La primera que se escapó 41
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Cuando el capitán Sáez cerró la puerta del salón, el hombre joven de gafas se quedó cuatro minutos sin preguntarle nada.

Mara los contó. No quería contarlos y los contó, con el reloj de pared de su madre, el de la caja de madera y el péndulo detrás de un cristal, que hacía tic, tic, tic encima del aparador.

Cuatro minutos. Doscientos cuarenta tics.

El hombre estaba sentado en el sofá, enfrente de ella, con una taza de café en la mano que no se bebía y la otra mano quieta encima de la rodilla.

Miraba la alfombra. Después miró la ventana, las cortinas echadas, la luz de mediodía colándose por el borde, en una raya amarilla. Y por fin la miró a ella.

—Mara, este es el señor Lamela. Es psicólogo. Del Instituto de Medicina Legal, en Zamora. El juzgado le ha pedido que hable contigo. Es lo normal, con lo que te ha pasado. Tú le cuentas lo que te acuerdes y ya está. No tengas prisa.

El capitán había hablado solo durante diez minutos, de pie, con la gorra dando vueltas. Que todo iba bien. Que se acordara de todo lo que pudiera. El hombre de las gafas no había dicho ni una palabra. Se había sentado en el sofá y había aceptado el café que le trajo su madre.

A las 12:10, el capitán había mirado el reloj de pared, había dicho que tenía que irse a Zamora, que el señor Lamela se quedaba, y se había ido. Había cerrado la puerta del salón al salir. Mara lo había oído despedirse de su padre en el pasillo.

Y luego el silencio. Los cuatro minutos. Los doscientos cuarenta tics. En la cocina, su madre abrió un grifo y lo cerró enseguida.

En el aparador, debajo del reloj, había fotos en marcos de plata.

La comunión de Mara. La boda de sus padres.

Y una de la piscina municipal, de aquel verano, que su madre había puesto allí en agosto: Mara e Inés con los ojos rojos de cloro, abrazadas por los hombros, riéndose de algo que no salía en la foto.

El psicólogo miró la foto mucho rato, con la cabeza un poco inclinada, sin cambiar de cara, y volvió a la alfombra.

Al final, el hombre dejó la taza en la mesa baja, en el platito, sin hacer ruido. El café estaba entero y ya no humeaba.

—No tienes que contarme nada hoy —dijo.

Tenía una voz tranquila. Baja. A Mara, al oírla, le subió el pitido. Lejano, fino, detrás de los ojos. Le subía con todas las voces de hombre desde el domingo. Con la del médico de la ambulancia. Con la de su padre en el pasillo. Con la del capitán. No le dio importancia.

—Solo quiero que sepas una cosa —siguió él—. Una sola. Luego, si quieres, hablamos de lo que tú quieras, o no hablamos.

Mara no dijo nada. Él se echó un poco hacia delante y juntó las manos entre las rodillas.

—Mucha gente, cuando sale, necesita contar las cosas de una forma que se pueda soportar. No es mentir.

Mara lo miró.

Él no apartó los ojos. Tenía los ojos claros detrás de las gafas, y la mirada limpia, sin nada, como el agua de una piscina vacía.

—No es mentir —repitió, más bajo—. Es sobrevivir. Y a mí no tienes que demostrarme nada.

El reloj de pared hizo tic. Tic. Tic.

Mara se miró las manos. La izquierda, con la marca de la vía en el brazo. La derecha, con las cuatro medias lunas moradas en la palma.

Una ventana. Una mano resbalando por su mano. Vuelvo a por ti. Vale.

—¿Estabas sola, Mara? —preguntó él.

Lo preguntó con suavidad. Parecía que ya sabía la respuesta y solo quería oírsela decir, para quitarle a ella el trabajo de pensarla.

Mara no levantó la vista de la palma.

—Sola —dijo.

Él asintió una vez. Al asentir se le relajaron los hombros, y a Mara le pareció que se le relajaban también a ella. Aquella palabra, dicha a aquel hombre, en aquel salón, con las cortinas echadas, se quedaba guardada en algún sitio donde ya no pesaba.

—Bien —dijo él—. Bien.

Estuvo callado otro rato. Volvió a hablar con la misma voz.

—¿Cómo era el sitio?

Mara pensó. Techo bajo. Vigas negras. Paredes blancas, de cal. Una bombilla pelada, sin tulipa. Una escalera. El cuarto escalón, que crujía. Dos postes.

—Oscuro —dijo.

—Oscuro. —Él lo repitió despacio, guardándolo—. ¿Te acuerdas de algún olor?

Mara buscó. El olor le vino antes que nada: agrio, viejo, de vino derramado hacía mucho, de bodega. Y la humedad. Y el cubo.

Abrió la boca para decirlo.

—¿Olía a aceite, a hierro? —dijo él, suave, antes de que ella hablara.

Mara tenía todavía la boca abierta.

Hierro. La cadena. El candado. El sabor a moneda chupada que se le había metido en la boca y en las uñas. Sí. Había olido a hierro. Claro que había olido a hierro.

—A hierro, sí —dijo.

Él asintió otra vez. No apuntó nada. No tenía nada donde apuntar. Tenía las manos juntas entre las rodillas y la miraba con aquella atención tranquila, sin prisa, que no se apartaba de ella.

Estuvieron así casi dos horas. Él preguntaba poco.

Ella contestaba menos. A veces se quedaban callados diez minutos seguidos, con el tic del reloj de pared llenando el salón, y a Mara no le importaba.

Era el primer sitio desde el Puente donde nadie la miraba con miedo de romperla.

Él la miraba como si ya estuviera rota y no pasara nada.

No le preguntó por Inés.

Mara se dio cuenta al final, cuando ya había pasado casi todo el tiempo.

En dos horas, aquel hombre no le había preguntado por Inés ni una vez, ni por su nombre ni por dónde estaba.

El capitán le había preguntado si iba sola.

Luisa le había preguntado dónde estaba su hija.

Él no. Mara no supo si aquello le aliviaba o le daba miedo, y decidió que le aliviaba.

A las 13:55, el hombre miró su reloj de pulsera y se levantó.

—Mañana seguimos —dijo—. Por la mañana. Vendrá también el capitán, con unas fotos. No te preocupes por eso. Tú mírate las fotos con calma. Tómate tu tiempo.

Le tendió la mano. Mara se la dio con la izquierda, porque la derecha no podía. La mano de él estaba seca y templada y no apretó.

Se fue. Mara lo oyó en el pasillo despedirse de su madre, darle las gracias por el café. La puerta de la calle. Pasos en la acera.

Mara se levantó del sillón. La manta se le cayó al suelo y la dejó allí. Le dolieron los pies vendados al apoyarlos y no le importó. Fue cojeando hasta la ventana, apartó un dedo la cortina y miró la calle alta, blanca de sol de mediodía. El cristal estaba frío.

El hombre de las gafas caminaba calle abajo, con las manos hundidas en el abrigo. No fue hacia los coches aparcados en la plaza ni hacia la carretera de Zamora. Bajó por la cuesta de la iglesia, hacia la ribera, sin prisa, como quien da un paseo después de comer.

Mara lo siguió con la vista hasta que la calle hizo curva.

Iba hacia el río.