La primera que se escapó 39
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Llorente pegaba en el tablón la foto del hueco de la rueda, al lado de la de la caja de puros.

Lo vio en el reflejo de la ventana antes de darse la vuelta.

Un hombre de cincuenta y ocho años, ancho, con el pelo blanco cortado a cepillo y el uniforme planchado con raya.

Treinta años en aquel puesto. Tenía la gorra cogida con las dos manos por la visera, delante de la tripa, y le daba vueltas como a un volante.

—Teniente. ¿Tiene un momento?

—Pase —dijo ella, sin soltar la foto.

Pedrosa cerró la puerta. No se sentó. Se plantó entre las dos mesas, con la gorra dando vueltas.

—Fui yo —dijo.

Llorente dejó la foto a medio pegar y esperó.

—Lo del maletero. Al capitán. Le llamé yo. —Se pasó la gorra de una mano a otra—. A las cuatro y media. Cuesta llamó al puesto a las cuatro y veinte para que pasáramos la matrícula del Renault y me lo contó, lo de la caja, y yo... Le llamé.

—¿Por qué?

Pedrosa miró la gorra.

—Porque me lo pidió. El sábado por la mañana, cuando se supo lo de la cría.

Me llamó a casa. Me dijo: Pedrosa, lo que haya, me lo cuentas.

Y yo le dije que sí. —Levantó la vista—.

Treinta años, teniente. Me sacó de un lío en el noventa y seis que me habría costado el uniforme.

Una tontería, una noche, un coche. Él lo arregló.

No me lo ha pedido nunca de vuelta. Hasta ayer.

—¿Y le contó algo más?

—Lo de la nave. Lo de la vía. Que usted había ido a su casa. —Hizo una pausa—. Eso es todo. Él no sabía más.

Llorente lo miró un rato. Pedrosa aguantó la mirada. Le temblaba un poco la barbilla, lo justo para que se notara que llevaba desde las 04:30 sin dormir, dándole vueltas a aquello.

—Váyase a casa, cabo. Lo hablaremos cuando esto termine. Con quien lo tenga que hablar.

Pedrosa asintió. Se puso la gorra. Se la volvió a quitar, porque estaba dentro. Salió.

Llorente se quedó mirando la puerta.

Sáez no sabía lo del maletero por culpable. Lo sabía por un cabo leal que le debía un favor de hacía treinta años. Eso cuadraba. Llorente abrió la libreta, lo anotó y tachó la palabra que tenía al lado del nombre de Sáez desde las 04:50.

Debajo, en la misma página, estaban las otras tres líneas. Sin adjetivos. Sáez tenía las copias. Sáez había tenido la nota en la mano. Sáez había mentido sobre la nota.

La nota. Doblada en cuatro. En el bolsillo de su camisa. Y ayer, en casa del hijo de Rebollo, dentro de un plástico.

Lo del maletero ya no apuntaba a nadie. Lo de la nota seguía apuntando al mismo sitio.

Buscó el número de Cuesta.

—Tráigame al capitán Sáez. Al puesto. Para hablar.

—¿Ahora? ¿Le digo algo?

—Ahora. Dígale que quiero hablar con él. Solo eso.

Cuesta tardó en contestar.

—Va a venir de mala gana, teniente.

—Que venga como quiera.

A las 08:31 le llegó el segundo informe de Criminalística, sobre la caja de puros.

Poca cosa todavía. Madera, cartón de la etiqueta, un pelo corto en una esquina, en estudio.

Huellas en la tapa y en un canto, parciales, en estudio.

Y una línea al final: ninguna de las huellas levantadas hasta el momento coincide con las de Samuel Rebollo Carrasco, tomadas de los objetos de su domicilio.

Llorente la leyó tres veces. Ninguna. El hijo guardaba los trofeos del padre en el maletero de su propio coche y no había tocado la caja.

La pegó en el tablón, debajo de la foto del polvo.

A las 08:40, mientras esperaba, le entró un mensaje de Mara. Cinco palabras. El vídeo: no lo desmiento. Llorente lo leyó dos veces y se guardó el móvil.

Sáez llegó a las 09:02. Solo. No lo trajo Cuesta.

El guardia de la entrada le dijo después que había venido andando desde la casa del río, por la calle mayor.

Llevaba una gorra de pescar, de lona verde, con un anzuelo clavado en el ala, y un chaquetón acolchado encima de una camisa de cuadros.

Entró en la sala como entraba en 2007, sin llamar.

Llorente lo esperaba en la sala pequeña de abajo, la de las declaraciones. Una mesa, tres sillas, una ventana con reja que daba al patio. Sáez se sentó sin que se lo dijeran. No se quitó la gorra. Cruzó los brazos.

Llorente se sentó enfrente. Dejó la libreta en la mesa, cerrada. No dijo nada, y Sáez tampoco.

Se quedaron así. Un minuto. Dos. En el patio, alguien arrancaba un coche y lo volvía a apagar. En el pasillo sonaba un teléfono. Sáez miraba la pared por encima de la cabeza de Llorente, con la barbilla alta, con los brazos cruzados sobre el pecho, y respiraba fuerte por la nariz.

—Pedrosa ha venido a verme esta mañana —dijo Llorente al fin—. Ya sé cómo supo lo del maletero.

Sáez no se movió.

—Eso está arreglado, capitán. —Llorente abrió la libreta sin bajar los ojos—. Lo que no está arreglado es mi nota. La que usted tiró esa misma noche. La que estaba ayer en casa de Samuel Rebollo, doblada en cuatro, tal y como la dobló usted delante de mí.

Sáez apretó los labios. Una vena le latió en la sien, debajo del ala de la gorra.

—¿Quién ha entrado en su garaje en todo este tiempo?

—Nadie.

—¿Quién sabía que tenía esas cajas?

—Mi mujer.

—¿Quién sabía que tenía la nota?

Sáez abrió la boca. La cerró. Se le movieron los ojos un instante hacia un lado, hacia la ventana con reja, y volvieron a la pared.

Llorente esperó. Esperó como había aprendido a esperar, con la libreta abierta sin mirarla y la cara quieta, dejando que el silencio fuera haciendo el trabajo. Dos minutos más. Tres. Eran las 09:24.

Sáez bajó la vista de la pared y la miró a ella. No lo había hecho desde que entró. Tenía los ojos húmedos, de viejo, y rojos por los bordes, y había algo en ellos que Llorente no supo si era rabia o cansancio o las dos cosas.

Descruzó los brazos. Puso las dos manos encima de la mesa, planas, con los dedos abiertos. Eran manos grandes, con manchas marrones y un corte reciente en el pulgar, de un anzuelo.

—Yo no toqué a esas crías —dijo Sáez.

Lo dijo en voz baja, cada palabra en su sitio.

—Pero a ti te salvé la carrera, niña.