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El móvil estaba en el trípode de Cuesta, a dos metros, con la luz roja encendida, y detrás de Mara estaba el Puente.
Cuesta lo había montado en diez minutos, en silencio, con las manos grandes y torpes de quien no ha montado un trípode en su vida.
Lo había puesto en mitad de los tablones, de espaldas al pueblo, para que en la pantalla saliera ella y, detrás, la barandilla, los remaches, la niebla que se estaba levantando del río y, al fondo, la mancha gris de las choperas de la vega norte.
Luego se había ido al extremo sur y se había quedado allí de pie, con los brazos cruzados, de espaldas a ella, mirando la calle, para que nadie pasara.
Y detrás del trípode, en el extremo sur, sola, un poco apartada de Cuesta, había una mujer.
Mara la vio al llegar. Luisa. Plantada al lado de la farola, con un abrigo negro abrochado hasta arriba, hasta la barbilla, y las manos cogidas delante.
Tenía la cara muy blanca encima del cuello negro.
No se había acercado y no pensaba hacerlo.
Estaba a cuarenta metros, detrás de la luz roja, con la niebla por las rodillas, mirándola.
Lamela no había venido. A las 10:30 le había dicho que lo vería desde la ventana del hostal, que era mejor así, que ella tenía que estar sola en aquello. Mara miró hacia el hostal, en la orilla del pueblo, por encima del trípode. Las ventanas eran rectángulos oscuros. No vio a nadie.
—Cuando quiera —dijo Llorente, muy bajo.
Mara miró la luz roja. Tenía las manos heladas y la derecha le latía debajo de la tirita.
Había pensado cómo empezar toda la mañana, en casa de su madre, en el coche, andando por los tablones. Se había preparado frases. No usó ninguna.
—Me llamo Mara Ferreras Quiroga. Tengo treinta y seis años. En octubre de 2007 me secuestraron en este pueblo. Durante diecinueve años he contado una historia que no era verdad. Hoy voy a contar la otra.
La voz le salió baja. Más baja de lo que quería. No la subió. Le llegaba el frío del río por los tobillos.
En la pantalla, debajo de la luz roja, se veía a sí misma en pequeño, con el Puente detrás y el pelo movido por el aire.
En una esquina había un número que cambiaba.
Subía de cien en cien, de mil en mil, mientras ella hablaba.
Mara dejó de mirarlo. Miró el cristal negro del móvil, el punto donde tenía que estar el ojo que la veía, y habló a ese punto.
—Una semana antes de las fiestas, mi amiga Inés Valverde encontró en su buzón una cajita. Sin sello. Alguien la había metido con la mano. Dentro había dos pendientes de plata con forma de luna. Y una tarjeta escrita a máquina. Cuatro palabras. Para la que se queda.
A su lado, fuera de plano, Llorente se quedó muy quieta.
Mara no se volvió. A ella no le había llegado nada aquella semana. Nunca se había preguntado por qué. Siguió.
Contó la verbena. Que Inés salió corriendo detrás de ella para que no volviera sola. Somos dos. Contó el camino de la ribera, los faros detrás, el paño en la cara.
—No estaba sola. Nunca estuve sola. Inés estaba conmigo. Nos cogieron a las dos.
Contó el sótano. Olía a vino viejo, a bodega. Una cadena en cada tobillo. Un hombre con pasamontañas que bajaba por una escalera de ladrillo, doce escalones, el cuarto crujía. Que les daba agua con una pajita. Que les hacía preguntas.
El cuaderno, la pluma y lo del uno al diez se le quedaron fuera sin querer. Le salía otra cosa.
—Inés limó su candado con el poste de uno de los pendientes.
Un día entero. El poste se dobló. Se lo enderezó con los dientes y le quedó una muesca, aquí, junto al cierre.
—Levantó el dedo corazón de la mano derecha para hacer de poste y se señaló con el pulgar el sitio exacto, cerca de la punta—.
El pendiente que apareció el viernes en mi mesita tiene esa muesca.
Por eso supe que era suyo. Nadie más podía saberlo.
—Inés abrió los dos candados. —Bajó la mano—. Nos fuimos a la ventana. Era pequeña. Cabía una. Inés me dijo que yo pesaba menos, que saliera yo y que tirara de ella desde fuera.
Ahí se paró.
El Puente estaba muy quieto. Debajo, el río hacía su ruido de todos los días. Mara miró al fondo, por encima de la luz roja. Luisa no se había movido.
