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Lo leyó una vez. Las piernas se le fueron antes de terminar la segunda.
No se cayó. Se deslizó. La espalda contra el armario de debajo del fregadero, hasta quedar sentada en el suelo de baldosas, con las rodillas dobladas y el móvil todavía en la mano, la pantalla hacia arriba, encendida.
Las baldosas estaban frías. Eran las mismas de siempre, marrones y blancas, en diagonal, con una que se movía cerca de la puerta del patio desde que ella tenía seis años.
Las había contado mil veces de niña, sentada en aquel mismo sitio, esperando a que se hiciera la cena.
Desde allí abajo la cocina parecía más alta, y el borde de la mesa, con el hule, le quedaba a la altura de los ojos.
El tirador del armario se le clavaba entre las paletillas. No se apartó.
Inés dejó de pedir agua.
Se le secó la boca. De golpe, entera, como si alguien se la hubiera llenado de tierra.
Intentó tragar y no había nada que tragar.
La lengua se le pegó al paladar. Se pasó la lengua por los labios y fue peor.
Pensó en la pajita metida en el tapón de una botella, en una mano con guante que la acercaba y la retiraba, en la garganta como papel de lija aquel sábado.
Y pensó en Inés sola, después, a oscuras, sin pajita, sin nadie, con la lengua pegada, dejando de pedir.
Dejando de pedir. No de tener sed. De pedir.
A la hora 48 vuelves a elegir: tú o ella.
Ella. Ya no era Inés. Inés estaba en el primer renglón, en pasado, bebiéndose su propia sed en un sótano de 2007. Ella era la otra. La que estaba ahora en ese sótano. La de la barbilla levantada en la foto de la hora 12. La de los dos dedos en el lóbulo.
Vuelves a elegir. Otra vez, como la primera. Una ventana para una. Tú o ella. Y la primera vez había elegido.
—Mara —dijo Lamela, muy bajo.
Había llegado a las 09:15 con una bolsa de cruasanes de la panadería de la plaza que nadie había abierto, y había estado en el salón con Encarna, hablando en voz baja de cosas que Mara no había escuchado.
Ahora estaba de pie en el umbral, con las manos quietas a los lados del cuerpo, mirándola en el suelo.
No se acercó enseguida. Esperó un momento, como esperaba siempre, dejando que ella se diera cuenta de que estaba ahí.
Luego entró y bajó hasta su altura, sin tocarla, con los antebrazos sobre las rodillas.
Mara le tendió el móvil. La pantalla seguía encendida.
Él lo leyó sin cogerlo, con la cabeza un poco inclinada, y tardó en hablar.
—Haz lo que puedas soportar —dijo.
Hablaba como en la consulta, como por teléfono el sábado a las 07:30. Era la voz que llevaba todos esos años diciéndole que no pasaba nada si no podía, la que bajaba un poco al final de cada frase para que ella no tuviera que contestar.
Mara levantó la vista y lo miró de verdad, desde el suelo, por primera vez en mucho tiempo. La cara delgada, las gafas de montura fina, el pelo gris muy corto. La paciencia. Aquella paciencia infinita, tranquila.
—Ya no quiero soportar nada —dijo. La garganta seca le raspó cada palabra.
Lo dijo y lo oyó, y al oírlo le vinieron todas juntas las palabras de él, las de todos esos años, una detrás de otra, como cuentas de un collar que se rompe.
De una forma que se pueda soportar. Tómate tu tiempo.
La memoria hace eso. No te adelantes. Esto todavía no.
Frases amables y razonables, y todas le decían lo mismo: que había una forma de no contar que no era mentir.
Ella había vivido dentro de esa forma desde los diecisiete, como se vive en una casa con las ventanas tapiadas.
Lamela no se movió. Le cambió la cara un instante, demasiado rápido para leerlo. Bajó la barbilla una vez.
—Entonces no lo soportes —dijo.
A Mara se le aflojaron los dedos alrededor del móvil.
En la puerta del pasillo, entornada, había alguien.
Mara vio primero la sombra en las baldosas, y enseguida la zapatilla.
Encarna estaba al otro lado, de pie, con un trapo de cocina en la mano, pegada al marco.
Escuchando. No se escondía. Simplemente no entraba.
Llevaba diecinueve años así, al otro lado de una puerta entornada.
Mara la miró a través de la rendija. Su madre no apartó la vista. Por una vez, no la apartó.
Encarna dobló el trapo en dos. Luego en cuatro. Lo sostuvo contra el pecho con las dos manos. Tenía los nudillos blancos. Y asintió, una sola vez, desde el otro lado de la puerta. No dijo nada.
Mara se levantó del suelo. Le costó. Se le habían dormido los pies.
Se agarró al borde del fregadero con la izquierda.
La derecha le colgaba abierta, con la tirita sucia.
Lamela se levantó a la vez, sin tocarla.
Mara estuvo un momento en medio de la cocina, respirando, hasta que dejaron de temblarle las rodillas.
Buscó el número de Llorente. El pulgar le temblaba y tuvo que intentarlo dos veces. Se apoyó en la encimera.
La teniente contestó al primer tono. De fondo se oía una puerta y alguien que hablaba alto, una voz de viejo.
—Lo he visto —dijo Llorente—. Me lo acaban de pasar.
—Necesito una cosa —dijo Mara.
Al otro lado se cerró una puerta y la voz de viejo se apagó.
—Diga —dijo Llorente, ya sin ruido detrás.
—Un móvil en un trípode. Uno que emita en directo. Donde lo pueda ver todo el mundo, a la vez, sin cortes. —Tomó aire—. Y ni un periodista. Ni uno. Ni cámaras, ni micrófonos, ni preguntas. Nadie delante más que el móvil.
—¿Qué va a hacer?
—Lo que me piden. Contarlo. En voz alta.
Mara oyó respirar a Llorente al otro lado.
—¿Todo?
Mara tardó en contestar. Detrás de la voz de Llorente, en el fondo, oía otra vez la voz de viejo, más lejos, y una puerta, y alguien que decía «teniente» en el pasillo. La teniente no colgó. Esperó.
Mara miró a Lamela. Se había ido hasta la mesa y estaba de espaldas a la ventana, con la bolsa de cruasanes sin abrir al lado. La miraba con la misma cara de siempre, tranquila y atenta. La cara de los jueves, cuando ella decía algo importante y él hacía como que no lo era.
Miró a su madre, en la rendija de la puerta, y después la baldosa suelta junto a la puerta del patio.
—Todo lo que me acuerde —dijo.
—A las once —dijo Llorente, después de un momento—. Le pongo el móvil y el trípode. Cuesta y yo. Nadie más. Se lo prometo.
Se lo prometo. Mara oyó la palabra y se le quedó dentro, al lado de la otra, la que ella no decía nunca.
—¿Dónde?
Mara pensó en unos tablones helados. En una niebla hasta las rodillas.
En unos remaches contados uno a uno hasta el cuarenta y algo.
En una chica con un chaquetón verde acercándose despacio con las manos abiertas.
Y en su propia voz, con diecisiete años, diciendo dos palabras antes de que nadie le preguntara nada.
Eran las 10:21 en el reloj de la cocina.
—Lo voy a contar donde lo mentí.