Inés. Hora 36
Tiene la lengua pegada al paladar. No la despega.
Hace rato que ha dejado de despegarla. Duele menos así.
No bebe desde ayer por la mañana. Desde la pajita. Ha lamido la cal de la pared, donde está más fría, donde a veces suda. Ha dejado de hacerlo porque sabe a tiza y le da más sed.
La puerta. Los pasos, deprisa. Por segunda vez, deprisa. El cuarto escalón cruje y él ni se para.
Huele a café. Y a otra cosa. A calle. A mañana.
Se queda abajo, junto a la escalera. No se acerca. No trae botella.
—Esta mañana ha señalado a un hombre —dice—. En unas fotos. Ha mirado las páginas y ha puesto el dedo encima de una cara. Yo solo le he dicho que se tomara su tiempo.
Inés no entiende. Lo mira. La forma negra contra la bombilla.
—Ha elegido a otro para que se quede aquí contigo —dice él.
Abre el cuaderno. Escribe. La pluma rasca.
Ha elegido.
Mara no elige. Mara vuelve. Mara ha dicho que vuelve.
Pero la palabra se le queda dentro, rascando, igual que el pendiente contra el candado. Ha elegido a otro. Ha elegido.
Inés quiere preguntar quién. Qué hombre. Qué fotos. Abre la boca y la lengua no se despega, y no sale nada, y tampoco sale el agua. No pide agua. Se da cuenta de que no la pide. Él tampoco se la ofrece. Escribe eso también. Lo sabe por cómo escribe.
Él cierra el cuaderno. Sube.
El cerrojo.
Inés se tumba de lado en el colchón. Busca debajo el pendiente doblado. Tarda en encontrarlo. Se le cae una vez. Lo encuentra.
Cuenta los grupos con la yema. Siete.
Aprieta la punta contra la cal.
Treinta y seis.
Deja el pendiente en el colchón, al lado de la cara. Cierra los ojos.
Ya no pide agua.