—Salí. Me tumbé en el rastrojo. Metí el brazo por la ventana y le cogí la mano. Tiré. Tenía los codos fuera. Le faltaba muy poco.
Se miró la mano derecha. La abrió. La cerró. La tirita tenía el borde levantado.
—Pasó un coche por la carretera. Pensé que era él. Y le solté la mano.
Llorente no se movió. Cuesta, al fondo, seguía de espaldas, pero había bajado los brazos y tenía la cabeza un poco ladeada hacia ellas.
—Le dije: vuelvo a por ti. —La voz se le quebró en la última palabra y la dejó quebrada—. Vuelvo a por ti. Y ella me dijo: vale.
Bajó los ojos a los tablones un momento.
—Y no volví.
Contó el camino. La carrera por el rastrojo, descalza.
Que llegó a un camino de tierra y se paró.
Que se giró y miró la casa. Que no sabía cuánto tiempo estuvo allí.
Que luego siguió corriendo hacia el río y se escondió en un carrizal hasta la madrugada, y cruzó este Puente, estos tablones, de norte a sur, a las 05:40 del lunes.
—Aquí —dijo, y tocó la barandilla con la mano izquierda—. Aquí me encontró una guardia civil. Y yo le dije que estaba sola antes de que me preguntara nada.
Llorente no la miró. Tenía los ojos fijos en la niebla del lado norte y la mandíbula apretada.
—Inés siguió viva dos días —dijo Mara—. Si yo hubiera dicho aquí su nombre, la habrían buscado esa misma mañana. No lo dije. Soltarla fue un segundo. Esto lo elegí.
Contó el hospital. Que a Luisa, a la madre de Inés, que llegó en bata a urgencias preguntando por su hija, le dijo que se habían separado en el Puente y que Inés hablaba de marcharse a Madrid. Que Luisa dijo que sin la lata no se iba. Que ella la oyó. Y que no dijo nada.
Mientras lo contaba miró al fondo. Luisa estaba en el mismo sitio, a cuarenta metros, junto a la farola.
No había cambiado de postura. Mara no supo si desde allí se oía.
Le pareció que sí. Le pareció que Luisa había oído cada palabra, también lo de Madrid, que ya le había oído aquella mañana en urgencias, con una zapatilla de casa sí y otra no. Mantuvo la voz donde estaba.
Contó las sesiones. Que un psicólogo del juzgado fue a su casa, a hablar con ella, y le dijo que mucha gente, cuando sale, necesita contar las cosas de una forma que se pueda soportar. Y que ella lo contó así. De esa forma. Desde entonces.
Contó el álbum de fotos. La página de Anselmo Rebollo, al que conocía de toda la vida. Que puso el dedo encima de su cara.
—Nunca le vi la cara al hombre del sótano. Nunca. Señalé a Anselmo Rebollo porque era una cara que se podía señalar. Y en el juicio, en 2009, le oí hablar. No era su voz. Lo supe allí, sentada detrás de un biombo. Y no dije nada. Él se murió en la cárcel tres años después.
Pensó en Vera. En los dos dedos en el lóbulo. En la frase que su hija se había inventado para salvarse y que era verdad.
—Mi hija tiene razón —dijo—. Lo sabía.
Ayer, delante del cuartel, había leído cinco frases de un folio. Antes de leerlas había tachado dos. Salí por una ventana. Ella se quedó dentro. Hoy las había dicho. Las dos. En voz alta.
Miró la luz roja un rato largo. Tenía la boca seca y los labios cortados.
—No se lo había contado a nadie —dijo—. Nunca. Ni a mi madre, ni a mi hija, ni a nadie. Esto que acabo de decir lo sabíamos dos personas. Inés y yo. Y él.
Se calló. Lo había contado todo. Quedaba una cosa, en algún sitio, detrás de lo que había dicho, algo del camino que sabían las manos y no la cabeza. Eso no se contaba. Ni siquiera llegó a pensarlo.
Se guardó las manos en el abrigo.
Al fondo, detrás del trípode, Luisa Valverde seguía al pie de la farola, con las manos cogidas delante. No se había movido en todo el rato y tampoco se movió ahora. Estaba mirándola a ella. Solo a ella.
Llorente se acercó al trípode y tocó la pantalla. La luz roja se apagó. Eran las 11:43.
Mara se volvió hacia ella.
La teniente estaba blanca. Con la boca un poco abierta y los ojos fijos en Mara.
Se acercó un paso más. Habló muy bajo, para que no lo oyera nadie, ni Cuesta, ni el río.
—La tarjeta no salió nunca en prensa.