43
Vera oyó crujir la escalera y se levantó del colchón antes de verle las piernas a Samuel. Él llevaba seis horas sin bajar. Ella había hecho la sesenta y cuatro hacía nada, con la piedra, a lo que calculaba que era mediodía, y todavía tenía el polvo de la cal en las yemas.
Venía sin comida. Ni plato ni botella. Hizo los doce escalones con una mano en la pared, y cuando llegó abajo no levantó la vista. Se paró allí, con los brazos colgando y el móvil grande en la mano, la pantalla encendida, mirando el suelo de tierra.
—¿Y ahora qué pasa?
Samuel levantó la cabeza. Tenía la cara gris. Vera conocía su cara de sueño, las ojeras moradas, los párpados hinchados. La de hoy traía los labios apretados y un músculo de la mandíbula que le saltaba, uno solo, debajo de la oreja, con un pulso propio.
—Ha hablado —dijo—. Tu madre. En el Puente. En directo. Lo han dado en la radio y lo he oído entero en el coche.
—¿Qué ha dicho? —Vera no se movió del sitio.
—Todo —dijo él, y se dejó caer en el escalón de abajo.
Dejó el móvil boca abajo en la rodilla. En la esquina de la pantalla, antes de que le diera la vuelta, Vera había visto la hora: 12:02.
—Lo de la cajita en el buzón —dijo Samuel.
Hablaba mirando al frente, a los postes de las argollas, sin atascarse en nada—.
Lo de la tarjeta. Para la que se queda. Lo de la verbena.
Lo del candado, que la otra lo limó con el pendiente.
La ventana, que era para una. Que le soltó la mano.
Que le dijo vuelvo a por ti. Que se paró en el camino y miró la casa.
Paró y se restregó la cara.
—Todo igual —dijo—. Palabra por palabra. Como me lo contó él.
Vera pensó en su madre de pie en un puente, delante de un móvil, diciendo aquello en voz alta. Su madre, que no decía ni lo que había cenado. No pudo verla. Le salía la cara de la cocina, blanca, con la baratija en la mano, y no le salía otra.
—¿Ha llorado? —Le salió antes de pensarlo.
Samuel levantó los ojos hacia ella por primera vez y dijo que no.
Vera se lo guardó.
—Tendrías que estar contento —dijo—. Es lo que querías. Que lo contara.
Samuel se encogió de hombros.
—Pues para ser tu gran día, traes cara de entierro.
Él le dio la vuelta al móvil grande, lo miró, lo volvió a dejar boca abajo.
Metió la mano en el forro polar, por dentro, y sacó el otro, el pequeño, el negro de tapa.
Lo encendió. No tenía tarjeta: la tarjeta la llevaba aparte, en la cartera.
Buscó algo con el pulgar y se lo tendió sin levantarse, con el brazo estirado.
Un mensaje enviado. Domingo, 09:40.
Hora 36. Inés dejó de pedir agua. A la hora 48 vuelves a elegir: tú o ella.
Vera lo leyó dos veces. La segunda se paró en la última frase.
Tú o ella. Ella no era Inés. Inés ya estaba en la primera línea, en pasado. Ella era la otra, la que estaba ahora en el sótano. Vera miró la pared de las rayas sin querer, las finas y las gruesas, y volvió a la pantalla.
—¿Qué significa «tú o ella»?
—Es una forma de hablar.
—¿Una forma de hablar de qué?
—Me lo dijo así. —Samuel cerró el móvil de tapa y se lo guardó—. Yo lo mando como me lo dice.
—Anoche me dijiste que a las diez menos veinte me llevabas a casa.
—Y te llevo. —Samuel ni siquiera levantó la cabeza.
—Entonces, ¿quién elige, Samuel?
Samuel se frotó los pulgares, uno contra otro, muy rápido.
Tenía los nudillos de la mano herida abiertos otra vez, la costra levantada por un lado.
