su sitio, pegada a la mesa. Le dio las gracias a su madre desde la puerta, con la misma voz de todo el rato.

Eran las 10:31.