Vera vio que no tenía respuesta, y vio que él también acababa de verlo, allí, con el mensaje en la mano.
Lo había mandado a las diez menos veinte sin leerlo. O leyéndolo sin enterarse.
Samuel bajó la voz.
—En las noticias dicen que en mi coche había pendientes.
—¿Qué pendientes? ¿De quién?
—De las chicas. Las cuatro del Puente. En una caja de puros, donde va la rueda de repuesto. De mi coche. Del mío. Lo dicen en todas partes. Que el hijo guardaba los recuerdos del padre.
Se le fue la voz hacia arriba al final, de golpe, y la bajó enseguida con las dos manos abiertas encima de las rodillas, apretando.
—Yo no puse nada ahí.
Vera lo miró. Las manos apretando las rodillas, la mandíbula, los ojos que no iban a ningún sitio. Le creyó. Con aquella cara no le quedaba otra.
—¿Quién más tiene la llave de tu coche?
Samuel se quedó quieto. No dijo «nadie». Tampoco dijo «mi tía». Miró hacia lo alto de la escalera, a la puerta de tablas cerrada, y la estuvo mirando un rato con la boca un poco abierta.
Luego volvió a bajar la vista.
Vera dejó pasar un momento. Contó cuatro respiraciones, las suyas, sin que se le notara.
—¿Qué más ha dicho mi madre?
—Que no se lo había dicho a nadie. —A Samuel casi no le salía la voz—. Nunca. En todo ese tiempo. Ni a su madre, ni a ti. Que eso lo sabían dos personas. Ella y la otra chica. Y él.
Y él. Vera sintió frío en los brazos, debajo de la chaqueta.
—Si no lo sabía nadie —dijo—, ¿de dónde lo ha sacado tu fuente?
—Se lo contó a él —dijo Samuel al cabo de un rato.
—Acaba de decir que no.
—Se lo contó a él —repitió, más alto—. Tuvo que contárselo. Si no, no lo sabría.
Necesitaba que fuera verdad. Si no, se quedaba sin suelo. Vera no le discutió. Dejó la frase con las otras, para darle la vuelta más tarde.
—Entonces es alguien a quien mi madre le cuenta cosas.
Samuel no dijo ni que sí ni que no.
Vera los repasó. Su abuela, que cambiaba de tema, que le había dicho «una amiga de tu madre, de antes» sin darle el nombre, que no preguntaba nunca nada porque no quería oír la respuesta.
Su abuela no sabía. Vera se lo había visto en la cara muchas veces y hasta ahora no le había puesto nombre. Nadie más.
Su madre no tenía amigas. Tenía clientes, casas que medir, un jefe en la empresa de tasaciones que la llamaba los lunes.
Tenía a la madre de Carla, que le decía «tu madre, la seria».
No tenía a nadie con quien sentarse en una cocina a contar cosas.
No se sentaba en las cocinas. Se sentaba en el coche, delante de las casas, con el motor apagado, mirando paredes. Nadie.
Casi nadie.
La palabra se le quedó enganchada en algún sitio, el «casi», y no supo en cuál. Buscó. No encontró nada. Solo la sensación de haber pasado la mano por una pared y haber notado una rugosidad donde creía que estaba liso.
Samuel se levantó. Recogió el móvil grande de la rodilla y subió. Cerca de arriba, en el cuarto, el que crujía, se paró de espaldas a ella, con la mano en la pared.
—Él la conoce mejor que tú —dijo.
No se volvió. Terminó de subir, cerró la puerta de tablas y Vera oyó correr el cerrojo.
Siguió en mitad del sótano, de pie, con la piedra apretada en el puño.
Él la conoce mejor que tú.
La puso al lado de la otra, la primera, la del mensaje de la hora cero, la que tenía debajo el tic de un reloj. Eso es lo que tienes. Las dos juntas. Las dos dichas igual, sin subir la voz, bajando al final.